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Daniel Alarcón y la piratería libresca
Daniel Alarcón
Hace más de un mes, el The New York Times hizo una nueva lista de promesas para tener en cuenta en la narrativa en lengua inglesa, “20 de menos de 40”, entre los que destacaba el peruano Daniel Alarcón junto a otros autores tan reconocidos como Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 32) David Bezmozgis (Canadá, 37) Joshua Ferris (Estados Unidos, 35) Jonathan Safran Foer, (Estados Unidos, 33) Nicole Krauss (Estados Unidos, 35) Z Z Packer (Estados Unidos, 37) Karen Russell (Estados Unidos, 28) o Gary Shteyngart (Rusia, 37).
Pero las noticias sobre Daniel Alarcón nunca terminan. Hoy veo que en The Barcelona Review han traducido un largo y documentado artículo de Daniel titulado “Vivir entre piratas” sobre la piratería libresca en el Perú. Vale la pena leerlo. Dice (traducido por Alejandro Tellería) Un testimonio es especialmente revelador (ahora que se viene la FIL Lima 2010):
Fue un vendedor de libros llamado Ángel quien me contó el modo de actuar de los ladrones. Estaba totalmente fascinado por la devoción que tenían al arte de robar libros. La cadena de librerías para la que trabajaba, Íbero, se enteró de la existencia de estas mafias en 2007 después de sufrir un robo en sus almacenes. Me pareció un crimen bastante extraño – ¿asaltar un almacén de libros?– pero, como lo explicaba Ángel, tenía mucho sentido. Íbero tiene la representación exclusiva de Larousse, un diccionario de bolsillo popular entre los universitarios de la ciudad. Cada edición puede vender entre dos y tres mil ejemplares por año. Es el tipo de libro del que la gente se precia de tener. Los piratas lo saben y una noche desapareció la mitad del stock del almacén de Íbero. No hubo huellas del atraco ni se forzó una sola cerradura. Fue un robo hecho desde el interior. En cuestión de días, los diccionarios estaban en Quilca por la mitad de su precio. Como Íbero no tenía forma de saber quién los había traicionado, despidieron a todo el personal del almacén y, desde entonces, se toman la molestia de etiquetar todos sus libros. Ángel, como vendedor principal, incluso imprimió un dossier con fotografías de los más notables ladrones de libros, que distribuía a su personal al comienzo de la feria. A pesar de estos esfuerzos, Íbero pierde casi diez por ciento de sus ventas por año a manos principalmente, según sospecha Ángel, de ladrones altamente especializados.
Pero la feria es importante por un motivo más simple. Los piratas, como su contraparte de la industria editorial formal, saben lo difícil que es predecir qué libro venderá. Aunque no gastan en editores, diseñadores, mucho menos en escritores, y aunque no pagan beneficios a sus trabajadores ni impuestos al fisco, los piratas también tienen que anticiparse al mercado y hacer inversiones de riesgo en libros que a veces no venden. Por ello, la Feria es un buen barómetro de lo que está en boca de todos y, por lo tanto, es negocio. ¿Qué eventos tienen más asistencia? ¿De qué libros se está hablando? Todo es parte del informal análisis de mercado que los piratas usan para decidir qué libro será pirateado después. Leen las páginas culturales de los periódicos locales, los cuales llenan sus páginas con notas sobre libros y entrevistas a los autores antes, durante y después de la feria. Prestan atención a la voz de la opinión pública. Desde la feria, las conversaciones se esparcen por el resto de la ciudad. ¿Qué es lo que la gente está pidiendo en Quilca? ¿Y en Amazonas? ¿Qué libros se están vendiendo en los semáforos? Y los rumores recorren toda la cadena, desde las esquinas, pasando por el distribuidor, hasta el productor. Si uno comparece para unas cuantas entrevistas, o llena un auditorio en la Feria del Libro, ya está; podrán pasar unos días –hasta una semana– pero las probabilidades de ver el libro propio en las esquinas, muy poco después, se hacen altísimas.
Había pasado un mes desde el operativo policial al mercadillo del Consorcio Grau, y todo había vuelto a la normalidad como si nada hubiese pasado. El juicio se había quedado estancado y ni un solo pirata o vendedor había sido puesto en prisión. Una mañana me pasé por allí, para ver con mis propios ojos la cara misma de la impunidad. A diferencia de Amazonas, aquí todo era pirateado y no había libros de segunda mano. En el tiempo que me quedé allí, casi una hora, seguía llegando mercadería: cajas de libros infantiles, novelas de vampiros, versiones abreviadas del superventas mexicano de libros de autoayuda Carlos Cuauhtémoc Sánchez, y, cómo no, El vencedor está solo de Coelho. La justificación más oída de boca de los compradores de piratería, “los que escriben esto ganan tanto que ni se enteran”, era seguramente cierta sobre algunos autores. Es decir, ¿estará Stephenie Meyer preocupada por sus ventas en el Perú?
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ivanthays ha publicado esto