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La muerte de la novela
En el último ensayo de Luis Goytisolo la noticia, tantas veces anunciada, de la muerte de la novela vuelve a surgir. Y Winston Manrique Sabogal, en El País, entrevista a una veintena de escritores para ver qué opinan. ¿Los muertos que vois mataste gozan de buena salud?
Aquí algunas respuestas:
Guadalupe Nettel (México): “Mi generación ha visto tantos fines de tantas cosas que ya no creemos en el final de nada. El mundo va cambiando y la novela se va adaptando. Otra cosa es que haya tipos de novela que se escriban menos pero surgen otras formas y no por ello dejan de ser novelas”.
Oliverio Coelho (Argentina): “La novela conserva su esencia y cualquier pensamiento apocalíptico al respecto es coyuntural. El cambio de paradigma tecnológico puede modificar el modo de leer, pero es prematuro pensar que pueda cambiar, ahora, el modo de escribir novelas. Es más probable que cierta vuelta a la narración más ambiciosa operada en series como Mad men, Breaking bad o, Six feet under intervenga en el imaginario de los escritores e incida en el futuro de la novela, no extinguiendo la novela, sino dándole un nuevo horizonte narrativo que la devuelve a su origen totalizador: género capaz de hilar, bajo el espesor de una voz, vidas, familias, sociedades, procesos históricos, distopías”.
Juan David Correa (Colombia): “La novela nunca ha sido un género estático. Su definición está precisamente en su heterodoxia y diversidad de enfoques. Que ahora quepan cosas del mundo virtual no quiere decir que estemos ante el abismo, sino todo lo contrario”.
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¿Cuántos libros lees al año?

lector compulsivo
Este artículo estupendo de Michael Bourne en The Millions me ha alegrado el día. Es imperdible. Comenta que su promedio de lectura es de 60 libros al año (antes de que naciera su hijo era de 70), y que lo ha mantenido alrededor de 12 años, aunque en el 2012 solo alcanzó la cifra de 56 libros. ¿Alguna vez se han puesto a pensar cuántos libros leen uds. al año? Yo me imagino que mi cifra es parecida a la de Bourne (lo que implica un libro y un poco más a la semana), aunque hay años mejores (el 2013 empezó estupendo). Lo mejor del texto de Bourne es su obsesión lectora, que comparto, esa carrera contra nadie por ver cuántas páginas leyó al día o en una hora, y meter en una caja los libros leídos durante el año. Una competencia contra nadie, contra sí mismo. La confesión de un compulsivo (sería bueno leer cuántos libros lee Martín Kohan, otro compulsivo).
Aquí fragmentos del artículo (en inglés):
This past year I read 56 books. That’s slightly off the pace of 60 books a year that I’ve set over the previous 12 years, but then I did read a lot of very long history books this year — yes, I’m looking at you, Robert Caro – and my wife and I did make a very time-consuming move to Canada late in the year. Or at least that’s what I’m telling myself. Maybe the real answer is that I’m just getting tired of trying to read so damn many books.
I know how many books I read because I’ve kept a list of every book I’ve finished since January 1, 2000. As of today, my total for books read in the new millennium stands at 776, of which 368 were fiction or poetry and 408 were nonfiction or memoir. Just less than 30 percent of those books, a total of 229, were written by women. At one point, I tried to keep track of how many of the authors I read were non-white, but the racial demarcations became so tangled — what to make of Bliss Broyard, a white writer who wrote a book about her father, Anatole, who concealed his (nearly invisible) African-American heritage until his death? — that I gave up.
As you can see, I’m a wee bit obsessive about my book lists. I’m deeply competitive, too. Because books are long, and because, in addition to holding down a number of teaching and freelance-writing gigs, I am also the primary caregiver for our six year old, my reading time is limited, which means I have to pace myself. I long ago figured out that to reach my goal of reading 60 books a year, I needed to average five books a month, or a little more than a book a week. For years now, reading has been something like training for a marathon. I keep mental tallies of how many pages I’ve read per night, and how many more pages I need to read in the next few days to keep to my average. In 2011, after years of hovering in the mid-50s, when my annual average hit precisely 60 — that is, 720 books read over 12 years — I did a private victory lap.
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Dardos argentinos

A principios de noviembre, Martín Kohan escribe una columna en el diario “Perfil” donde arremete contra Ernesto Sábato y habla muy bien de su figura opuesta, Witold Gombrowicz, a quien Sabato presentó en sociedad con un prólogo firmado. Dice Kohan:
Gombrowicz, el prologado de Sabato, se ocupó mayormente de incordiar en el campito intelectual argentino, detectando y contrarrestando la media de sus lugares comunes (por empezar, su europeísmo, pero también el europeísmo de Europa). Ernesto Sabato, su prologuista, tendió a mostrar en su vida un carácter más bien opuesto. Su talento consistió en percibir, podría decirse que sin falla alguna, para dónde soplaba el viento en cada caso, para volar justo en esa dirección.
Esa astucia, la de los aladeltistas, le permitió maniobrar con apariencia de altura y a la vez de profundidad; también le permitió no caer, o caer siempre parado. Existencialista a la manera de Sartre cuando soplaban los vientos del existencialismo, como en El túnel; humanista antitecnológico a la manera de Marcuse cuando soplaban los vientos del humanismo antitecnológico, como en Hombres y engranajes; autoayudante new age a la manera de Osho al soplar los vientos de la autoayuda new age, como en La resistencia. Sentado a conversar con Borges en 1974, a instancias de Orlando Barone, la jugó de escritor comprometido y reprochó al impasible Borges su escapismo negligente. No obstante, apenas dos años después, iba con Borges a almorzar con el presidente Videla, a quien halló caballero y culto (el propio Videla acaba de brindar su propia versión de aquel encuentro; dice que Borges y Sabato conversaron entre ellos durante la comida entera, que no sabe en base a qué coligieron su cultura).
Casi un mes después, Juan Terranova replica a Martín Kohan por sus ataques descalificadores contra Sabato y, sobre todo, por considerar que el "académico" Kohan no debería elogiar al marginal Witold Gombrowicz porque eso constituye un acto de incoherencia o esnobismo intelectual. Dice Terranova:
Me tienta cambiar el nombre propio “Sabato” por el de “Kohan” en el texto –estamos hablando de “poner la firma”– y ver que sucede. Pero sería crear algo desajustado, torpe, inexacto. ¿Por qué? Porque Sabato estuvo en lugares a los que Kohan, limitado por sus fobias y su encierro, jamás accedió ni accederá.
