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Charles Bukowski poeta
Los poemas de Arder en el agua, ahogarse en el fuego editado por Visor nos muestran no solo al clásico Charles Bukowski “espantado a los burgueses” sino también a un Bukowski con preocupaciones sociales y, claro, con un extraño pero intenso romanticismo. Aquí la reseña en ABC Cultura de Jaime Siles.

Dice la reseña
Aveces entre un autor y su traductor se establece una curiosa corriente que hace que aunemos al uno con el otro y que acaben siendo para los lectores como una sola y acorde voz. Como en el caso de Charles Bukowski y Eduardo Iriarte.
Bukowski es un maestro de la «sofisticación inversa»; esto es, de aquella que no lo quiere parecer. En La noche desquiciada de pasos (Visor, 2014) encontramos algunas claves de lo que podría ser su poética: «La vida no es todo lo que / creemos que / es, no es sino lo que / imaginamos que / es y para nosotros / lo que imaginamos / llega a ser casi todo». Esta idea suya de la ficción le permite desarrollar una serie de yoes virtuales con los que su persona poemática se identifica y que son aceptados por el pacto con su escritura que hace el lector.
En el caso de Bukowski, se produce desde su doctrina del realismo sucio, del que él es el máximo exponente y, aunque el lector no comparta sus postulados, es imposible negar la emoción estética. Es uno de los mayores méritos de una escritura como esta, que sabe extraer el máximo provecho de las situaciones que crea y de un fraseo muy próximo al gag. Bukowski tematiza, mejor que nadie en la poesía del XX, «el mordisco de la realidad».
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El arte de aprender.- James Altucher no está de acuerdo con que El guardián entre el centeno sea la mejor novela de aprendizaje norteamericana. Opina que es una novela para jóvenes ricos con problemas de ricos. No estoy de acuerdo, pero sí me parece interesante que proponga una lista de doce novelas que -según dice- deberían ocupar el lugar de la obra de Salinger para entender el paso de púber a adolescente. Libros clásicos como el de Sylvia Plath, libros recientes como el de Junot Díaz, comics, libros de autores poco celebrados. Una lista que pone a Bukowski por encima de Salinger merece ser discutida, creo yo. (vía Flavorwire. Post en inglés)
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Catorce autores incorregibles
¿Qué tienen en común Jonathan Franzen con J.K Rowling y Charles Bukowski? Que los tres, a su manera, han sido incorregibles. El oficio de escritores está lleno de estos especímenes, desde luego, lo más difícil es confeccionar una lista de personas anodinas que, al mismo tiempo, sean grandes creadores. Como sea, las anécdotas recolectadas por Huff Post son divertidas (post en inglés).
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“La auténtica literatura se vende poco”

Jorge Herralde
En la web sumacultural, Fátima Uribarri entrevista a Jorge Herralde sobre la historia de la editorial Anagrama, lo que sucederá con la editorial vendida a Feltrinelli (a partir del 2016 tendrá el control absoluto) y la crisis en la industria del libro. “Son 44 años de Anagrama, no digo que tenga récord mundial pero igual tengo podio” dice Jorge Herralde, cuya contribución a la literatura en castellano a través de sus diversas colecciones es innegable.
Aquí algunas respuestas:
– Qué distinta esta época a la de los comienzos de Anagrama.
– Los sesenta era una época convulsa y alborotada. Se adivinaba el fin del franquismo, que tardó más de lo que anhelábamos, y había grandes territorios que descubrir. A pesar de la censura y de los secuestros que tuvimos, pudimos colar bastantes autores de la izquierda heterodoxa, de nuevas corrientes de pensamiento como el estructuralismo, de lingüística, antipsiquiatría, antropología y luego los primeros títulos de narrativa.
– Luego vino el bache de los 70.
– Muchos no sobrevivieron a la censura del mercado, al desencanto de las ingenuas aspiraciones políticas. Es un fenómeno que sucedió en Europa. Son estas oleadas cíclicas en las que parecía que la vida iba a cambiar, la creatividad iba a florecer, y, de repente, la rugosa realidad de los hechos, que escribió Marx. Llegó una democracia digamos domesticada sin posibilidad de estas alegrías.
– ¿Encuentra alguna similitud entre la crisis de los años 70 y aquel momento y el actual?
