Los ensayos de Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg

La editorial Lumen ha editado los ensayos de esa pequeña joya, con muchos menos lectores y celebridad de la que debería tener, que es la italiana Natalia Ginzburg. Una de las escritoras europeas de posguerra más importantes del siglo XX, a la par de sus pares italianos como Italo Calvino, o Cesare Pavese. Fernando Krapp, para Radar Libros de la semana antepasada, hace un perfil de Natalia antes de ingresar en el libro que editó Lumen y que recoge muchas de sus colaboraciones en prensa. Además, se adelantan tres pequeños textos autobiográficos. 

Dice la reseña:

Ensayos reúne dos libros: Nunca me preguntes y No podemos saberlo. El primero se consigue en una vieja edición española mientras que el segundo es la primera traducción al castellano, a cargo de Flavia Company. Ensayos, en rigor, está conformado por colaboraciones que Ginzburg escribió para la prensa italiana en un período que va desde 1965, cuando era una escritora con cierto renombre en el panorama literario italiano, hasta 1990, cuando ya consolidada obtuvo una vacante de diputada por el Partido Comunista. Los temas son variados: cotidianos, como la limpieza de una casa, la larga búsqueda de conseguir un lugar donde vivir, el turismo sedentario, el uso de las palabras o la pereza. La literatura, tanto la escritura como la lectura, y el cine, sobrevuelan todos los textos vinculando un tema con el otro. Ginzburg no analiza un determinado hecho artístico –una película nueva, una novela nueva– con una mirada crítica, como ella misma afirma en otro ensayo del mencionado Las pequeñas virtudes, no tiene la cualidad “hacer cultura”. Cuando ve la película Dillinger ha muerto no está mirando el género sino la forma que tiene el cine actual de enfriar el corazón del espectador. Cuando relee Corazón siente una nostalgia extraña por una forma arcaica. Cuando piensa en la carencia de crítica italiana lo hace pensando en la ausencia moderna de la figura paterna. Su punto de vista nunca intenta imponer un gusto ni una estética. Sus argumentos derivan, naufragan en la contradicción, buscan extrañas epifanías donde conectar con el lector desde un costado emotivo, de ahí que la definición de “ensayo” que mejor se atiene a sus textos guarda poca relación con la exposición (e imposición) de ideas, y se emparienta mucho más con una forma teatral y musical, un bosquejo; ensayo y error. Sin embargo, los ensayos de Ginzburg no están exentos de una clasificación aristotélica; sus argumentos generan una determinada afección en el lector. El argumento no está relacionado ni al tema ni a la ética sino al pathos. Su intencionalidad no es vertical sino horizontal; recuperar la lengua, en términos de Bajtin, como un medio de comunicación. De ahí, el hecho de que todos los textos estén atravesados e hilvanados por la necesidad imperativa que tiene Ginzburg de escribir en primera persona (salvo contados casos, donde paradójicamente emplea la tercera persona para distanciarse de su propia autobiografía).

Ensayos se relaciona con el mencionado libro de ensayos –más extensos– Las pequeñas virtudes, pero también traza puntos de diálogo y comparación con Léxico familiar, su novela más famosa, con la que obtuvo el premio Strega en 1963. Allí, Ginzburg construye una novela autobiográfica que desestima el contenido de la memoria en función de recrear una lengua muerta; la lengua de su familia. El argumento es volátil; sus palabras se apoyan sobre la pista de hielo de la memoria seleccionando caprichosamente detalles, situaciones y, sobre todo, términos que sus padres y hermanos usaban en el día a día. Escribir crítica es una forma de escribir sobre uno mismo, plantea Ricardo Piglia; por lo tanto, leer libros, ver películas, buscar una casa para vivir, todo está relacionado con los intereses que desarrolla una persona en distintos momentos de su vida, y cada libro elegido, cada película disfrutada, nos habla directamente de un momento distinto de nuestra historia; su propia vida como escritora e intelectual también se encuentra en juego. El uso de la primera persona no solo dota de afecto a sus observaciones sino que Ginzburg sostiene el peso de las palabras con su propio cuerpo. La primera persona hace que el distanciamiento entre la escritora y su tema se acorte hasta disolverse y fundirse; por otro lado, ese uso exacerbado del yo está intensamente relacionado con la renovación literaria que Ginzburg llevó a cabo junto con Calvino, Pavese y en distinta medida, Pasolini, en la literatura italiana de posguerra.

El neorrealismo italiano encontró en la narrativa norteamericana, sobre todo en Hemingway, una lengua acorde para describir la nueva realidad de posguerra. La literatura de Ginzburg no solo se atiene a esas “normas” neorrealistas, sino que desarrolló una forma de escribir acorde a una manera de redescubrir la realidad. Así como las confinadas a prisión redescubren el ámbito doméstico una vez liberadas, Ginzburg planteó una literatura que redescubriera esos espacios domésticos tensionados entre la dinámica familiar con sus temáticas (la incomunicación entre padres e hijos, la herencias, los traumas, el detalle macabro de lo cotidiano, la abrupta incidencia del azar que destruye todo) y el entorno político (el fascismo, el miedo, los muertos políticos); trazan un camino que construye un puente colgante entre la asfixia del campo y el aire de la ciudad.

Ginzburg tampoco teme meterse en los grandes temas, abstractos, desarrollados por la sociología, la filosofía, la psicología, y lo hace sin necesidad de caer en ninguna de esas lógicas. La vejez, la muerte, la infancia, el perdón, el aborto, la religión, la política; ella trata esa clase de temas con la ventaja de quien llega siempre tarde a todo, y logra obtener de un pantallazo el panorama de sus mecanismos, y destilar con una lírica contenida en frases como la siguiente: “La vejez significa en nosotros, sobre todo, el fin del estupor. Perderemos la facultad de sorprendernos y de sorprender a los demás, y esto hará que nos adentremos de a poco en el reino del aburrimiento. No llegaremos a ser ni sabios ni serenos, además nunca hemos amado la sabiduría ni la serenidad, en cambio siempre hemos amado la sed y la fiebre, las búsquedas inquietas y los errores”.

Con la facilidad de un chico para entender el misterio de las cosas sin necesidad de atajarse con palabras ajenas, Ginzburg siempre encuentra una nueva manera de ver y de entender el arbitrario mundo que nos rodea. Una vez más, no le importa manifestar una opinión, sino hablarnos directamente sobre el tema sin dar vueltas. Con precisión pero sin liviandad, con claridad pero sin simpleza, y sobre todo con sinceridad y calculada belleza. Ese léxico que termina construyendo la literatura que elegimos para nuestras vidas (si lo hemos hecho), se convierte en palabras familiares y logra ejercer sobre nosotros hasta afectarnos con la sabiduría de una madre severa, austera y generosa.

Quizás el epíteto de “madre” no contribuya a tejer laureles de prestigio literario sobre Natalia Ginzburg, más bien todo lo contrario; se convertiría en pesada, tediosa, y en algo que ella misma hubiera detestado: ser aburrida. Pero lo cierto y más sincero para decir es que sus libros crean esa influencia en nosotros; como una madre literaria a la que volvemos cuando nos peleamos con nuestros amores para encontrar una voz que nos entienda, nos hable sin reparos, nos converse sin poses ni intermediarios, de igual a igual, y entable con nosotros una conversación con palabras claras que limpien el ruido de nuestras horas.