Cambio entonces la dicotomía. Me cuesta pensar en alguien más opuesto a Gombrowicz, “el aristócrata pederasta”, que Kohan, el abnegado docente que siempre estuvo donde le dijeron que tenía que estar, que hizo todo el recorrido –a veces feliz, a veces oprobioso– del pequeño y mediano intelectual argentino, con maneras que recuerdan casi a un empresita familiar. Deslizo un punteo rápido. Licenciatura en Letras, primeras novelitas y cuentos con guiños a la universidad y a su autores faros, ayudantías mal pagas en cátedras mediopelo, articulismo quejoso por aquí y por allá, elaborados comentarios deportivos, doctorado, concursos, otras novelas, docencia, algún gesto de nobleza (pocos), mucho lameculismo, un notable abuso de los tópicos consensuados de la dictadura, adoración más o menos ritual de la figura del desparecido, una bien ganada fama de excelente docente universitario, poca polémica o roce con sus colegas, algún libro de ensayos bien hecho (aunque sobre temas y autores trillados), y finalmente el premio Herralde, que seguramente sorprendió al mismo Kohan y derivó en un asiduo comercio con el mercado español, sus necesidades y sus beneficios. (…) Kohan se mostró siempre como el intelectual asimilado y sobre todo educado, que prefiere “el pensamiento” y “la inteligencia” sobre cualquier otra cosa. Jugando sobre seguro, jamás levantó la voz en ningún lado para enunciar nada. Y nada de Gombrowicz encuentro en su pulcra narrativa de universitario porteño, en sus aspiraciones estéticas y políticas. No se me ocurre hoy, ahora, un novelista menos corrosivo y amenazador, un articulista más intrascendente que Kohan (….)
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La primera vez

Foto: Joel Robinson
Leila Guerrero ha escrito un excelente artículo para “El País” donde comenta la primera vez de muchos autores, qué tan difícil les fue publicar entonces. Aparece Santiago Roncagliolo, Lolita Bosch, Daniel Alarcón, Pedro Mairal, Marcelo Figueiras, Martín Kohan, Juan Pablo Villalobos, Rafael Gumucio. Para ninguno fue fácil. Y aún ahora, estoy seguro, tampoco lo es.
Aquí algunas de las historias:
Lolita Bosch, en cambio, tenía un plan. Ella, catalana y residente en México desde los 18, decidió que iba a publicar solo cuando tuviera 35 años.
—Un año antes de cumplir los 35 fui a una librería y anoté nombres de editoriales. Envié cinco novelas para adultos, una novela para niños, y empecé a recibir rechazos de todas. Debo tener 50. Pero yo pensaba que era un proceso natural. Un día supe que un editor, Constantino Bértolo, estaba al frente de un sello llamado Caballo de Troya. Lo llamé, pero me decían: “No se puede poner”. Entonces llamé y dije: “Le hablo de parte de la agencia Balcells”. Y se puso. Le dije: “Mira, no te llamo de la agencia Balcells. Soy Lolita Bosch y tengo cuatro novelas”. Se las envié y doce horas más tarde me escribió diciendo que se había enamorado de tres. Y publiqué Tres historias europeas en 2005. No me cambió a mí, pero sí a mi entorno. Para empezar, todo el mundo deja de preguntarte de qué vas a vivir.
Después de haber enviado una novela a catorce editoriales de cuatro países, y haber recibido el rechazo de todas, el peruano Santiago Roncagliolo, autor de Abril Rojo, se fue a España para intentar ser un escritor profesional. Allí supo que Ediciones del Bronce había iniciado una colección de libros sobre ríos y presentó una propuesta —el Amazonas— que fue aceptada. Pero él nunca había estado ahí, de modo que se encerró durante tres meses a leer todo lo que se hubiera publicado sobre el asunto y a fingir que estaba en Brasil.
—El libro se llamó El príncipe de los caimanes y salió en 2002. Un año después me llegó una carta de la editorial, preguntando si quería una caja con ejemplares, porque los iban a destruir. Pero yo sentía que había cumplido. “He publicado un libro en España. Si todo sale mal puedo volverme a Perú y trabajar como empleado bancario”.
(…)
El argentino Marcelo Figueras, autor de Kamchatka, era un periodista joven cuando, en 1992, publicó El muchacho peronista, en Planeta.
—Todas las críticas fueron más o menos buenas, excepto la de Clarín. Era atroz. Mi siguiente novela, El espía del tiempo, es de 2002. Diez años me duró el trauma. Pero pensar que cuando publicás un primer libro te transformás en escritor es lo mismo que pensar que cuando sos padre por primera vez te transformás en padre. Es algo que vas a tener que demostrarte a vos mismo todos los días.
El chileno Rafael Gumucio, autor deLa deuda, era, en los años noventa, un joven inédito pero conocido (asistía al taller de Antonio Skármeta, del que salió un grupo de talentos magnéticos), cuyo primer libro se esperaba con ansias. En 1995, cuando tenía 25 años, entregó sus relatos a Planeta.
—Se llamaba Invierno en la torre y El Mercurio publicó una reseña que se llamaba “A patadas con las palabras” y decía que la condena para el autor era pasar cinco años y un día sin escribir. En un programa de televisión donde había críticos y escritores preguntaron: “¿Cuál es el peor escritor de Chile?”, y una señorita dijo “Rafael Gumucio”. Me quedé bloqueado por años, hasta que escribí Memorias prematuras, en 1999, y dije, bueno, si está mal, es el final de todo. Pero hubo críticas halagüeñas y ahí empezó mi carrera real.
El chileno Alberto Fuguet, autor de Missing, consiguió su primer contrato porque Antonio Skármeta, a cuyo taller asistía, le habló con admiración de un texto suyo a un editor de Planeta.
—El editor me citó en un café y me hizo firmar un contrato en una servilleta. Fue como existir antes de existir. Tardé tanto en escribir esa novela que antes publiqué un libro de cuentos, Sobredosis, en 1990. Es superimportante cómo se lanza un escritor y en ese sentido yo siento que sobreviví a pesar de todo. La fiesta de lanzamiento se hizo en una discoteca, con cocaína, con actrices. La crítica que salió en El Mercurio fue atroz, pero el libro se agotó en cuatro días. Si bien me dolía no ser aceptado, tampoco me interesó porque yo quería ser director de cine. Y entonces me envalentonaba, y pensaba: “¿Quieren pelear? Vamos a pelear”.
Si Daniel Alarcón, nacido en Perú y criado en Alabama, no hubiera recibido una beca del programa de escritura creativa de Columbia y no hubiera tenido como profesor a un editor de la revista Harper’s y si ese editor no hubiera mostrado interés por sus textos y no le hubiera dado la tarjeta de Eric Simonoff, un agente literario, y si Simonoff no hubiera firmado contrato con él y si el editor del New Yorker no se hubiera retirado dando así lugar a que la editora que lo continuó quisiera dedicar un número a nuevos escritores, y si Simonoff no le hubiera hecho llegar a esa editora un relato de Alarcón y si esa editora no lo hubiera publicado, ese relato no hubiera despertado, como despertó, el interés de tantas editoriales y es probable que su primer libro, Guerra a la luz de las velas jamás se hubiera editado en Harper Collins en 2007.