– Son distintos. Entonces se habían derrumbado unos anhelos, pero no fue tan dramático como ahora, porque ahora el no futuro no es un eslogan de un grupo de música rupturista, sino que es la sensación que tiene tantísima gente de un cambio de modelo para ir a peor, una encrucijada en donde fenece un mundo y está a punto de alumbrar otro. Es un periodo de confusión y perplejidad.
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Sobre apellidarse Fante

Dan Fante, hijo de John
John Fante fue un guionista de Hollywood, extraordinario escritor maldito y alcohólico sin remedio, que podría haber quedado en el olvido -al menos para los no norteamericanos- si no fuese porque Charles Bukowski, un alma gemela, no dejó de reclamarlo como su precursor y padre literario y así consiguió hacer que le presten atención. Pero John Fante tenía hijos reales como Dan, alcohólico y perdido como él aunque, al parecer, nunca buen escritor. Dan Fante ha publicado un libro autobiográfico donde recuerda a su padre, titulado Fante: Un legado de escritura, alcohol y supervivencia, editado en España por Sajalín Editores, donde se describe lo fácil que es irse al hoyo apellidándose Fante.
Dice la extensa nota en El País de Carlos Geli:
El cuerpo de Dan Fante (minúsculo aro de plata en la nariz, cabeza rapada, traje gris, botas negras; anillos en los dedos anular y meñique de ambas manos…) recoge las muescas de una vida que hasta hace poco cualquiera estaría de acuerdo en definir, como mínimo, de desajustada. Fue carny (vocero de feria) macerándose cada noche en alcohol, drogas y sexo no muy sano; taxista (y, en el mismo viaje, correo de la mafia del juego), ayudante de detective privado (metido en asuntos turbios), vendedor ambulante (próspero negocio que acabó en redada policial), conductor y empresario de limusinas (y camello de sus pudientes clientes rockeros), vendedor de aspiradoras, operador de telemarketing… En plena caída libre contabiliza 30 trabajos en menos de seis meses, mientras duerme en coches abandonados, roba comida, esnifa todo lo que puede, intenta suicidarse sin éxito y, sobre todo, bebe hasta perder literalmente el conocimiento.
(…)
Hay algo genético en su sino, con ese abuelo díscolo y violento que fue Pietro Nicola Fante que, para huir de la mísera Italia rural, emigró a Estados Unidos y fue capaz de encajar una paliza descomunal ya en la aduana por negarse a que le cambiaran el apellido; de ese pariente que, nacido con el don de contar cuentos, acabaría robándole la vocación de monja a una chica para casarse con ella. O de ese hijo que será John, su padre, obstinado con 19 años en ser escritor, que invierte toda una noche para aprender a teclear y pasarse su primer cuento, Altar boy, en limpio para entregarlo a la prestigiosa The American Mercury.
Unos cuantos relatos y máquinas de escribir después, John Fante será guionista cotizado en Hollywood a 250 dólares por semana y estará casado con Joyce Smart, de las primeras estudiantes en Standford y capaz de leer 1.200 palabras por minuto. “Ser guionista era la gallina de los huevos de oro pero también una almorrana literaria”, escribe Dan. La tendencia a gastarse la nómina en las carreras y en eternas partidas a las cartas hasta amaneceres saturados de alcohol, con colegas como William Saroyan, a pasarse la jornada laboral en los campos de golf y las noches con mujeres en moteles se acentuarán ante el injusto fracaso de la primera gran novela de John Fante, Pregúntale al polvo (1939), que a la editorial solo se le ocurrió lanzar al unísono que el Mein Kampf de Hitler… sin tener los derechos del mismo. La polémica periodística y judicial con el libro del dictador sepultó su obra. Y lo hizo con la misma fuerza que creció la frustración y la violencia física (magnífico por raudo, al parecer, su crochet de izquierda) y verbal de John, alguien capaz de amenazar a directivos de Hollywood, editores o colegas ilustres de timba con frases como “si quisiera, podría destruir tu vida en 20 palabras o menos”.
