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  1. LOS VIVOS Y LOS MUERTOS de Edmundo Paz Soldán

    RESEÑAS SIN PLUMAS

    por Luis Hernán Castañeda

    FANTASMAS DE INVIERNO

    Una vez un amigo escritor y lector fanático de John Fante me dijo que el futuro del arte y la literatura de Estados Unidos estaba asegurado por la gran reserva de desamparo y locura que prometen y cumplen las enormes distancias del territorio del país. Hace pocas semanas, en la presentación de “Los vivos y los muertos” en la Feria del Libro de Lima, Edmundo Paz Soldán afirmó que su más reciente novela ofrece el “otro lado” del clásico mito literario norteamericano, el mito del drifter, quizá en ningún otro libro más nítido que en “On the road” de Jack Kerouac. En la versión más ligera y luminosa de ese mito, nos vemos liberados en medio de un país inmenso, propicio a la imaginación salvaje, surcado por carreteras infinitas por las que transitan esos ángeles oscuros y ardientes de la poesía hacia y entre ciudades alucinantes –los esperan noches urbanas de jazz y libertad, sexo y epifanías–; un país de apertura y fluidez que halla su reverso en el mundo pequeño y provinciano, cerrado y conservador, opresivo, ultra-religioso y republicano, de la minúscula ciudad de Madison, en upstate New York, escenario inventado donde transcurre esta historia de adolescentes muertos, y de muertos en vida que sólo sueñan con salir, moverse, largarse de ese mundo blanco y protestante: con abandonar el estatismo de death row de su vida cotidiana. 

    En Madison, New York, la nieve cae sin cesar durante seis meses y el sol se oculta para no asomarse hasta la primavera. En esta burbuja invernal de vientos helados y calles vacías, se desata una cadena de muertes que parecen encajar en una larga estación mental: el invierno de la muerte y la melancolía se prolonga, el tiempo se estanca.¿Quiénes son los que van a morir? En primer lugar, cae Tim, deseado jugador del equipo de fútbol, en un accidente mientras conduce su auto para ver a Amanda, su novia escritora y protagonista, en mi opinión, de la novela; lo sigue Jem, su hermano gemelo, quien, vencido por la ausencia del otro, se suicida provocando un choque en el sitio exacto donde falleció Tim; poco tiempo después vienen las muertes de Hannah y Yandira, la primera una porrista muy popular y, la segunda, amiga suya e hija de inmigrantes latinos, ambas violadas y brutalmente asesinadas por el señor Webb, vecino de Hannah, ex-militar desempleado y padre de familia, que se quita la vida estando en la cárcel; tras los cuatro primeros adolescentes y su verdugo suburbano, surge la historia del Enterrador, un chico dark, poeta y cantautor y el mejor amigo de la fallecida Yandira, que, tras ser abandonado por su novia Christine, se venga de ella asesinándola junto a su padre en su propia casa, para luego suicidarse; por último, Rhonda, amiga muy cercana de Hannah y Yandira, que tuvo la buena suerte de no estar con ellas la noche del ataque del señor Webb, fallece una noche al regresar de una fiesta, acompañada por un número no especificado de amigos, en el accidente automovilístico que cierra el ciclo fatal de Madison.

    En total hablamos de, por lo menos, nueve muertes de adolescentes y adultos, causadas por accidentes, asesinatos y suicidios. La cantidad, la concentración temporal y espacial, impresionan, parecen sugerir que “hay algo detrás de todo esto”: justamente, este espejismo será el que la novela se encargará de disipar. En algunos casos, las muertes están directamente relacionadas: una conduce a la otra, como sucede con los gemelos Tim y Jem, calco uno del otro hasta en la forma de morir. También es posible que se dé una vinculación indirecta, más tenue y apenas esbozada, como la que existe entre la muerte de Yandira y la de Christine, la primera obra del pervertido Webb y la segunda del Enterrador, muchacho solitario y desgarrado por el dolor que, después de perder a Yandira, siente que no tiene a nadie en el mundo, salvo a su novia Christine: hasta que también ella lo abandona, y todo se viene abajo. Sin embargo, no todas las muertes pertenecen a la misma red de causas y efectos, de afectos y soledades. Podría decirse que existen al menos cuatro núcleos fatídicos, un cuarteto de nudos de relaciones interpersonales de los que nacen bloques de muertes hermanas que articulan, en la memoria colectiva de Madison, a ciertos sujetos unidos por la desgracia: Tim y Jem integran el primer núcleo; Webb, Hannah y Yandira son los cadáveres del segundo nudo; la tercera red enlaza al Enterrador, a Christine y a su padre; en cuarto lugar, se encuentran Rhonda y los que viajan con ella en el auto. Por cierto, hay líneas que cruzan de un núcleo a otro, pero no son de carácter causal, sino tal vez analógico, lírico: las muertes invitan a realizar lecturas grupales, a imaginar tragedias pueblerinas; no obstante, la novela se encarga de defraudar estas posibilidades de significado, que serían limitantes.   