(…)
Para el escritor argentino Martín Kohan, autor de Bahía Blanca, la primera publicación fue consecuencia de una paradoja blindada.
—La condición que me ponían las editoriales grandes para publicar un primer libro era tener ya publicado un primer libro. Había un grupo de escritores que estaban formando una editorial, y me acerqué. En 1993 salió La pérdida de Laura, en Tantalia. A la novela le fue bien, tuvo buenos comentarios, y entonces fui a Sudamericana. Yo había cumplido mi parte. Ahora quería que el sistema editorial cumpliera con la suya. Y en efecto, me publicaron mi segundo libro. Yo creo que el primero me abrió una posibilidad de publicación. Hasta ese momento me parecía imposible que alguien pudiera editar un libro mío.
Lo primero que publicó el argentino Pedro Mairal fue un libro de poemas, en 1996, y, si se comparan la discreta repercusión y los delicados comentarios que recibió ese libro con los de su primera novela, el resultado es porno duro.
—Yo había escrito Una noche con Sabrina Love, y un día un amigo me pasó las bases del Premio Clarín y la mandé. La novela ganó el premio en 1998. Se vendieron 20 mil ejemplares, estaba en las librerías, en los kioscos. Me reconocían los taxistas. Fue arrasador. Era una máquina de mercadeo puesta al servicio del libro, pero una máquina. Sentí que tenía que recuperar el silencio, hacerme invisible. Como si todo eso me quedara grande. Así que estuve cinco años sin publicar. Pero creo que el primer libro es importante, porque empieza a quedar claro un rol que era confuso: antes la gente se preguntaba, “¿y este qué hace?”. Después, sos el que hace libros.
(…)
El mexicano Juan Pablo Villalobos trabajaba en Barcelona en una empresa de comercio electrónico. Después de que en México le rechazaran unos cuentos, escribió una novela que fue rechazada en tres editoriales de México y de España. Un día, mirando las novedades de Anagrama en la web, vio que estaba abierta la convocatoria al premio Herralde.
—La mandé pero asumí que no iba a ir a ningún lado. Cuatro meses después Herralde me mandó un mail diciendo que quería hablar conmigo.
El día de la cita, Villalobos se sentó a esperar en la recepción de Anagrama, entre las fotos de Vila-Matas, Paul Auster, Sergio Pitol.
—Pensaba, “joder, es como el peso de la tradición literaria”. Ese día Herralde me dijo: “Si yo fuera un editor serio no te publicaría, porque nadie te conoce, pero la novela me gustó”. Cuando publicaron Fiesta en la madriguera yo me seguí sintiendo tan escritor como antes, pero la mirada de los otros cambia. El libro te legitima.
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Una herida argentina que sangra

carátula de la novela
Acabo de terminar de leer La misma noche de Leopoldo Brizuela, ganadora del premio Alfaguara de Novela 2012, y no puedo dejar de relacionarla con la enorme cantidad de novelas -algunas de manera elíptica, como Ciencias morales de Martin Kohan, y otras de manera concreta, como la de Brizuela- que tratan de reconstruir los años de la dictadura argentina. Y al parecer, el chorro no cesa (espero que no termine en hemorragia, como sucedió con la guerra civil española). Leo en Revista Ñ la reseña de Susana Rosano a un libro llamado Asfixia de Elisa Bellmann, editado por Homo Sapiens.
Un médico psiquiatra a poco de jubilarse y su paciente, una mujer distante, un poco huidiza. Una novela que comienza planteando un enigma donde la identidad es una pregunta a resolver, una herida que sangra y una serie de acontecimientos que rápidamente se enredan con el pasado. El que tiene la paciente y también el que compartimos los lectores de este melancólico relato. Y en este sentido, el título de la primera obra de Elisa Bellmann, Asfixia se puede leer claramente como una metáfora de nuestra historia reciente. A quien se está asfixiando se le cierran los pulmones, el oxígeno deja de llegar a su cuerpo. Y aunque tenga la suerte de no morir, después de sentir asfixia nadie volverá a ser el mismo: el ahogo lo acompañará para siempre, como memoria del alma. Se trata de un trauma, de muertes que incomodan, de un dolor que no cesa.
“El día de la tercera entrevista había una contradicción en su apariencia. Un agobio añejo era tan visible en la curva de la espalda. Tal vez no podía hacer nada más para ocultar su dolor y le asomaba, sin autorización, una infinita tristeza”. El diagnóstico da cuenta de la extraña relación que se establece entre el psiquiatra y esta mujer que llega intempestivamente a su consultorio, ubicado en una ciudad del interior del país, un viernes a última hora, con la sola intención de que le permitan hablar. La mujer fuma y fuma, enigmática, distante, mientras relata su historia personal donde hay una madre muda y muerta, una hermana gemela asesinada durante la dictadura y un padre comisario obstinado en perseguir al novio de la gemela, militante político.
El psiquiatra es un hombre grande, viudo, cansado. Tuvo un pasado de éxito profesional, dictó conferencias, viajó y participó de congresos. Defendió incluso una teoría donde rechazaba la inimputabilidad. Al inimputable, pensaba el doctor, no se lo condena pero se le impide la posibilidad de purgar su culpa, de librarse del tormento de la culpa. Pero la mujer no siente culpa; enfrenta al psiquiatra desde una máscara y una vida de hierro. El pasado, parece decir, ya no le importa, puede controlarlo. Supo construir una vida afuera, en España, con hijos, marido y profesión. El pasado no le importa. Sólo quiere, y paga por ello, tan sólo poder hablar.
Pero el pasado siempre vuelve, sobre todo cuando no se logra comprender. Vuelve como memoria o como pesadilla, como deseo o trauma, como amenaza o ilusión. Sólo se trata de reconstruirlo desde la memoria y acomodar cada pieza como en un rompecabezas. “No hay olvido mejor olvidado que el de los memoriosos, pues siempre es selectivo, obstinado y autoritario”, dice la novela. “Tú no puedes volver atrás/porque la vida ya te empuja/como un aullido interminable, interminable”, replica el poema de Juan Goytisolo. En esa tensión entre un pasado que acecha y la vida que siempre insiste se puede leer la impecable novela de Elisa Bellmann.
También pueden leer la novela en Página12 a cargo de Beatriz Vignoli.
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Argentina en la FIL Lima 2012

Félix Bruzzone
Poco a poco vamos conociendo los nombres de los autores internacionales que vendrán a la FIL Lima 2012. Primero, tenemos la delegación argentina que vendrá como País Invitado de Honor. A los nombres expuestos en esta nota, agregó el del estupendo narrador argentino Félix Bruzzone, autor de Los topos (elegida como una de las mejores obras de ficción publicadas en Argentina en la primera década del siglo XXI) y Barrefondo (ambas por Mondadori).
Dice la nota:
Desde hace 17 años la Feria del Libro se realiza ininterrumpidamente en Lima, siempre con un país invitado cuyos principales escritores visitan en intercambio cultural a nuestras plumas locales y otros internacionales, gestores y agentes editoriales.
