Blog de noticias literarias. Dirigido por Iván Thays.

Try Persona Pro
X
  1. “Tengo una patria imaginaria donde hay cosas de México y Argentina”

    image

    Sandra Lorenzano

    Conocí a Sandra Lorenzano en un maravilloso encuentro de escritores en México, en los años 90, que se repitió al año siguiente, en el Claustro Sor Juana Inés de la Cruz y donde tanto la directora de la Universidad, Sandra y Mario Bellatin eran los anfitriones. Sandra era argentina pero estaba muy asentada en México. Se dedicaba al ensayo, asistía a todas las presentaciones de los autores invitados, tomaba notas y preguntaba. Muchos años después, hace dos o tres años, hubo otro encuentro en el Claustro y Sandra también estuvo presente, ahora como vicerrectora. Su presencia en el mundo cultural mexicano se ha fortalecido (tiene también un programa cultural de radio que acaba de cumplir un año) y también en el mundo literario, pues ha logrado publicar en la valenciana Pre-Textos su poemario Vestigio. De gira por Argentina, Silvina Friera la entrevista para Página12.

    Aquí algunas preguntas:

    –¿Por qué el primer poema de Vestigios empieza con un verso que plantea “restaurar el silencio”?

    –Se podría pensar que hay dos tipos de silencio; en realidad nada de lo que digo son certezas, sino exploraciones. El horror te lleva al silencio, pero también hay un silencio necesario, imprescindible, para la aparición de la palabra. Yo necesito del silencio para escribir, pero no del silencio externo, sino del silencio interior. Necesito encontrar ese resquicio para que de ahí surja la palabra literaria. Si no es así, me da una sensación de falsedad. Entonces hay un silencio a priori, el silencio necesario para que surja la palabra; pero por otra parte está el silencio del horror, que se produce cuando hemos perdido la palabra. El silencio es un tema clave para mí; por eso el poema habla de “restaurar” ese silencio para ir más allá del dolor; un silencio que permita la aparición de la palabra.

    –Aunque la palabra sea inasible, ¿no?

    –La palabra poética es inasible; en realidad uno trata de asir algo de todo eso que se está escapando; hay sensaciones, sentimientos, experiencias, de las que no se pueden dar cuenta nunca. Las palabras permiten ir rodeando esas sensaciones, pero no podés asirlas. No hay nada quizá más contrario a la palabra poética que la fijación. La palabra poética tiene que ser algo que fluye, que destella; la estás leyendo y te queda circulando. En el momento en que se fija y se enquista, no tiene nada que ver con la poesía.

    –¿Cómo explica que se reiteren en sus poemas palabras como murmullo y susurros?

    –El murmullo es eso que apenas alcanzás a escuchar. Como son textos que surgen del duelo, es lo que apenas decimos en voz baja. La poesía que me interesa es sutil: deja entrever algo y se borra enseguida. Es el tipo de literatura que me interesa escribir y también leer. Lo que no es grandilocuente, lo que no es vociferante, lo que no tiene certezas, lo que, como dirían en México, “no se la cree”.

    –¿Por qué en los poemas no aparece una lengua permeada por el habla mexicana?

    –Tampoco por la lengua argentina; como mi poesía no tiene coloquialismo, queda muy abierta. Mi conciencia sobre la lengua surge con el exilio. Como llegué en la adolescencia a México, hice un gran esfuerzo por volverme una adolescente mexicana. Yo puedo estar acá hablando con un mexicano y me doy vuelta y te hablo a vos en argentino. Así he funcionado a lo largo de 35 años. Yo uso poco la lengua coloquial; es un constructo que he armado y que es el resultado de juntar esas dos lenguas que tengo ahí…

    (…)

    –Este interés por lo que pudo haber sido, ¿cree que le viene de la experiencia del exilio?

    –Quizá surge del exilio pero, ¡cómo saberlo!… Está la idea de que pudimos haber tenido una vida acá, pero esa vida quedó en la negra espalda del tiempo. De hecho, tuvimos otra vida en otro lado, y eso hace que después de 35 años yo siga viviendo en México y venga, lo más seguido que puedo, a encontrarme con gente querida y ver a mi familia. Y siempre regreso con la sensación de qué hubiera pasado si me hubiera quedado o qué pasaría si volviera. Son todos juegos de la imaginación; uno puede jugar con esas posibilidades. Pero en el ’83 se terminó el exilio. Yo no soy de las plañideras del exilio. El llanto por el exilio no tiene que ver conmigo; entiendo que hay un dolor de base, creo que todos los seres humanos tenemos un dolor originario, pero no comparto para nada el lado plañidero del exilio, porque a mí me permitió descubrir un mundo maravilloso que disfruté en mi adolescencia. La patria es una construcción imaginaria: yo tengo una patria imaginaria donde hay cosas de México y Argentina. Y siempre digo que en una patria crece mi hija y en otra envejece mi padre; en una tengo pasado y en la otra tengo futuro. Y vivo así. Cuando se terminó el exilio, estar afuera o no se convirtió en una elección. Y yo elegí quedarme en México.

X
X
X
X