    Porque hablar de “la tragedia de Madison” implicaría ya empezar a interpretar, quizás a aceptar y superar, a simplificar y asimilar los hechos. Es interesante ver que la cadena de muertes –dato clave– empieza y termina con accidentes de tránsito: el azar tiñe los eventos, los inaugura y los cierra. Algunas de las muertes que ocurren entre la primera y la última sí responden a ciertas causas determinadas, incluso a acciones humanas deliberadas, como el suicidio de Jem; pero no todas ellas son “claras”, como los asesinatos del señor Webb, un ser oscuro, habitado por pulsiones que mal haríamos en etiquetar como patológicas, pues su dinámica no se circunscribe a la órbita del típico sex offender cinematográfico: lejos de ser un marginal y un excéntrico, Webb parece hallarse en el centro de la comunidad, como una pesadilla en mitad del día, y sugerir desde allí cuáles son las leyes secretas que la rigen.  

    Sin embargo, estas leyes nunca se exponen completas. La novela se reserva, así, una orilla de ilegibilidad que es la condición de su poder de sugerencia. Y es que si bien algunos personajes ensayan explicaciones de lo ocurrido –se habla de tragedia, de maldición, de castigo divino, todas categorías para entender lo inexplicable–, el mundo ficcional no se reduce a ninguna de ellas, desfila ante los ojos del lector dejándole un “resto” sin analizar. Tampoco la explicación sociológica, que apila todos los males de la sociedad norteamericana contemporánea sobre los hombros de los mismos aburridos demonios, como la competitividad, el aislamiento, la pornografía, la tecnología, el radicalismo ideológico, logra mayor crédito que el atribuido, por ejemplo, a la desbaratada clave psicológica, que resulta inútil para encasillar los actos criminales de Webb (en algún momento Daniel, el periodista investigador del caso, se pregunta, “¿y qué si, en el fondo, todos fuéramos como él?).

    Finalmente, el no ser estas muertes interpretables desde ningún marco de referencia externo a su propio acontecer, invalida también la decisión artística, rechazada con juicio por el autor, de insertar la historia en la lógica preestablecida de tal o cual subgénero específico. Por citar el ejemplo más obvio, si bien los elementos del relato policial se manifiestan en alguna sección, no se puede decir que sus leyes se cumplan ni que otorguen sentido a la experiencia. No existe, propiamente, un “caso”, dada la ineficacia del asesino, que casi prepara su propia captura. Así, los subgéneros populares, como el thriller policial o la película de zombies, o las referencias flotantes de otros libros como “Carrie” de Stephen King, sólo organizan el mundo en su epidermis de citas, hasta toparse con una barrera de oscuridad tras la cual aguarda lo más interesante de la novela, tanto en un sentido técnico y estructural, como en otro ético y humano. Amanda, que en más de una ocasión da voz a la autoconciencia del texto, reflexiona sobre este punto:

    “A alguien se le ocurrió mencionar (durante el entierro de Hannah y Yandira) a Jem y a Tim y concluir que una maldición había caído sobre Madison High y sobre el pueblo. “Estamos viviendo en una novela de Stephen King”. No, las muertes en las novelas de King, incluso las más macabras, siempre forman parte de una trama con sentido. “Cuatro muertes jóvenes en tan poco tiempo, eso tiene que significar algo”. Sí, significa cuatro muertes jóvenes en poco tiempo. Las estadísticas, el cálculo de probabilidades no están a favor de lo ocurrido, pero tampoco lo ven como una imposibilidad” (132).

    El autor ha declarado más de una vez que su novela, basada en hechos reales y pensada en un inicio como un libro de no-ficción, buscó respetar al máximo la naturaleza de esos hechos, conservar la ilegibilidad de esas muertes. Para ello, diseñó una estructura de voces múltiples, distribuidas en capítulos breves. Como en la segunda parte de “Los detectives salvajes”, son muchos los hablantes de la novela; el trabajo al nivel de la dicción permite recordarlos y discriminarlos. Se trata de una estructura que facilita narrar desde varios puntos de vista y sin explicar la totalidad, y que permite presentar un conjunto de muertes –decir “cadena” fue ya una traición mía–, pero sin inscribirlas en ninguna sintaxis ordenadora del conjunto. Podría decirse que este orden estaría ya dado por la estructura; pese a este reparo, hay que considerar que ella misma implica, en medida importante, una intervención del azar, una aceptación y presentación del desorden de la vida. Nos equivocaríamos si habláramos de un sistema “coral”, cuando lo cierto es que, apartándose de la armonía y simetría, las distintas voces van rotando según se las tenga que escuchar, aparecen y se silencian, a veces reaparecen y en algunas ocasiones ya no vuelven más, en respuesta estricta al orden cronológico de las muertes y a la necesidad de narrar desde la perspectiva de quien las contempló, o supo de ellas mejor que nadie, o las tuvo que sufrir.         

