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  1. Gómez Bárcena y el cielo de Lima

    Georgina Hübner es el nombre ficticio que un par de peruanos inventaron, con el fin de conseguir un libro autografiado de Juan Ramón Jiménez, sin saber que desencadenaría una larga comunicación epistolar que finalmente enamoraría platónicamente a Jiménez, quien incluso quiso viajar a conocer a la dama, convirtiéndose así una broma inocente en broma cruel. El narrador español Juan Gómez Bárcena, en El cielo de Lima (editado por Salto de Página) comenta en Revista de Letras el origen de su novela, donde retrata esta historia.

     

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    Algunas preguntas:

    ¿Cuál es el punto de partida de la novela?
    La primera vez que supe de la anécdota fue en el colegio. Me mandaron hacer un trabajo sobre Juan Ramón Jiménez y me sorprendió el engaño tragicómico al que fue sometido por los dos limeños que inventaron el personaje de Georgina Hübner. Más tarde todo fue concretándose. En 2010 estaba en México terminando Los que duermen y volví a pensar en la anécdota.

    ¿Y cómo se concretó?
    En alguna entrevista respondí que parte de mi trabajo se basa en la frontera difusa entre la realidad y la ficción. Fue entonces cuando me di cuenta que con la anécdota de Juan Ramón tenía una novela perfecta para trabajar el tema, mucho más que otra novela que había escrito centrada en temas de la realidad virtual hoy. Me di cuenta que era más interesante la efeméride, pese a su antigüedad, para explicar el juego de máscaras que se da en Internet…

    Si comparas lo de Juan Ramón en 1904 con la realidad virtual hay un factor diferencial que es la espera.
    En este punto la idealización puede aumentar porque tardas un mes en recibir respuesta, y no es de la última carta que has enviado.

    Le llegan mazos de cartas mensuales.
    Y eso hace que aumente la ensoñación que idealiza.

    Y además 1904 nos hace pensar en la chica que espera las cartas de su enamorado en el puerto, algo que podría haber imaginado el mismo Juan Ramón.
    Es una imagen muy prototípica. La mujer con un vestido largo esperando en el malecón, como si fuera la única posibilidad de saber si llega el barco de las cartas, algo que no puede darse en Internet, donde las construcciones son inmediatas.

    (…)

    La anécdota inicial decía poco de los personajes, te dio juego para desarrollar la novela.
    La anécdota es muy mínima y de hecho pensé en un relato, pero me di cuenta que el primer capítulo me daba un ritmo lento, con exigencia de más páginas. Necesitaba configurar los personajes. De José Gálvez se sabe algo, pero de Carlos Rodríguez lo ignoramos todo. Los libros que cuentan la anécdota lo hacen con pinceladas, con poca claridad.

    Así como el tiempo te permitió tratar todo con parsimonia, el no conocer a los protagonistas te permitió construirlos bien.
    Si se conservara la correspondencia no hubiera tenido sentido escribir la novela porque gracias a la poca información he podido desarrollar el juego creativo, lo más grato del proceso. El personaje de Carlos Rodríguez está levantado desde cero.

    (…)

    Al principio de la novela el lector puede pensar que ambos serán coprotagonistas, algo que se rompe cuando llega la vuelta de tuerca. Al ser una novela larga has dado muchas para ajustar bien las piezas.
    Sí, porque así mantenía la tensión, y no fue nada muy pensando, más bien es la reproducción de mi propio pensamiento como autor, porque descubrí que Carlos me interesaba más mientras iba escribiendo la novela, dotándolo de más riqueza. De este modo puede decirse, aunque desde otro tiempo, que el lector descubre la trascendencia de Carlos al unísono conmigo.

    No estructuraste la novela.
    En realidad sí, pero planifico mucho y siempre fallan mis propios esquemas. Tengo mil libretas llenas de esquemas muy pormenorizados porque no me veo con capacidad de escribir sin un plan, pero luego las cosas cambian y te sorprendes. Cuando escribo una línea necesito saber a qué conjunto pertenece.

    ¿Tenías claro que estructurarías la novela con capítulos cortos?
    Sí, eso lo tenía clarísimo. Es algo que me interesa mucho, lo mismo que los diálogos, mezclados con la voz del narrador, de este modo intentaba dar frescura a algo que de otro modo quedaría muy antigua. Por otra parte creo que eso es lo que me pedía el cuerpo, la voz que me surgió escribiendo.

    (…)

    Tu novela es moderna, pero la que ellos quieren escribir es más que clásica.
    Es absolutamente clásica y ellos creen que la musa perfecta de un poeta tiene que ser la realidad, una idea pasada de moda. Su concepción de la literatura es esencialista, pero su novela, la que yo escribo, pudiera en realidad dar la idea contrario, que todo depende de la interpretación, que todo es un discurso y hasta la propia vida de los personajes.

    Ellos quieren hablar de amor, pero están muy faltos de afecto.
    José casi es un coleccionista, mientras que Carlos tiene impotencia física y psicológica de encontrarse con una mujer real, incapacidad que a lo largo de la novela juega con la duda de si es homosexual o todo parte de un idealismo literario de la mujer.

    Los dos son hijos de papá, por eso José es un seductor fácil y Carlos directamente ha de encontrar la brújula.
    Carlos ignora su lugar en el mundo y no le gusta el que le van a adjudicar. No sabe cómo dejar de ser ese personaje pasivo que recibe órdenes todo el tiempo.

    Y poco o nada saben de la realidad.
    Quería hablar de la vida social de la época tal como la veían ellos, no quería hacer una novela donde diera la sensación que los obreros merecen algo. Carlos tiene un interés por la vida obrera, pero es un interés de rico, es incapaz de ver a los obreros como personas. El narrador sí puede, pero eso es parte del doble juego.

    (…)

    ¿Pensabas a Juan Ramón como un personaje invisible que siempre está presente?
    Un personaje inexistente que estuviera todo el rato, Georgina, y un personaje existente que no estuviera nunca, Juan Ramón. No quería caer en la típica parodia de Juan Ramón. Con el tema de las cartas empecé a leer el epistolario de Juan Ramón para captar el tono. De haber imitado su estilo no hubiera colado, su estilo es exagerado y demasiado desgarrado, por eso opté porque fuera un personaje pasivo, casi no interviene.

    En cambio sí que se construye a Georgina.
    No existe pero es un poco todos. Es el concepto de musa de Carlos, un poquito el que tiene José y también la proyección del deseo de Juan Ramón, que en realidad no está tan ansioso de conocerla como de inventarla en la medida de lo que él espera encontrar de una mujer, ajustarla a sí mismo, a su amor narcisista.

    Hay varias trampas en las cartas, pero la fundamental es la de la foto que no llega, la espera de la imagen.
    Y cómo lo justifican. O lo de la hermana. En cada entrega tienen que justificar las incoherencias anteriores.

    Dentro de estos dimes y diretes algo fundamental de El cielo de Lima es el trabajazo de documentación que te has pegado. Lo más importante del mismo es que apenas se nota, es sutil.
    Me gusta mucho que lo digas, porque lo más difícil es que ese trabajo de documentación se acople de manera natural. Es un poco como lo de la teoría del iceberg de Hemingway: saber cómo sería la vida en la época para luego contar la trama tal y como ocurría en ese mundo sin explicar los ocho novenos de información que hay detrás. No tener que explicar cada detalle, quiero que el lector lo imagine y ponerle las bases para que lo imagine en la misma dirección en que yo lo he imaginado.

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