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La música invade la última novela de Michael Chabon

Michael Chabon
Funk, jazz, una carátula en forma de vinilo, Michael Chabon se ha puesto la piel de Nick Hornby y habla de música y gente que escucha música. Su nueva novela, publicada en castellano por Mondadori, se titula Telegraph Avenue y, además de la música, las Panteras Negras y su lucha racial son parte del menú. Sin duda, Rodrigo Fresán es la persona indicada para la reseña.
Dice en el ABC Cultura:
Tantos años después –y tras pasearnos por campos de béisbol fantásticos, una Alaska judía, viñetas de la edad dorada del cómic, duelos en la antigua Khazaria, así como por la campiña inglesa de un Sherlock Holmes nonagenario–, Chabon vuelve a ese territorio primero y primario en «Telegraph Avenue». Un sitio donde lo cotidiano puede codearse con cierto aliento mítico y un aire de irrealidad controlada. Sólo que los chicos prodigiosos aquí son adultos más bien normales y desencantados –dos amigos en la Oakland de 2004, el negro Archy Stallings y el blanco y judío Nat Jaffe– al frente de Brokeland Records, una tienda de vinilos de segunda mano tambaleándose ante el avance de lo digital y de una de esas insaciables megatiendas.
Pero Chabon no se conforma con la ya muchas veces girada –en «Alta fidelidad» o en «Empire Records»– mística sentimental de la tienda de discos como microclima universal. Y entre el negro y el blanco hay muchos grises. Así, aquí también cantan lo suyo las esposas de Archy y Nat (socias en el oficio de comadronas) y suenan dilemas sin solución y enigmas sin respuesta que vienen de muy atrás. Y abundan los opuestos complementarios que no se quedan sólo en lo racial y que van de lo hetero a lo homo y del «jazz» al «funk», pasando por el duelo geográfico entre Oakland y Berkeley y –seguramente EL TEMA recurrente de Chabon– el amoroso combate sin tregua entre padres e hijos.
En más de un momento, «Telegraph Avenue» puede leerse como la contraparte práctica del aparato teórico-doméstico recopilado por Chabon en su inmediatamente anterior «Manhood for Amateurs: The Pleasures and Regrets of a Husband, Father, and Son». Todo imbuido de numerosas referencias «cult» y cultas y de una constante y melancólica alegría –por mucho que aquí abunden las antologías de encomiables «Best of…» que acercan a los héroes casi pero nunca del todo vencidos de «Telegraph Avenue» más al cine de Cameron Crowe (quien, se dice, la llevará a la HBO) que al de Robert Altman.
Y detalle importante: «Telegraph Avenue» empezó como propuesta fallida de Chabon para el canal de televisión TNT y comparte con libros recientes, como «El arte de la defensa», de Chad Harbach, y «La trama nupcial», de Jeffrey Eugeniades, una cierta voluntad serial y episódica, así como una evidente necesidad de ser considerada compañera de la sobrevalorada «Libertad», de Jonathan Franzen, como molde de la Gran Novela Americana.
El resultado final es una celebrable y curiosa mezcla de «Vineland», de Thomas Pynchon, «Dombey e hijo», de Charles Dickens, la dulce acidez de Nick Hornby en lo que hace a la radiografía de la masculinidad, y aquellos despachos neo-periodísticos de lo tribal «by» Tom Wolfe pero sin malicia alguna.
En «Telegraph Avenue» –a diferencia de lo que ocurre en otra gran novela de «lo negro» con música y firmada por un blanco, la magnífica y mucho más densa en lo histórico y social «El tiempo de nuestras canciones», de Richard Powers– todo es amable. Incluso un triste final feliz donde amanece para nuestros héroes el nuevo día del comercio «online». Como filosofa Nat: la posibilidad de «pasar de la realidad y también tomarme las cosas en serio». Pero, en cualquier caso, será una seriedad graciosa.
Todo es tan gracioso y tan amable que, cerca de la página 200 de «Telegraph Avenue», un muy cansado senador hace su aparición en la novela. Y, allí, ese hombre de paso dice algo acerca de los verdaderos afortunados en la vida: «Los que encuentran un trabajo que significa algo para ellos. En el que pueden poner toda su alma, por mucho que a los demás les parezca una bobada». Su nombre es Barack Obama y –como Archy y Nat– también parece ser un muy buen tipo.
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