"Por una frase bien lograda soy capaz de traicionar hasta a mi perro"
Mario Bellatin y Oreja de perro
Para tranquilidad de la Sociedad Protectora de Animales, Fernando Vallejo y los amigos de Mario, esa frase fue un exabrupto pero todos quienes lo conocemos sabemos que es incapaz de traicionar o lastimar a un perro, y menos aún a Golda y a Perezvón. Eso sí, no respondo por lo que es capaz de hacerle a los peces. Aquí una larga entrevista de Orlando Mazeyra Guillén a Mario Bellatin, publicada en el excelente blog “Lee por Gusto” de Perú21.
Algunas preguntas:
¿Por qué decidiste estudiar en el Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo? ¿Había en ese tiempo una búsqueda de Dios? ¿Crees en algún Dios? Ese es un error del que nunca lograré librarme. El que algunos crean que estudié en un seminario. Lo que sucedió es que una vez alguien llamó a casa de mis padres para recabar datos sobre cierta enciclopedia de escritores que se estaba formando. Contestó mi padre, quien de manera entusiasta contestó el cuestionario a mi nombre sin tener mucha idea de lo que era mi vida en realidad. Yo hice los Estudios Generales en Humanidades en la Facultad de Teología de Lima para después trasladarme a una carrera que me interesara. Estudié allí filosofía y psicología, para después pasar a cine. Lo curioso es que –a diferencia de muchos de mis compañeros– yo iba a la universidad sólo como un testigo privilegiado, con la única intención de estar dentro de un ambiente universitario y tener de ese modo material para mi escritura, pues desde los diez años no he hecho más que escribir. Mi carrera de cine fue bastante sui generis, porque a lo único que me dediqué mientras duró fue a ver cine desde la mañana a la noche. Hay que recordar que en esa época no había la oferta de películas caseras de hoy, y uno sabía del trabajo de los grandes directores sólo por referencia. Cuando llegué a la escuela de cine casi me desmayo ante los cientos de DVD con la historia completa del cine a mi disposición. ¿Qué es lo primero que recuerdas (la primera imagen que se te viene a la mente) de ese taller de creación literaria al que acudían escritores, poetas y periodistas como Iván Thays, Beto Ortiz, Rocío Silva, Alberto Servat? ¡Cómo íbamos ganando por walkover! Era terrible ir viendo cómo a cada uno de nuestros compañeros la vida los iba ganando y abandonaban la escritura. Al final, no quedamos precisamente los mejores sino los tozudos. (nota: debo aclarar que nunca he asistido a un taller de narrativa con Mario Bellatin, Alberto Servat ni Rocío Silva Santisteban) Siguiendo con lo de los talleres de escritura creativa. ¿Crees que sirven de algo? Sirven de muchísimo, pero no para lo que los demás creen. Ni para aprender a escribir ni para lucir los trabajos a los demás. Sirve para acompañarse. Para hacer de la literatura un universo propio, habitable. No hay nada más terrible que el tiempo de un joven autor que no puede parar de escribir y no ha publicado. Es en ese periodo una suerte de paria, de yonki, de desecho social. Para muchos, especialmente en una sociedad como la limeña, da exactamente lo mismo desear ser escritor que ser un drogadicto consumado. (…) Hablando de Salón de belleza, traigo a colación el epígrafe inicial de esa magnífica novela: “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana” (Kawabata Yasunari). El escritor tal vez, durante el proceso creativo es un ser inhumano. ¿No es preciso despojarse de toda “humanidad” para crear a ciertos personajes? Por una frase bien lograda soy capaz de traicionar hasta a mi perro. Jamás sacrificaría lo que considero un buen libro por razones de orden personal. Es que se trata de dos universos incomunicables. Si alguien se ve reflejado en el universo de la ficción es porque tiene un ego no domado o es un débil mental. ¿Alguna vez has criado peces? ¿Guppys Reales quizás? Sólo una vez. Y ahora que lo veo con el tiempo comprendo que es una afición que va acompañada con la tristeza. El pretexto