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Las dos caras de una misma moneda

Tomás González y su última novela
“Tiene el elemento místico de la búsqueda de la luz, la que David hace en el cuadro que pinta mientras espera la muerte de su hijo: tratar de que sombra y luz sean dos caras de una moneda. Esa es la luz difícil”. Así habla Tomás González, en una entrevista en El Tiempo, sobre su última novela La luz difícil (Alfaguara), publicada a fines del año pasado pero que recién hace una semana, de paso por Buenos Aires, pude conseguir. Después de la decepción que significó para mí su anterior libro, Abraham entre bandidos, esta novela me ha devuelto al encanto sobrio y profundo de las novelas de Tomás González y aquellos personajes suyos, náufragos de la sociedad, solitarios sin remedio, cuyas lecciones de vida siempre se aprenden luego de un duro recorrido. Y en este caso, en particular, mucho más duro aún porque se trata de la muerte de todo lo que significa algo para él (su hijo, su esposa, su arte) y que, para mi sorpresa, tiene un trasfondo autobiográfico.
Aquí algunas preguntas de la entrevista:
“La forma sutil de contarlo tiene que ver con esa distancia en el tiempo -comenta González-. David sigue haciendo cosas al tiempo que sufre: habla con el vendedor, va al bar… Tal como lo describo, me ha pasado a mí. Sigo funcionando, pero envuelto en llamas. Todo parece normal, pero el dolor me acompaña”.
Aun así, David es optimista frente la vida…
En cierto modo, es autobiográfico. Cuando he pasado por acontecimientos que me han causado tan profundísimo dolor, como la muerte de mis hermanos, he estado atento a cómo es. Se da uno cuenta de que en el mismo dolor está la liberación. Lo he visto en otros: cuanto más profundo sea el duelo, más libre y con más capacidad de disfrutar la vida queda la persona. Cuando mis hermanos fueron asesinados, mi mamá hizo un duelo que no te imaginas. Nunca he visto a alguien alcanzar esos límites de la pena. Y después de bajar a esas profundidades, volvió a ser feliz. Por ahí pasamos todos.
¿De dónde nació ‘La luz difícil’?
Hay un personaje mío que está en todas las novelas, David. Es más o menos un álter ego. Siempre pensé en hacer un libro sobre David anciano. Después encontré la historia que me sirvió para darle forma novelada a su 'ancianitud’.
¿Así ve su propia vejez?
David es un señor de 78 años que escribe sobre él mismo cuando tenía 60. La idea primera esa: que el álter ego escribiera sobre mí cuando yo tenía 30 años menos. Ahora yo, como escritor, tengo 60 y escribo sobre el señor de 78.
Su primer libro lo escribió pensando en la muerte de su hermano. En este, lo autobiográfico sale a relucir desde el principio. Otros escritores se niegan a aceptarlo. ¿Por qué?
Yo no le veo misterio. Para mí fue fácil mostrar lo que es de mi vida, como el apartamento de Nueva York, donde viví, y lo cosí con una anécdota que encontré para formar la novela. Creo que los escritores son reacios a explicar todo eso, porque al mostrar las costuras les da miedo que se pierda la magia.
Usted vivió en EE. UU. casi dos décadas. ¿Por qué regresó?
Siempre quise volver. Pensaba irme por cinco años y pasaron 20. Nueva York me gustaba mucho y a Dora, mi esposa, también. Ella no quería devolverse y decidí no regresar hasta que los dos quisiéramos. A ella le dio esclerosis múltiple y la vida en Nueva York se volvió difícil. Conseguir enfermeras era caro, habríamos tenido que cambiar de apartamento. Resolvimos que lo mejor para cuidarla era volver. A pesar del motivo, a pesar de que haya sido por la enfermedad de ella, me sentí bien de volver.