-
David Mitchell reseñado

David Mitchell
Pronto aparecerá en España, en las ediciones Duomo, el libro de David Mitchell Los mil otoños de Jacob de Zoet. Edmundo Paz Soldán ha seguido la obra de Mitchell y dice, sin apuro, que no le quedan dudas de que estamos ante “el más complejo, el más interesante” narrador inglés contemporáneo.
La reseña aparece en “La Tercera” y se reproduce en El Boomerang:
Hace una década cayó en mis manos una reseña de A. S. Byatt a una novela de un joven escritor inglés. La reseña me interesó lo suficiente como para leer la novela. Se llamaba Ghostwritten y el autor, David Mitchell. Luego leí, fascinado, Cloud Atlas y Black Swan Green (tengo pendiente Number9 Dream). Después de leer su última novela, Los mil otoños de Jacob de Zoet, que será publicada en los próximos meses por la editorial española Duomo, no me quedan dudas: entre los escritores ingleses contemporáneos, Mitchell me parece de lejos el más interesante, el más complejo, el más capaz de tender un puente entre la necesaria renovación de la novela y la recuperación de sus tradiciones más notables.
Mitchell se reinventa con cada nuevo proyecto. Ghostwritten y Cloud Atlas son novelas con impresionantes estructuras narrativas, ambiciosos juegos de pirotecnia postmodernista en los que la forma dialoga de manera sustancial con el contenido.Los mil otoños es, como Black Swan, una novela más tradicional, más fácil de fijar entre los subgéneros conocidos. Pero Black Swan, la más autobiográfica de Mitchell (su personaje principal es un adolescente de trece años que tartamudea como él), está ambientada en la Inglaterra de los años ochenta; Los mil otoños es, en cambio, una novela histórica en el sentido más clásico del término.
Lo interesante en este caso es ver qué hace con Mitchell con la novela histórica. Y lo que sorprende es que, pese a todo el arsenal de recursos de que dispone, decide no reinventar la pólvora. La novela funciona porque funcionan los viejos recursos de la creación de una atmósfera original, de personajes complejos, de una historia que atrapa, de un mundo que está aparentemente muy lejos pero que puede decir mucho de nosotros. Los mil otoños está ambientada en el Japón de entre los siglos XVIII y XIX, un país cerrado a los extranjeros que, para negociar con ellos, ha creado Deshima, una isla artificial en el puerto de Nagasaki. La isla es pequenísima –ciento veinte por setenta y cinco metros–, y está a cargo de ella una compañía holandesa. A Deshima llega Jacob de Zoet, un joven y honrado contador de un grupo supuestamente encargado de limpiar las finanzas corruptas de la isla. Pero Jacob descubre pronto que no es fácil luchar contra la corrupción.
La novela comienza lentamente: hay que pagar el peaje de una buena cantidad de páginas para acceder a este mundo hermético. Todo se acelera cuando Jacob se enamora de Orito, una japonesa estudiante de medicina con el rostro desfigurado. Cuando Orito es entregada por su familia a un templo en las montañas, en el que el abad organiza siniestros rituales sintoistas para asegurar la inmortalidad de sus miembros, lo extraño se convierte, si cabe, en algo aun más extraño. Ese templo pertenece al linaje notable de la literatura inglesa, especializada en narrar la vida en residencias confinadas en las que sus miembros se ven sometidos a reglas arbitrarias (dos de sus representaciones contemporáneas más destacadas son la serie de Harry Potter, y Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, novela con la que esta sección de Los mil otoños tiene una peculiar afinidad).
Mitchell ha dicho que quería escribir una novela verdaderamente bicultural y lo ha logrado. Como en Cloud Atlas, impresiona su capacidad para encontrar el lenguaje adecuado para sus personajes, sean estos nobles japoneses o marineros holandeses. En la interacción entre culturas incapaces de entenderse del todo encontramos el diálogo de la novela con el presente: todo gira en torno a nuestra dificultad para traducir aquello que nos es ajeno. En eso, Los mil otoños es sutilmente metaliteraria: varios personajes centrales son traductores, y Jacob deberá aprender por su cuenta el japonés -está prohibido enseñarlo a los extranjeros– para poder traducir el mensaje en el corazón de la novela. Traducir cuesta, y en lo que tarda uno puede perder el amor de su vida o lograr, al fin, la justicia ansiada.