Este año, el país invitado de honor es Argentina, y la Cámara peruana del libro asegura la presencia de los escritores Claudia Piñeiro, quien participó de la misma feria en el 2006 con el libro Las viudas de los jueves; Guillermo Martínez, best seller argentino de policiales; Juan Sasturain, quien además de escribir conduce el sintonizado programa cultural Ver Para Leer; Martín Kohan, ganador del premio Herralde de novela por Ciencias morales; y Diana Bellesi, una de las más valoradas representantes de la poesía argentina posterior a la dictadura militar de Jorge Videla.
Así mismo se presenta un ciclo de cine vinculado a lo mejor de la literatura argentina. Serán 15 títulos entre los que destaca la ganadora del Óscar El secreto de sus ojos y los documentales de Tristán Bauer sobre Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.
La feria empieza este 19 de julio y va hasta el 1 de agosto en el Parque de los Próceres de Jesús María (cuadra 17 de la Av. Salaverry).
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El fracaso amoroso

Kohan, García Lao, Mariasch y Garcés.
¿Puede una ruptura sentimental ser pretexto o fuente para la escritura? Obvio. El que diga que no, que lance la primera piedra. Más difícil, creo, es que el amor te conduzca a escribir. Esos son los raros. En fin, es mi opinión. La Revista Ñ reunió a cuatro escritores argentinos: Martín Kohan, Marina Mariasch, Gonzalo Garcés y Fernanda García Lao para que opinen al respecto, dado que sus últimos libros tienen el denominador común del fracaso amoroso.
Aquí la síntesis del encuentro por Marcela Mazzei en Revista Ñ:
De un salto subió al escenario Gonzalo Garcés, el último en llegar a la mesa “¿Dónde está el amor en la literatura argentina?”, auspiciada por la revista Ñ. Allí sentados lo esperaban Martín Kohan, Marina Mariasch y Fernanda García Lao, todos con diferentes versiones del fracaso amoroso en sus novelas recientes. Entonces, ¿se puede escribir desde la felicidad del amor? “Es volátil y sí está bueno encontrar y poder narrar esa comunión de la pareja como un refugio contra la hostilidad del mundo”, aseguró Mariasch que en El matrimonio relata el hastío de la vida conyugal, que también es “una casa con muchas puertas y ventanas: posibilidad de fuga”. Garcés, autor de El miedo –un intento de entender una ruptura amorosa– compartió la idea de refugio cuando dijo que “el amor es un lugar habitable, que genera confianza”. Kohan –autor de Bahía Blanca , una historia de desamor–, declaró un rotundo desacuerdo: “Me estremeció lo de la casa, porque las casas no me gustan pero el amor sí, me enamoro todo el tiempo y me resulta inadmisible, intolerable e insoportable que una mujer me haya querido y ya no. En ese estado escribí la novela”, confesó el “monogámico serial” que encontró en Manuel Puig la mejor resolución para el registro de lo cursi y en Onetti el lenguaje y la intensidad del amor. En otro lugar, García Lao sentenció: “Escucho a los deformes: me interesa indagar estados inesperados y no construir algo creíble”. La autora de Vagabundas –novela sobre el abandono–, con risa nerviosa se distanció con una división clara entre vida y literatura: “No deseo lo mismo para mí que para mis personajes, no me expongo a eso”.
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Kohan reseñado

Martín Kohan
¿Es Bahía Blanca un lugar mufa o no? ¿Se aburre uno ahí o no? Mientras en el blog de Eterna Cadencia se discute el tema con ardor (aquí el texto de Ignacio Molina, y aquí la respuesta de Kohan), la novela de Martín Kohan Bahía blanca (Anagrama) me sigue pareciendo una obra estupenda, la mejor que le he leído a Kohan hasta el momento. En el suplemento “Radar Libros” de Página12 Fernando Bogado hace una reseña.
Dice:
Burgués y neurótico, se ha demostrado, suelen ser sinónimos. Lo primero es una categoría histórica, de clase, social; lo segundo, una psicoanalítica, pero ha sido un gesto poco elegante de la historia el de plantear una diferencia en dos espacios absolutamente iguales, complementarios, hermanados. El burgués y el neurótico comparten un extraño capital común: el del secreto. Si bien la primera clasificación puede resultar exagerada y tendenciosa, la segunda no lo es para nada si la usamos con el fin de caracterizar a Mario Novoa, protagonista de la última novela de Martín Kohan, Bahía Blanca, antes que una novela de amor, antes que un policial, una novela de secretos y obsesiones.
Los secretos más oscuros no se cuentan: por más paradójico que suene, es en Bahía Blanca en donde esta verdad se hace patente cuando Novoa, recién llegado, se pone a deambular por la ciudad buscando evadirse, perder concentración, dejar de obsesionarse. Sabemos que lleva un bolso de mano con poca ropa, que mintió a las autoridades académicas de turno para poder “trasladar” su investigación a Bahía Blanca por su necesidad de escrutar la figura de Martínez Estrada (autor del que el protagonista confiesa no haber leído nada, pero del que admira su capacidad para cambiar de tema de libro a libro), y sabemos, por sobre todo, que aquel bolso contiene un objeto, una billetera, para ser más específicos, que perturba la conciencia del narrador (claro, la mejor forma de desplegar un repertorio de insistencias es utilizar la primera persona, un diario íntimo).
(…)
Martín Kohan (1967) ha sabido retratar las obsesiones de una manera notable: en Dos veces junio se intercalaban fragmentos que ahondaban en diferentes variables numéricas o meros datos de los jugadores de la Selección Nacional del ‘78 –de qué equipo provenían, cuánto medían, etc.–; mientras que en Ciencias morales había, en la mirada de María Teresa, preceptora del Nacional Buenos Aires que acecha la aparición de un comportamiento extraño en los baños del colegio, un notable grado de obsesión, de interés por el registro punitivo. La prosa fragmentaria del escritor es, en Bahía Blanca, sobre todo, lo que siempre ha sido: una colección, una suma catalogada. Mientras que en Dos veces junio eso funcionaba a la perfección y hacían a la médula de lo que se quería contar –se registra para no ver lo que pasa–, en la presente novela el procedimiento no funciona tan bien por quedar demasiado evidente; es más, Novoa no hace otra cosa que encarnar a La Obsesión en tanto verdadero personaje: alguien que anota mentalmente los colectivos que pasan por determinadas calles, que sigue a esas mismas calles en un mapa imaginario, que retiene las maniobras de los automovilistas y todo eso en la mitad de una conversación casi a las apuradas con otra persona; es la obsesión misma, el registro por el registro sin fin aparente.