    En otras palabras, la estructura es lo suficientemente maleable como para someterse a la arquitectura caprichosa del referente. Ahora, si bien gracias a una estructura con esas características, las muertes no forman parte de una “trama con sentido”, también es cierto que todas suceden en el seno de una misma comunidad y allí cobran no un significado, pero sí una relevancia colectiva que resuena en las conciencias de todos los afectados, los habitantes de Madison, quienes se relacionan entre sí como los miembros de una“familia”. Se trata, por cierto, de una familia en la que el erotismo, sea lícito o desviado según la ley del padre, tiene un papel importantísimo y se desarrolla ligado a la muerte, aunque tampoco sirve para explicarla: basta recordar el valor simbólico de la muerte de Tim, que se accidenta mientras recuerda una escena erótica con su novia Amanda. Se puede mencionar, también, la pasión obsesiva y mortífera que Hannah despierta en Webb; otra pasión de consecuencias nefastas es la que siente el Enterrador por Christine, la chica religiosa, a quien no puede dejar ir. Sin embargo, el erotismo no conduce, en todas las situaciones, al desastre, porque la bien lograda autonomía de los personajes lo impide: están los casos del periodista Daniel y de Amanda, que se sobreponen a sus respectivas pérdidas sentimentales y, resueltos a empezar una nueva vida, apuestan por el futuro, aunque sin olvidar la carga demasiado intensa del pasado.      

    La familia, entonces, ocupa un primer plano. El hecho de que el modelo familiar es el que organiza las relaciones entre los personajes produce una curiosa impresión: el lector llega a creer, aunque ello casi atentaría contra la verosimilitud realista, que todos los pobladores de Madison se conocen entre sí y, además, conocieron en persona a los muertos, razón por la cual acusan la pérdida como si fueran padres o hermanos o novias de los ausentes. A esta imagen de una “familia unida”, compacta a pesar del excesivo número de sus integrantes, contribuye la escena del funeral de Hannah y Yandira, donde todos los asistentes lloran la muerte de las chicas “como si fueran sus hijas”. Por otra parte, hay que recordar que se trata de adolescentes muy populares que solían asistir a la escuela Madison High, institución aglutinadora y fuente de cohesión cuya fuerza pone en duda, precisamente, la veracidad de las explicaciones sociologizantes, moralistas, que pretenden ver en el aislamiento, en la fragilidad del tejido social, la causa profunda de las muertes de la novela. Como he intentado demostrar hasta aquí, estas explicaciones terminan convertidas en lugares comunes frente a la complejidad y heterogeneidad del universo representado, que postula más bien la vitalidad del enigma.       

    Al aproximarse a este universo, el lector llega como un co-lector de una mirada previa que, aunque se halla inmersa en la ficción, logra despegarse de ella con el suficiente margen como para comentarla y compartir sus comentarios con los que va aventurando el lector: me refiero a la mirada de Amanda, que es novia de Tim, amante de su hermano Jem y hermana de Christine. En otras palabras, Amanda sufre cuatro pérdidas –si incluimos a su padre–, situación extrema y casi inimaginable que lejos de derrumbarla, le confiere una cualidad representativa de los suyos, los miembros de la golpeada “familia” de Madison: también ella, como su pueblo, debe encarar una cadena incomprensible de dolor y violencia, y su instrumento para salir airosa es la escritura.

    Cronista del diario escolar y escritora de un diario, futura estudiante de Literatura en la Universidad de Colorado en Boulder –soleada ciudad tan distinta de la melancólica Madison–, Amanda emplea la escritura como un instrumento crítico para rechazar los lugares comunes de la opinión pública, como un filtro estético para embellecer el dolor y darle así cierto valor, cierto significado –sus descripciones del invierno son las más memorables de la novela–, y como un vehículo del duelo, que permite verbalizar el trauma y de esta forma aliviar la conciencia. En su escritura no está ausente el humor; sus reflexiones, sus esperanzas en el estupendo capítulo final de la novela, la retratan como una conocedora de la cultura popular, especialmente del cine, que utiliza sus referentes con gracia y sana ironía. Recordando a Tim, escribe:

    “Un escalofrío me recorre el cuerpo. No hago mucho por recordarlo, no tengo sus fotos en mi billetera, pero igual, es una presencia constante. No me peleo con él, lo dejo estar, lo dejo hacer. He asumido que siempre, de alguna manera, viviré enganchada a él. Se las ingeniará para sobrevivir en mí, al igual que papá y Christine. Está bien que sea así. El problema no es tanto para mí como para aquellos que osen intentar reemplazarlo. Los chicos que me esperan en la universidad no saben que tendrán que lidiar con un fantasma. Tim no se lo pondrá fácil” (203).  

    Los vivos y los muertos.

    Edmundo Paz Soldán.

    Alfaguara, Madrid, 2009. 

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