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    Fabio Morabito

    El escritor mexicano Fabio Morabito ha acaparado las páginas literarias de la Revista Ñ y aparece en tres notas distintas, en menos de un día, a partir de la publicación de cuentos suyos en Eterna Cadencia: La lenta furia y Grieta de fatiga.

    Oliverio Coelho se concentra en la primera novela, Emilio, los chistes y la muerte, editada por el Fondo de Cultura Económica. Lo entrevista así:

    No estaba particularmente interesado en escribir una novela. La historia nació con visos de cuento infantil, pues lo primero que se me ocurrió fue ese detector de chistes con el que el protagonista, Emilio, inspecciona el entorno de su nuevo barrio. En seguida apareció el cementerio y, junto con él, Eurídice, la masajista de cuarenta años que acaba de perder a su único hijo y que visita el cementerio una vez a la semana. Tan pronto como ella y Emilio se encuentran y se ponen a hablar, supe que había dado con una historia larga, de corte muy distinto al que había imaginado. Con todo, aun cuando me quedó claro que traía entre manos una novela, no quise suprimir el detector de chistes, y creo que fue una buena decisión. 

    -A un poeta y cuentista nato como usted, ¿qué experiencia le deparó la escritura de una historia más larga? 

    -Estas escasas ciento sesenta páginas me han perseguido durante quince años. Estuve a punto de renunciar muchas veces, pero la historia no se dejaba abandonar fácilmente. Fue durante mi estancia de ocho meses en Buenos Aires, en el 2007, cuando pude al fin tomar el toro por los cuernos. Me dediqué a ella sin pensar en otra cosa. Tuve que volver a escribir a mano, porque mi mujer necesitaba el ordenador para su trabajo de investigación. Quién sabe si no fue este regreso a la escritura a mano lo que destrabó todo y me permitió vislumbrar al fin la secuencia y el sentido de toda la historia. Con respecto a los cuentos, aprendí que la novela supone una lucha menos intensa, pero más angustiosa. En la novela hay que aprender a tantear en lo oscuro y a no precipitarse, esperando que muchos cabos sueltos y muchos motivos apenas esbozados, tengan en algún momento su resolución. Hay que tener fe y ser paciente, armándose de una mentalidad agrícola. Los cuentos pertenecen más bien al orden de la depredación.

    -¿Cómo concibió esa especie de Funes joven que ejercita la memoria en un cementerio?

    -La idea me surgió a partir del cementerio. Aquí entra algo de anécdota autobiográfica. En la calle donde vivía, en el D.F., había un mega cementerio que yo visitaba de vez en cuando. Me fumaba ahí un cigarro a la hora de la digestión, mirando los nichos y los nombres de los difuntos. Me atraían las fechas y los nombres. Terminé por adoptar a uno de esos muertos, le llevaba flores y un día llevé a mi hijo para que lo conociera. Como mi patria es Italia y no tengo muertos en México, me pareció bien adherirme a uno, por así decirlo. No lo elegí al azar. Había nacido el mismo año que yo y había muerto a los 24 años, una edad que fue crucial en mi vida. Sentí que él no había podido cruzar una línea que yo, más afortunado, había cruzado. Todavía le llevo cada año, en el día de Muertos, sus cempasúchil, la flor de los muertos que inunda en noviembre todos los cementerios mexicanos. Pues bien, no me fue difícil imaginar que Emilio, mi protagonista, fuera atraído por lo mismo que yo, o sea los nombres de los muertos, y pensé adjudicarle una memoria prodigiosa para aprendérselos. Un niño con un detector de chistes, que se pasa las mañanas y algunas tardes aprendiéndose los nombres de un cementerio. Ahí estaba todo el meollo de la historia.  

    Por otra parte,Patricia Kolesnicov lo entrevista a partir de los cuentos editados por Eterna Cadencia y consigue estas declaraciones:

    Ahora, desde el cuarto de su hijo en Ciudad de México, por teléfono, arrastrando una “erre”, dice que su preferido es un cuento en el que un escritor se niega a aceptar los cambios que le sugiere un corrector de estilo. “Es un fantasma el corrector de estilo”, dice. “Es un recordatorio de cómo en el lenguaje es imposible ser infalible”.

    Redactar, dice, es fácil: hay un objetivo, se aprende una técnica, funciona. Escribir es otra cosa.

    ¿Cuál es la diferencia? En literatura hay tantas cosas que comunicar que el texto no puede comprometerse con ninguna. Entonces, se tiene que disfrazar de todas. Y la esperanza es que entre todas se diga algo tan profundo que el propio escritor no adivine qué es.

    ¿Como un médium, dice algo que no sabe qué es? Sí. Desconfío de los escritores que tienen claro lo que van a decir. Si tiene un plan y no se sale de él, lo siento sospechoso de ser un pésimo escritor.

    ¿Corrige mentalmente cuando lee a otros? A veces sí, pero si el texto me gana, ya no pienso en eso.

    ¿Qué hace que un texto pueda “ganarlo”? Justamente, poder desligarme del lenguaje, que parezca que eso no puede escribirse de otro modo. Eso pasa cuando uno está muy atrapado con su lectura y le permite a esa lectura no detenerse en nada. Yo quiero olvidarme de lo que está pasando en la superficie, quiero sentirme realmente en el viaje, como cuando está uno en un tren, el ruido de las ruedas, el traca–traca, pues uno deja de oírlo a los pocos minutos.

    Olvidar el procedimiento.

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