La novela se alimenta del título de “mufa” de la ciudad (cruel mitología geográfica) para después hacer partir de allí una historia: como el mismo Kohan declaró en una reciente entrevista a La Voz del Interior, la novela parte del interés por Bahía Blanca como ciudad: ¿qué historia se puede contar en estos pagos? De allí la importancia de las referencias a las calles principales, la visita a Ingeniero White y al “piringundín” de Black Cat (otra crueldad: la de los nombres), insistencia que, sin la aparición de Sidi, ese pedazo de pasado flotante que invita a una terrible confesión (dijimos que los secretos oscuros no se cuentan, pero reformulemos: se cuentan, específicamente, una vez y para siempre), no sería otra cosa que la exploración de una ciudad antes que el drama interior de un personaje neurótico y obsesivo.
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“Dile que la espero”

Martín Kohan
Simpáticas las respuestas de Martín Kohan, autor de la reciente Bahía Blanca (una novela extraordinaria, quizá su mejor novela) para el ADN cuestionario.
Dice:
¿De qué se enorgullece?
De mi hijo, por la parte que me toque. De haberle salvado la vida a mi papá cuando yo tenía diecinueve años. De haberme negado a hacer el bar mitzvah poco antes de cumplir trece.
¿De qué se arrepiente?
De haber ido a Plaza de Mayo a presionar a Alexander Haig en 1982. De haber ido a Plaza de Mayo a “defender la democracia” en 1987.
¿Qué le diría hoy a su primer amor?
Que la espero.
¿En qué lugar fue más feliz?
En La Serranita, Córdoba, el lugar de las vacaciones de mi infancia: la última vez que tuve todo.
¿Con qué personaje, vivo o muerto, le gustaría almorzar a solas?
Con mi primer amor.
¿Qué hace con unos pesos que le sobran?
Los guardo bajo siete llaves. Los olvido de inmediato.
¿Con qué sueña más a menudo?
Sueño que subo en un ascensor en un edificio que tiene diez pisos. Pero el ascensor llega al piso diez y sigue subiendo. Soñar con un ascensor que se cae me parece menos terrible, y nunca me pasó.
¿Cuáles son los tres libros que más ama?
En este momento, Glosa , de Juan José Saer; Infancia en Berlín hacia 1900 , de Walter Benjamin, y Manifiesto comunista , de Marx y Engels.
¿Qué música y qué músicos prefiere?
Spinetta, Aníbal Troilo, Gustav Mahler, Duke Ellington.
¿Cuál es el personaje de ficción que más le gusta?
Emma Zunz: el drama del equilibrio entre especular y obrar.
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Novedades de invierno en España

Juan José Saer regresa a las librerías españolas
En un post de Javier Rodríguez Marcos, en su blog Letra pequeña, leo con envidia la lista de libros de enero que tiene por leer (algunos ya leídos). Son las novedades de invierno que suelen ser olvidadas, al fin de año, por las listas de los mejores libros del año. Por eso vale la pena resaltarlas ahora. Hay de todo, desde el colombiano Tomás González hasta Erri de Luca, ahora en Seix Barral. Y la estupenda noticia del retorno del genial Juan José Saer a España.
Como el blogger invita a los lectores a añadir a esa lista los libros que van apareciendo, yo agrego uno que me fascina: Bahía blanca (Anagrama) de Martín Kohan. Lo mejor que le he leído a Kohan, y eso que he leído casi todo de él.
Dice el blog:
Tomás González. Dicen que es uno de los secretos mejores guardados de la literatura colombiana, pero parece una manera diplomática de no afear la miopía al resto de los hispanohablantes. En España Alfaguara publicará en breve La luz difícil, la historia de un pintor que recuerda la noche en que su hijo de 28 años, enfermo, viajó a Portland para que le aplicaran legalmente la eutanasia. ¿Cómo se cuenta algo así? De eso trata también el libro.
Erri de Luca. Otro de los grandes que escribe sin hacer ruido. Y otro nómada editorial: Akal, Siruela, Abada, Sígueme… Seix Barral ahora. Bueno, en marzo. En Los peces no cierran los ojos (traducción de Carlos Gumpert) De Luca se acerca otra vez a Nápoles para contar una historia de madurez e infancia. Como siempre, con las palabras estrictamente necesarias. 128 páginas.
Juan José Saer. Murió en 2005 y el palmarés del premio Cervantes llevará para siempre un hueco con su nombre. Pese a ganar en 1986 el Nadal, el escritor argentino, uno de los grandes del siglo XX, nunca ha tenido demasiada continuidad editorial en España. En marzo El Aleph publicará dos volúmenes: sus cuentos completos por un lado; sus tres primeras novelas por otro. Con prólogo de Ricardo Piglia. Mientras llegan, pueden hacerse con El entenado, una obra maestra. Incluso en enero.
Álvaro Pombo. Hablando del Nadal: el de este año, El temblor del héroe. Destino lo publica la semana que viene, el día 2. Pombo, senador honorario, es tal vez el único novelista (y poeta) capaz de escribir “Con Franco se yuguló el acontecer” y quedarse tan pancho. El temblor… es un triángulo de influencias y dependencias en el que conviven el latín y Twitter, la narrativa y la filosofía. Todavía estamos en estado de shock, sin saber qué pensar.
El origen del narrador. Las actas completas de los juicios a Flaubert (por Madame Bovary) y a Baudelaire (por Las flores del mal), traducidas por Luciana Bata, suponen el desembarco en España de Mardulce, la nueva editorial argentina dirigida por el escritor Damián Tabarovsky, que antes ejerció en Interzona. Imposible no pensar en Ernest Pinard, acusador de Flaubert, como en uno de sus más incisivos lectores. Muchas ediciones francesas recogen su perorata junto a la novela.
Lazarillo de Tormes. Ah, esta la hemos leído todos. Sí, pero la edición que Francisco Rico publica en la colección de clásicos de la RAE, que dirige él mismo, es otra cosa. Es la tercera vez que Rico edita el texto inaugural de la novela realista europea y junto al texto, pulquérrimo, va esta vez todo lo que cabía esperar, incluida la polémica sobre el nombre del posible autor. “Auténtico como un billete falso”, dice F. R., el Lazarillo es más que anónimo, apócrifo. Y lo explica en castellano neto.
POR LEER. Son demasiados para un invierno corto: La civilización del espectáculo (Alfaguara en abril ya), el ensayo de Vargas Llosa cuya redacción interrumpió el Nobel. Del libro sabemos lo que él contó aquellos días y lo que Babelia publicó en su número 1.000. ¿Situacionismo por otros medios? / Ifigenia en Forest Hills (Debate), la anatomía de un homicidio, dicen, contada por Janet Malcolm. La J. y la M. sirven de garantía. /Nietzsche (Sexto Piso), la biografía del filósofo en versión novela (?) gráfica y escrita por Michel Onfray, el último camusiano. / También la novela de Martín Garzo sobre la Virgen María –Y que se duerma el mar, en Lumen-; la novela en la que César Aira propone clonar a Carlos Fuentes –El congreso de literatura- y la que Félix Romeo (en la foto de arriba) dejó al morir en octubre pasado –Noche de los enamorados- (ambas en Mondadori).