(…)
“Mi padre era un hombre intensamente difícil. No era un buen tipo; nos quería pero no sabía expresarlo. Todo lo que nos hacía no era más que el reflejo de sus frustraciones”, evoca hoy Dan, cerrando fuertemente los ojos o mirando más allá del interlocutor, pero sin dejar de mascar chicle. No tardó en darse cuenta de que cuanto más lejos de su hermano y de su padre estuviera, mejor; y también de los violentos sacerdotes católicos irlandeses del colegio, que entendían el magisterio a base de palizas. Eso, y el comentario de su padre de que dejara de escribir cuando descubrió sus cuadernos guardados en una caja de zapatos bajo su cama —“no eres ningún genio; te recomiendo que te olvides de esa mierda”— se tradujeron, a sus 16 años, en un mutismo absoluto ante su padre y la voluntad de irse pronto de casa. Las vidas de John y Dan discurrirán rectilíneas: cada novela del padre pasa sin pena ni gloria (Un año pésimo, Mi perro idiota…); sus respuestas desairadas a productores, son de manual suicida; mientras, el hijo sube y baja en su negra montaña rusa. La diabetes que empezará a castigar al padre a partir de 1959 y que le llevará a la ceguera explica alguna muestra de caridad, como el consejo al hijo: “Escribe con el corazón y con las entrañas”. Se lo dirá ya en los años setenta, quizá por 1973, cuando un tal Bukowski le resucitará al declarar en una entrevista que el autor que más le ha influido es John Fante. Cuatro años después publicará La hermandad de la uva: hacía 25 que no salía un libro suyo. Hasta una joven promesa del cambiante Hollywood, Francis Ford Coppola, se interesará por ella, pero de nuevo mala suerte: se cruzaría el proyecto Apocalypse Now.
(…)
John Fante fallecerá en mayo de 1983. Dan, que sin ser muy consciente ha ido garabateando cuadernos como terapia, encuentra en el garaje de casa la vieja máquina de escribir Smith Corona de su tácito modelo. Y le da por teclear. “Descubrí que era un don; para mí, a diferencia de mi padre, es muy fácil: yo tengo una idea más o menos vaga de lo que quiero decir y empiezo a ver por dónde sale; mi padre, no: necesitaba tenerlo todo bien atado en la cabeza, principio y final, paseaba por casa dos o tres meses intratable, y luego en tres semanas lo tenía escrito; por el camino, café a raudales y 50 cigarrillos al día”, cuantifica.
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El último poema de Bukowski

bukfax
Gracias a la página Open Culture tenemos acceso al último poema de Charles Bukowski (escrito 18 días antes de su muerte), que fue, además, el primero que escribió por fax. El hombre murió en 1994 y no llegó a conocer el Twitter. Si no, nis hubiera bombardeado de cosas como estas.
Dice la nota:
On February 18, 1994, Charles Bukowski had a fax machine installed in his home and immediately sent his first Fax poem to his publisher:
oh, forgive me For Whom the Bell Tolls,
oh, forgive me Man who walked on water,
oh, forgive me little old woman who lived in a shoe,
oh, forgive me the mountain that roared at midnight,
oh, forgive me the dumb sounds of night and day and death,
oh, forgive me the death of the last beautiful panther,
oh, forgive me all the sunken ships and defeated armies,
this is my first FAX POEM.
It’s too late:
I have been
smitten.Alas this was also Bukowski’s last poem. Just 18 days after Bukowski embraced technology, the poet (once famously called the “laureate of American lowlife” by Pico Iyer) died of leukemia in California. He was 73 years old. According to John Martin at Black Sparrow Press, the Fax poem has never been published or collected in a book.
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Una estadística gringa

Ladrón de libros
Buenísimo este dato de Juan Palomo en su “Papelera” sobre los cinco libros/autores más robados en las librerías de Estados Unidos:
Me divierte imaginar cuáles serían los resultados en España, pero en Estados Unidos, que tienen estadísticas serias sobre casi todo, saben muy bien cuáles son los cinco autores/obras más robados en librerías y bibliotecas en los últimos años. El autor favorito de los letraheridos mangantes yanquis es Bukowski (en prosa y en verso, lo mismo da, empapados sus libros siempre en derrota); el segundo más robado, William S. Burroughs; el tercero es un libro, En el camino, de Kerouac, lo que confirma el carácter mitómano de loschoriliteratos; el cuarto, la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, y el quinto, cualquier título de Martis Amis. Ojalá recojan el guante, porque voy a proponer que desde septiembre se incluya esta categoría en la lista de los Libros más…
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Cartas notables

Carta de Kurt Vonnegut
Los emails han malogrado todo. La gente no escribe emails como quien escribe cartas. Y ya ni hablar de los amigos que te pasan la voz o preguntan por ti por FB, por Messenger o por Skype. Pero no todo es malo en el cyber-mundo. Al menos existe la posibilidad de guardar esa correspondencia. Y las anteriores. Letters of note (Cartas notables) es un site que se dedica a digitalizar y recopilar esas cartas escritas a puño y letra (o a máquina de escribir). Tienen joyas.
