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La perdurable pasajera Laura Alcoba

Laura Alcoba
Laura Alcoba no solo es una excelente y detallista traductora (tuve la suerte de que traduzca al francés un cuento y una novela mía) sino que, además, es una gran narradora. He tenido la oportunidas de leer La casa de los conejos y Jardín Blanco y me he quedado asombrado por su calidad. Ambas novelas, igual que la reciente Los pasajeros del Anna C. han sido editados en castellano por Edhasa. Laura Alcoba, argentina afincada desde hace años en París, escribe en francés y tiene como traductor al castellano ni más ni menos que a Leopoldo Brizuela. Laura nació en Cuba, aunque sus papeles dicen Argentina, y vive en París. Algo de eso aparece en sus libros sobre la identidad y la supervivencia.
En Radar Libros Sebastián Basualdo hace una reseña de su nuevo libro:
“Yo trato el tema de la supervivencia, que es uno de los motores de mi escritura”, dice la escritora durante la entrevista. Hace unos días llegó a Buenos Aires para presentar en la Feria del Libro su tercera novela, Los pasajeros del Anna C., donde logra amalgamar a partir de distintos relatos la travesía de un grupo de jóvenes que, liderados por un muchacho llamado el Loco, a mediados de los años sesenta los convoca para incorporarse a la Revolución Cubana. Soledad no estaba destinada a destejer su espera como una Penélope mientras Manuel se incorporaba al grupo que más tarde se denominaría Los Cinco de la Plata; por eso ante una imprevista deserción surgió la posibilidad, la pregunta del Loco se impuso con todo el peso que tiene la historia: “Alguien podría ir en su lugar”. Y entonces, volviéndose a mirar a Soledad, agregó: “¿Te animás?”. Por supuesto. ¿Cómo hubiera podido negarse? “Manuel me dice que Soledad necesitó envejecer mucho para hacer ése, su primer viaje –escribe Laura Alcoba–. Acababa de cumplir dieciocho años y los papeles que le había remitido el Loco para viajar a París estaban a nombre de una tal Cristina Moreau, que tenía tres años más que ella y lucía, por lo tanto, mayor.”
(…)
La obra de los escritores no se construye en un sentido lineal o progresivo en relación con la recurrencia de sus temas. Y en este sentido Los pasajeros del Anna C., podría ubicarse antes que La casa de los conejos si uno quisiera rastrear tu búsqueda narrativa. ¿Cómo nace la idea del libro?
–El libro surge de las ganas que tenía de reconstruir mi nacimiento, si bien no es el objeto del libro. Yo tenía la extraña impresión de que, si bien con La casa de los conejos ya había salido del silencio, todavía sentía que había algo que conservaba de la clandestinidad, y ahora me doy cuenta de que lo seguiré conservando de por vida: el hecho de no haber nacido en el lugar que figura en los papeles. Tengo papeles verdaderos y falsos; mis padres me anotaron como si yo hubiese nacido en Argentina. Eso lo sé desde siempre y lo digo también en La casa de los conejos. Finalmente decidí corresponder a mi verdad desde hace un tiempo. Nací en Cuba. Entonces pensé que era hora de reconstruirla. Comencé a investigar. Así surgió la idea de la novela. El problema era que no tenía documentos, no tenía enlaces, salvo las memorias de cada historia, el relato de mis padres, y de dos personas más, en la novela el Loco y Antonio, todas fuentes orales. Con mi padre iniciamos un diálogo que no habíamos tenido desde hacía mucho tiempo. Creo que la relación que tuve con mi padre es epistolar desde que él estaba en la cárcel y yo viviendo en Francia. Nos escribíamos una vez por semana. Ahora él vive en Barcelona y a partir de la novela reanudamos nuestra relación epistolar, que marcó siempre mi relación con él.
(…)
Resulta un poco complejo hablar de esos jóvenes como generación, se inclina uno naturalmente a la idealización, pareciera que se concentrara todo en ellos: la lealtad, las convicciones políticas, la literatura como medio de conocimiento. Pero también el desencanto, la derrota.
–Creo que es una historia que dice mucho de una generación al nivel del planeta. Para mí es una generación, tal vez la última, que permite la épica o la lírica. Pero también es una epopeya imposible donde encarnan la utopía misma. Recuerdo que fui a visitar a Régis Debray, yo le había enviado una carta junto a La casa de los conejos, y cuando le comenté sobre qué pensaba escribir, me dijo: “Es imposible escribir sobre eso porque tu generación no puede entender eso que había en el medio entre la esperanza y la espera para nosotros”. Le dije que igual iba a tratar y cuando finalmente leyó la novela me dijo: “Sí, lo entendiste, leyéndote encontré esa espera y esperanza”. Pienso que un impulso los pone en marcha, la certeza absoluta de llegar al ideal, quizá tiene una dimensión mítica. Estos jóvenes quieren inventar el amor de nuevo. Por otro lado terminan haciendo un viaje de hambre y vuelven a la Argentina sin ese ideal y como sus antepasados: en un barco.
¿Cómo fue la recepción de Los pasajeros del Anna C. en Francia?
–Fue una sorpresa muy grande, una satisfacción muy grande para mí. La cantidad de lectores que se reconocieron. El Mayo Francés fue atravesado por ese deseo también, aunque de manera diferente, menos trágica, diría, por sus consecuencias; pero si hubo algo que se compartió fue ese deseo, por eso hay personas que también se encuentran en el relato; porque no sólo me lo contaron a mí, sino que también hay chicos de veinte y treinta años que encuentran ese momento lírico del que les hablaron, ese cuento que les transmitieron, esa fábula de amor.