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Kohan no ha leído lo suficiente (¡?)

Esta es la foto que remeció a Martín Kohan. Crédito: El País
En estos momentos estoy leyendo (gracias a un regalo desde Madrid la semana pasada) Bahía blanca, la nueva y extraordinaria novela de Martín Kohan editada por Anagrama. Conozco a Martín desde hace años y si hay algo que sé de él es que es un lector empedernido. Uno de esos que no solo prefiere leer en su cuarto de hotel en los encuentros de escritores, sino que incluso tiene una teoría según la cual pierde mucho tiempo en ascensores y, por eso, lee también ahí.
Pero una foto y una nota en Clarín han deprimido a Kohan, quien ahora ha llegado a la conclusión de que no ha leído lo suficiente en el blog de Eterna Cadencia. Insólito.
Dice la nota:
Las noticias de Clarín me dejan triste a menudo. El lunes pasado volvió a ocurrirme. En portada constaba este anuncio: “Los chicos que leen también mejoran en Matemática”. Y en la nota respectiva, tan pronto como en la página tres, bajo la fotografía a todo color de un adolescente leyendo en la playa con el que, excepto por su camiseta de Estudiantes de La Plata, podría yo perfectamente identificarme, se ofrecía, entre otros, este argumento: que una investigación de la Universidad de Oxford demostró que “los lectores habían llegado a ocupar mejores puestos en empresas que aquellos para los que la lectura no había sido una prioridad”.
Yo no trabajo en empresas, trabajo en una universidad. Pero ahí, lejos de haber alcanzado los “mejores puestos”, he visto a mi remuneración estancarse en un mismo y modesto cargo desde el año 1991. En cuanto a la matemática, sumo y resto con fluidez, casi sin usar los dedos; y puedo multiplicar o dividir con coma, siempre y cuando me den un tiempo y un lápiz. Pero eso sí: ante ecuaciones de doble incógnita, por ejemplo, me trabo indefectiblemente, me bloqueo y me quedo pasmado, a veces no sé ni empezar.
La conclusión es clara, es simple, es angustiante: no he leído lo suficiente. Me recuerdo cuando chico, hace más de treinta años, y si bien tengo la impresión de no haber hecho casi otra cosa, según parece debo rendirme a la evidencia de que con algo me distraje, en algo me dispersé, fallé con mis prioridades, me faltó hacer más lecturas. Clarín dice, y en un título, que “los chicos que leen en su tiempo libre rinden más”; y certifica así el éxito en la vida de aquellos que leen en sus “ratos de ocio”. Pues bien, lo que a mí llegó a pasarme es justamente lo contrario: me quedé sin tiempo libre, carezco de ratos de ocio, y eso fue por la lectura justamente. Sé que a otros no les sucede lo mismo. Sé que a otros, los que trabajan de otra cosa y no de leer, la vida se les divide en dos: la parte del ocio y la parte del negocio, la parte de la lectura y la parte de las obligaciones; y esperan sufrientes la llegada de la noche, o de los fines de semana, o mejor aun de las vacaciones, para poder dedicarse a los libros. Mis noches, en cambio, se parecen a las mañanas y a las tardes; mis fines de semana se parecen a la semana; mis vacaciones se parecen al resto del año. Mi ocio es mi negocio: ese tiempo me lo pagan; leo en mis tiempos libres al igual que en mis tiempos cautivos, como si todo mi tiempo fuese libre, o porque todo mi tiempo ha quedado cautivo.
Vuelvo a la foto del lector de playa que ocupa media página en el Clarín del lunes. ¿No podría acaso ser yo? ¿Una estampa de mi propia adolescencia? Lejos del mar, de la arena, del bullicio de los otros, con la remera puesta a pesar del cielo celeste, echado y con un libro abierto. Mis padres se preocupaban por mí. Sufrían terriblemente. Le buscaban soluciones a mi vida. Se hacían preguntas el uno al otro.
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Ignacio Padilla y los Papyrus Extra

Los Papyrus Extra
Estoy agradecido con Andrés Hax por no hacerle una nota común y corriente a Ignacio Padilla, sino por ingresar en lo profundo de su “cocina literaria” y hablarnos de su obsesión por un tipo de cuaderno en especial (Payrus Extra) que se fabricaban en España, que ya no hay más y que, al parecer, como cuando se murió el tío Celedonio de Juan Rulfo, será la excusa de que el inagotable Padilla deje de escribir.
¿Por qué no se pasa a los Moleskine, digo yo? Ya sé que no están más de moda, que cualquiera los usa, que están out. Pero sirven.
En esta nota en Revista Ñ Ignacio Padilla y su extraña manía me recuerda al argentino Martín Kohan (aunque nunca alguien superará a Kohan en manías).
Dice la nota:
Ignacio Padilla esta jodido. Esta en problemas en serio. Es que dentro de poco va a tener que dejar de escribir. Y no es porque ya se ha ganado todos los premios imaginables desde el Juan Rulfo hasta La otra orilla (entre los más prestigiosos de la lengua hispana). Ni tampoco es porque se le ha terminado la inspiración. Nada de esto. Con Padilla estamos hablando de un tipo que escribe novelas para descansar de escribir cuentos. Escribe relatos periodísticos, cuentos, artículos académicos, ensayos. No. Su problema no es miedo a la página en blanco.
Es que el senior Padilla es un poco neurótico. Solo escribe –solo puede escribir en unos cuadernos particulares que se fabricaban en España. Si, leyeron bien. Ya no se fabrican más. Se llaman Papyrus Extra. Cada vez que su agente viaja a Europa le busca los cuadernos en librerías viejas, pero escasean. Además, en esos cuadernos se mezcla todo. Sus novelas con sus listas de compras, su agenda, sus cuentos, apuntes varios. Todo en una letra minúscula “de loco” a dos lados del papel en tinta púrpura.
Esto no es broma. Charlando con Padilla en un café en la esquina de Reconquista y Lavalle nos asegura que no es broma. Que como Rulfo que dejo de escribir cuando se murió su abuelo (“El que me contaba todos los cuentos”) cuando se terminan los cuadernos a Padilla – calcula que le quedan como para cuatro libros más- se terminó la obra.
Por supuesto que al principio no le creímos. Pero indagamos hasta el hartazgo del pobre narrador Mexicano y podemos reportar que parece que es sincero. No hay un Plan B elaborado. Mientras tanto esta nueva novela maravillosa que ganó el último Premio de Novela La otra orilla de la editorial Norma. Y es la última de verdad, porque Nora ha cerrado su división de literatura, incluyendo su prestigioso premio.
“¿Esta novela – El daño no es ayer- por ejemplo, cuantos Papyrus Extra le lleva?” le preguntamos a Padilla que fumaba feliz entre el mar de hombres de negocios y turistas de la peatonal Reconquista.