Dice Facundo García en Página12:
En un mensaje del 23 de diciembre de 1990, un Charles Bukowski de 70 años le describía a su amigo William Packard hasta qué punto tenía las tripas anudadas a la literatura. “No es mejor cuando vos elegís escribir, sino cuando la escritura te está eligiendo a vos. Cuando estás loco por eso, cuando se acumula en tus orejas, en tus agujeros de la nariz, en las uñas. Cuando es tu única esperanza”, ametrallaba. Poco antes de morir, Hank soltaba pistas para comprender lo que sería el epitafio de su tumba, que ha confundido a tantos con un consejo simple: “No lo intentes”. Tecleaba entonces Bukowski: “Una vez me estaba congelando en las calles de Atlanta. En el suelo sólo había periódicos. Y encontré una mina de lápiz y escribí en los pequeños márgenes de esos periódicos, sabiendo que nadie iba a ver nunca lo que pusiera. Era una locura. Y no se trataba de una actividad planificada ni para la escuela. Sucedía. Eso es todo (…) Nos hemos vuelto demasiado estrictos. Trabados. Posamos. Lo intentamos demasiado. No lo intentes. La cosa está ahí. Nos ha estado mirando fijo todo este tiempo, arañando para romper el cascarón”.
El archivo de Letters… incluye ésa y otras joyas, y complementa la publicación de los textos con el escaneo de los originales y la cita de las fuentes. Y es una lástima que esté disponible sólo en inglés, porque recorrer sus entradas resucita destrezas de las que no siempre se tiene conciencia: leer y escribir en el papel, se entiende, era más que trabajar con signos tipográficos. Desde la cursilería psicópata de aquellos que aseguraban que “si lo escrito está borroso, será por la cantidad de lágrimas que he derramado”, hasta la astucia para notar el cambio en el trazo que dejaba una birome de acuerdo con la emoción de su dueño –pasando por el detallismo de quienes reconocían en la hoja los mazazos de una Remington o una Olivetti tecleadas con furia–, existió toda una subcultura que hoy se está marchitando.
(…)
De a ratos, en la correspondencia que atesora Letters… se agazapan la tristeza y algo que roza al humor involuntario. En noviembre de 1963, víctima de un cáncer que lo galopaba por adentro, Aldous Huxley le solicitó a su esposa Laura que le inyectara ácido lisérgico (LSD). La carta que la viuda envió posteriormente a un familiar explica que el autor de Las puertas de la percepción había estado bastante conversador, hasta que la agonía lo confinó al desierto de los monosílabos. “Le pregunté si él quería que yo también me inyectara (se refiere al ácido). El indicó que ‘sí’. Luego le pregunté ‘¿Quieres que Mathew se inyecte?’ Respondió que sí. ‘¿Y Ellen?’ Dijo que sí. ‘¿Y Jinny?’ Volvió a decirme que sí, con énfasis.” Si bien el extracto parece sacado de una fiesta de drogones, la crónica de Laura no deja afuera el halo poético con que la pareja revestía sus experiencias con alucinógenos. Sigue así: “Comencé a hablarle y a decirle ‘eres liviano y libre (…) déjate ir, arriba y adelante. Estás yendo hacia la luz, hacia un amor más grande (…) y lo estás haciendo bellamente’”.
Por último, la serie incorpora composiciones que nacieron cuando la muerte ya estaba lejos. En mayo de 1945, con la Segunda Guerra Mundial a punto de terminar, el futuro maestro de la ciencia ficción Kurt Vonnegut les contaba a los suyos que estaba sano y salvo, y no “desaparecido en acción” como lo habían declarado. Desde un refugio en Le Havre, el soldadito ofrecía precisiones sobre sus desventuras como prisionero del ejército nazi en la ciudad de Dresden, territorio que un cuarto de siglo más tarde sería el centro de su famosa novela Matadero Cinco. “Fui capturado el 19 de diciembre del ’44. En la noche de Navidad, la Fuerza Aérea Británica atacó el área en la que estábamos. Mató a 150 de los nuestros”, narraba Vonnegut. “Los alemanes nos negaron medicinas y ropa y nos sometieron a largas horas de tareas pesadas. Nuestra comida consistía en 250 gramos de pan negro y una pinta de sopa de papas. El 14 de febrero, los bombardeos estadounidenses y británicos mataron a 250.000 personas en veinticuatro horas y destrozaron Dresden, posiblemente la ciudad más bella del mundo. Pero no a mí.”