para hacerlo fue una pecera que recogí de la casa de mi amiga la escritora Pilar Dughi, una gran autora y persona que murió antes de tiempo. Precisamente el final de Salón de belleza es muy triste. A mí, mi padre nunca me dejó criar peces porque me decía (y esto se aplicaría al desenlace de tu novela) que traían muchísima mala suerte. ¿Crees en ese tipo de cosas o te parecen absurdas? Ya sólo de planteárselas hay que creerlo. Cuando era niño mi madre arrojaba al water, mientras yo dormía, cualquier pez que se me ocurriera llevar a casa. Eso de la mala suerte tendría que ser cierto, al menos para los peces que encontraba por allí. En el párrafo final de la novela el personaje principal dice “siento que es extraña en mí la forma como cada día mis pensamientos fluyen más de prisa. Creo que antes nunca me detenía tanto a pensar. Más bien actuaba”. ¿Una enfermedad terminal nos obliga a pensar antes de actuar? ¿O, al fin y al cabo, se trata de la madurez? Pues, como todo lo escrito por mí, se trata de un lugar común. Creo que mis libros devuelven a las personas lo que ellos ya saben. No creo que nadie descubra nada nuevo después de leer un libro hecho por mí. (…) ¿Eres de los que motivan a los escritores en ciernes o, más bien, perteneces a los que disuaden? ¡Sabe dios!, no creo que exista esa distinción, pero de haberla me gustaría pertenecer al bando de los que los que disuadan. Escribir es un estado, no proviene de una intención. Es imposible hacer algo, salvo acompañarlo y no tratarlo como un estropajo, con un escritor. ¿Cuál fue la última película que te hizo llorar? Bola Negra -el musical de Ciudad Juárez-. Es la única película de la que puedo ver no sólo su piel sino también sus intestinos. ¿Te gusta participar de congresos de escritores? No. Los detesto, sobre todo aquellos donde se establece de inmediato una suerte de jerarquía entre los invitados. Sin embargo, asisto a ellos con regularidad, porque con tal de seguir escribiendo soy capaz de hacer casi cualquier cosa, como publicar, asistir a congresos y contestar preguntas. ¿A qué escritor muerto te hubiese gustado conocer? ¿Y qué le preguntarías? A Dostoievski. Le preguntaría cuánto tiempo le llevaba revisar, por ejemplo, las comas de Los Hermanos Karamázov o de El príncipe idiota. (…) Philip Roth ha decidido dejar de escribir ficciones. ¿Te vez tomando esa decisión en algún momento de tu vida o eres de los que piensan que escribirán ficciones hasta su último día de vida? Yo no he tomado nunca la decisión de escribir, como consecuencia no estoy en la capacidad de decidir no hacerlo. ¿Qué libro te recomendarías a lea a Alberto Fujimori? Ninguno. Es posible que un libro le demuestre de una manera más clara el horror en el que está metido. ¿Qué libro le recomendarías a Mario Vargas Llosa? Como gran lector que es, me gustaría que él me recomendara qué leer. Siempre y cuando sea un libro de literatura. Hablando de Vargas Llosa. En algunas declaraciones tuyas uno llega a notar que no te cae bien (o no compartes muchas de sus opiniones). ¿Qué te parece su obra? Pues es difícil compartir las opiniones con otro. ¿Su obra? Creo que pienso lo de muchos: algunos libros excepcionales, otros pésimos; y su parte política, aburridísima, no por su contenido, que sería lo de menos, sino por la forma tan poco creativa que tiene de repetir sin modificarlas un ápice ideas de manual. (…) ¿Si pudieras reencarnar en alguno de tus personajes a cuál elegirías y por qué? En todos, porque creo que ellos sí viven la verdadera realidad y no la aburrida de la cotidiana. ¿Con qué selección te hubiese gustado disputar un ‘mundial’ de narradores? ¿México o el Perú? ¿Y qué mundial? Odio el fútbol. No me es indiferente. ¡Lo detesto! Porque no le encuentro el sentido, y por las interminables horas perdidas en mi infancia buscándoselo o tratando de que me interesara porque era un medio, lo sabemos, de inclusión social. Ah, pero jugaría por la selección mexicana, sin lugar a dudas, aquí nací y aquí vivo.