“Esa novela escrita a mano, todos los días, en un lapso de dos años, dos años y medio, más o menos en un cuaderno. Ósea cuatro borradores me entran en un cuaderno.”
Es que Padilla reescribe toda la novela antes de seguir para delante. Entonces, por ejemplo, si está en el párrafo 20 del primer capitulo y decide que tiene que revisar el capítulo 19. Reescribe todo los capítulos de 1 a 20 antes de seguir al 21.
A los quien les aburren estos detalles pueden Googelear “Ignacio Padilla” y van a encontrar decenas de notas comunes y corrientes. Nosotros nos quedamos morbosamente fascinados con los Papyrus Extra.
“¿Ósea estas completamente comprometido con todo lo que va antes? ¡Porque si no, es un lío enorme reescribir!” Le insistimos a Padilla. “¡Por qué no usas una computadora no más!”
“La computadora tienta mucho ser perezoso.” Nos explica. Si, al final pasa su libro a una computadora, pero no en el proceso de componer. “Tengo yo un problema de exceso de imaginación.” Dice Padilla, “Tengo una imaginación absolutamente desaforada que ha necesitado siempre de una camisa de fuerza lingüística muy estricta. Soy un obseso de la forma, porque la forma –el lenguaje- permite contener los desafueros de mi imaginación. La escritura a mano me permite ser-sobretodo si estoy conciente de que tengo que repetir el capitulo entero si pongo una palabra que no es correcta. En mis cuadernos no se tacha. Se reemprende la escritura.”
Sonría Padilla. Parece tranquilo. Pero se le viene el fin. Si alguien tiene un Papyrys Extra en algún cajón y le importa en futuro de un rinconcito de la literatura Mexicana, mándenselo a Padilla. En serio.
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El charco y la poza

Jorge Herralde, Andrés Neuman y Alan Pauls. Foto: Daniel Mordzinski
Es más fácil cruzar el charco, publicar en España y llegar a América Latina, que tratar de nadar en las aguas estancadas, esa poza, que es el circuito literario latinoamericano. Ese será el tema de la FIL Guadalajara de este año, con esa lista de los secretos mejor guardados de la literatura de sus países, que mencioné antes. Pocos autores que no han sido publicados en España pueden saltar de un país a otro, salvo a través del boca a boca y con libros traídos por amigos en maletas. Una realidad absolutamente cierta de la que un editor como Jorge Herralde, de viaje en Buenos Aires, es consciente y así lo declara para TELAM, además de anunciar, entre otras cosas, la reedición de la novela Bahía blanca Martín Kohan, el bestseller que significa El pasado de Alan Pauls y su fe en la literatura de Guadalupe Nettel, quien presenta a fines de octubre una nueva novela.
Dice la nota:
En el circuito de ventas editoriales “hay una complejidad que hace que España esté más conectado con Latinoamérica que los países latinoamericanos entre sí”, dice a Télam el director de Anagrama, la editorial independiente -así se lee en el sitio de Internet- que él creó en 1969.
“Creo que ahí persisten compartimentos estancos entre los diversos países que hacen difícil el intercambio editorial dentro del continente”, sostiene Herralde, de visita al país tras tres años de ausencia con la intensión de revisar las propuestas argentinas de cara a los lanzamientos de fin de año y 2012.
Este es uno de los motivos por los que “Historia del dinero”, novela inédita de Alan Pauls que completa una trilogía con “Historia del pelo” e “Historia del llanto”, se lanzará el año próximo en Argentina y España simultáneamente.
México es el único país latinoamericano postulado como posible candidato para recibir la nueva novela de Pauls en el continente, “pero todavía no se sabe”, aclara Herralde.
Esa realidad que describe Herralde será uno de los ejes de análisis de la 25 Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara que se celebrará en noviembre próximo en México.
Allí Anagrama desembarcará con publicaciones argentinas que además de un gran reconocimiento le significaron “un éxito de ventas” -señala el editor-, como “Blanco nocturno”, de Ricardo Piglia; y “Ciencias morales”, de Martín Kohan.
Para Herralde “no es una empresa fácil `aggiornar` el mercado editorial: vivimos la paradoja de que viajan más los escritores que los libros, con la cantidad de ferias, coloquios y encuentros que celebran por todas partes del mundo”, asevera.
De hecho los escritores que presentarán en Guadalajara pertenecen a la región. Estos son los mexicanos Juan Villoro y Guadalupe Nettel, “una de las grandes esperanzas de la literatura Latinoamericana”, según Herralde.
Además del venezolano Alberto Barrera Tyszka, autor de “La enfermedad” y “Rating”, “una novela sobre los culebrones que él mismo escribió para poder comer”, explica, que llegará a Argentina.
Kohan, Pauls y Piglia son algunos de los argentinos que el año próximo presentarán cuentos y novelas inéditas en el país de la mano de la editorial, que “está incrementando el número de libros impresos en Argentina y pretende mantener las quince novedades alcanzadas este año”, señala Herralde.
En este marco adelanta que, “Bahía blanca”, su “novela preferida de Kohan”, saldrá en enero próximo y a lo largo del año se editará el segundo tomo de las obras de Copi, (Raúl Damonte, Argentina 1909-1982), que tendrá tres títulos y empezará por “El baile de las locas”.
Pauls “es un auténtico `best seller`” de ese sello junto al estadounidense Paul Auster, el chileno Roberto Bolaño y el irlandés Mc Ewan, remarca Herralde. Su novela “El pasado” va por doceava edición anual.
En otro orden, Herralde consideró “difícil combinar el libro electrónico con el placer de la lectura. Pero como el futuro es tan mutante es muy arriesgado hacer pronósticos sobre la coexistencia entre la electrónica y el papel”, advierte.
En Europa el papel ocupa un 90 por ciento del mercado -asegura-, Anagrama se encuentra en la plataforma virtual Libranda (formada por grandes grupos y editoras independientes) pero de momento las ventas son escuálidas y reflejan mucho la lista de best sellers, Piglia entre ellos, y alguna rareza".
“Nuestra expectativa como editorial independiente es mantener nuestra participación en ese formato con la esperanza de tener la cintura suficiente como para acompañar los signos de los tiempos”, resume.
Aunque la definición de independiente “es complicada y discutible”, se corrige: “yo diría que las editoriales independientes que me gustan son aquellas que entre el binomio literatura y negocios ponen mucho más énfasis en la calidad literaria”.
“La independencia es muy relativa, me gusta más, casi, llamarla editorial vocacional: un emprendimiento cuyos puntos principales son la búsqueda de la excelencia, la curiosidad intelectual, el descubrimiento de nuevas voces y rescate de clásicos olvidados o inhallables editados de una forma bella y pura y promocionados apasionadamente”, concluye.