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El coqueteo nazi de Bukowski

Charles Bukowski bebiendo en un célebre programa de Tv francesa
Hace una semana, una noticia dio cuenta de que un niño alemán encontró un dibujo de Hitler escondido en una historieta del Pato Donald.

El dibujante alemán anunció que era una broma poner a Hitler entre los “villanos que deben redimirse”. Lo que no parece que es un asunto de broma es el que el escritor marginal más cacareado del mundo, Charles Bukowski, al parecer era admirador del nazismo. La fuente es un capítulo del libro Visceral Bukowski: Inside the Sniper Landscape of L.A. Writers.
Así lo comenta en un post Gustavo Faverón:
Políticamente, lo poco que se sabe de Bukowski con alguna certeza es que coqueteó con el nazismo en diversos momentos de su vida. Lo hizo desde muy joven, formando parte de dos distintas organizaciones hitlerianas en los Estados Unidos (Bukowski era alemán de nacimiento), y lo siguió haciendo de adulto e incluso de viejo, en los años setentas, según los testimonios de un biógrafo que fue su amigo, Ben Pleasants, quien dedicó al tema un capítulo entero de su libro Visceral Bukowski: Inside the Sniper Landscape of L.A. Writers }. (El capítulo está reproducido aquí).
Las escuetas biografías periodísticas de Bukowski anotan que, siendo aún muy joven, en 1942, fue arrestado por las autoridades americanas por evadir el servicio militar, y que esa evasión se debió a que Bukowski no quería luchar en contra del país de su familia y de su cuna. El dato es incompleto: las autoridades estaban tras la huella de Bukowski por saberlo parte del German-American Bund y del America First Committee, ambos grupos americanos de apoyo al régimen alemán.
Aún en 1974, en una conversación, Bukowski criticó a Pleasants por objetar la admiración que el novelista sentía hacia Hitler. “¿Qué tiene de malo Hitler?”, le preguntó Bukowswki, según recuerda Pleasants: “¿Acaso lo has leído?”.
Pleasants, en efecto, leyó después a Hitler por pedido de Bukowski, y encontró en Mein Kampf una serie de observaciones sobre la relación entre Hitler y su padre que le recordaron las cosas que Bukowski decía y escribía sobre su propia relación con su padre, el germano-americano Heinrich Bukowski. Pleasants le hizo notar las semejanzas a Bukowski. La respuesta fue escueta: “Lo sé”.
Pleasants no se reduce al relato de conversaciones personales (grabadas con expreso permiso del escritor), sino que hace notar el rastro del delirio pro-nazi en la obra de Bukowski. Su novela Hollywood, por ejemplo, describe a la clase explotadora de la industria del cine americano en párrafos como este:
“There we were down at the harbor, driving past the boats. Most of them were sailboats and people were fiddling about on deck. They were dressed in their special sailing clothes: caps, dark shades. Somehow, most of them had apparently escaped the daily grind of living. Such were the rewards of the Chosen in the land of the free. After a fashion, those people looked silly to me. And, of course, I was not even in their thoughts.”
“Las recompensas de los Elegidos en la tierra de los libres”: para Bukowski, la gran enfermedad de los Estados Unidos, que él emblematizaba en el microcosmos de Hollywood, era que el poder real estaba en manos de los judíos. El tono de esa paranoia es conocido; el lenguaje no es menos típico: es la norma del antisemitismo. Esa novela es de 1989, cinco años antes de la muerte de Bukowski. Eso completa el círculo: cincuenta años de rumiar los mismos prejucios.
Quienes glorifican a Charles Bukowski parecen ver en él una especie de kamikaze de la plena independencia “anti-sistema” (aunque, curiosamente, parece que identifican esa independencia, más que con su obra, con el cuadro de alcoholismo que Bukowski presentó desde la adolescencia). Y no cabe duda de que Bukowski tuvo mucho de marginal y de contestatario. Pero lo otro también es parte de su visión del mundo, y es, además, lamentablemente, de las pocas cosas explícitamente políticas que marcaron parte de su vida y su obra. ¿Eso no cuenta? ¿Se puede ser un admirador de Hitler y un adalid de la progresía rebelde al mismo tiempo?