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Buenos Aires en París

Martín Kohan y Jacoba Casier (Foreign Rights Agencia Schavelzon) en el Salón del Libro de París. Foto Daniel Mordzinski
Es la primera vez que el Salón del Libro parisino recibe a una ciudad invitada y la elegida ha sido Buenos Aires. No hay que extrañarnos. Desde la omnipresencia de Borges hasta autores más jóvenes, sin duda los argentinos mantienen una posición expectante, especial, en la literatura francesa. Luego de su presencia en la Feria de Frankfurt, no quedan dudas de que la literatura argentina tiene ahora mismo un tacho de luz sobre su cabeza. Y seguro lo aprovechará. Un cable de AFP nos cuenta cómo fue la fiesta y la milonga en París.
Armados de libros, versos y cuentos, una veintena de escritores porteños conquistó a los lectores del Salón del Libro de París con la riqueza de una literatura en la que brillan la novela policial y la memoria dolorosa de la dictadura.
Esta es la primera vez que la feria parisina, que cerró sus puertas ayer tras recibir a unos 200 mil visitantes, celebró a una ciudad; y la elegida, Buenos Aires, dijo presente con la vitalidad y vigor de su literatura contemporánea, que comparte con la otra agasajada en esta feria –las letras escandinavas– una pasión por el género policial, que en otras literaturas ocupa un “papel marginal”.
Así lo recalcó Pablo de Santis, uno de los narradores argentinos invitados. “Géneros que son marginales en otras literaturas, como el policial, el fantástico, la ciencia ficción, son centrales en nuestra literatura. Por eso Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Bioy Casares, Silvina Ocampo, se ocuparon de ellos”, explicó.
Otro tema central en la literatura argentina es la memoria y las heridas de la dictadura, como quedó evidente en conferencias, charlas y mesas redondas desarrolladas a lo largo de cuatro días en la feria, donde la poeta Graciela Aráoz presentó “Palabra viva”, que reúne textos de 116 escritores desaparecidos y asesinados durante la dictadura.
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Libros y bibliotecas

Rincón de la biblioteca de Sábato
Una vez me mudé con una chica a un departamento más o menos pequeño. Cuando me vio empacando cajas de libros me preguntó dónde los llevaría. “Al departamento, claro” le dije. Y me miró con escándalo. Me hizo entender que no comprendía por qué si yo leía los libros de uno en uno, debía tener tantos libros en la casa. Como es lógico, no duró demasiado no la convivencia ni la relación.
Sobre libros y bibliotecas trata la nota central del último “Babelia” realizada por Leila Guerrero. Algunos comentarios son los siguientes:
La biblioteca como acumulación, como manía. La biblioteca como la primera de todas las pertenencias (se compran libros propios mucho antes de poder comprar la propia ropa), la biblioteca como cultivo, como cosecha, como carga. La biblioteca como pesadilla.
-Dije “mi biblioteca” la primera vez que tuve que mudarla -dice Alan Pauls-. El sentimiento: una mezcla de orgullo y de terror. Pensé: ¿cuántas veces en mi vida tendré que pasar por esto? Cada vez que tengo que mudar la biblioteca se me ocurre que es quizás lo único que podría hacerme dejar la literatura y cambiar de vida.
-Mudarse con los libros es una experiencia traumática -dice la escritora argentina Mariana Enríquez, autora de Los peligros de fumar en la cama (Emecé)-. Las empresas de mudanza obligan a poner los libros en canastos de mimbre gigantes. Yo suelo llenarlos hasta el tope y luego me piden que saque la mitad: en mi mente, los libros no pesan.
En un texto publicado en la revista española Eñe, que dedica una sección a que los escritores hablen de sus bibliotecas, Rodrigo Fresán relata el horror de mudar la suya. “Llego a mi casa y el pequeño ejército de mi mujer baja cajas del camión y las sube por una escalera y es como si yo contemplara el lento pero constante relleno de una pirámide: los tesoros de un faraón doméstico acumulados a lo largo de una vida”, escribe Fresán. “El peso del pasado de un escritor es, también, el peso de la biblioteca”.
La biblioteca como el rastro de una excentricidad, de una obsesión, de unos amores, de unos desamparos. La biblioteca como resguardo contra el olvido.
(…)
-¿Cuál es la peor pesadilla relacionada con su biblioteca, que lo aplaste, que se incendie?
-Todas esas y alguna otra -dice Rodrigo Fresán.
-Que no entre -dice Alan Pauls.
-Mi peor pesadilla es que me mencionen este horrible tema -dice el escritor colombiano Daniel Samper Pizano, autor de La mica del Titanic (Aguilar).
-Que se me caiga encima -dice Martín Kohan.
“He llegado a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación -escribe Jacques Bonnet en Bibliotecas llenas de fantasmas(Anagrama)-. (…) Sólo la pared de mi dormitorio en la que se encuentra la cabecera de la cama ha quedado libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan, apodado el "Berlioz del piano”: lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca".
(…)
Rodrigo Fresán. Escritor. Argentino. No heredó libros. Todos los que tiene son adquiridos -o robados- por él. Evita prestarlos y puede montar un escándalo si se manchan con comida. Jamás subraya, jamás dobla esquinas, jamás quiebra lomos. Tiene un hijo de cuatro años a quien sólo permite tomar alguno “bajo estricta vigilancia”. Ha transportado de una ciudad a otra más de mil kilos de papel. Tiene un ejemplar de The stories of John Cheever, firmado por Cheever, que compró a 25 centavos de dólar, y un ejemplar de la primera edición de Matadero Cinco en cuya primera página se lee “To R. from K.”. Solía comprar diversas ediciones de una misma obra y llegó a acumular quince de El mundo según Garp, de John Irving.
-Si le prestan un libro, lo lee, le gusta y sabe que es inconseguible, ¿qué hace?
-Lo miro fijo, lo sigo mirando fijo, lo miro fijo un poco más. Y así hasta que suceda un milagro.
(…)
-¿Se desprende de libros cada tanto o los conserva todos?
-No -dice Martín Kohan-, pero perdí la pasión de su posesión, el gusto del atesoramiento.
-He regalado una hija mía a un mercader árabe y vendido dos nietos a familias estériles europeas, pero sólo un cirujano hábil o un escuadrón del Mosad podrían lograr que me desprendiera de un libro, aunque sepa que nunca lo leeré. Siempre flota la duda: “¿Y si llego a necesitarlo?” -dice Daniel Samper Pizano.
-De tanto en tanto se impone una purga estalinista -dice Rodrigo Fresán-. “Fuera todo libro que ya nunca volveré a abrir en mi vida y que no tenga valor sentimental”. Pero debo agregar que soy alguien mucho más sensible que Stalin y perdono muchas, demasiadas vidas.
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Un día miércoles el escritor español Andrés Trapiello responde a la pregunta “¿ha perdido algún libro que aún recuerde con dolor? ¿En qué circunstancias?” con esta respuesta:
-Sí, un libro de Fellini que éste había dedicado a mi mujer. Era una edición corriente de bolsillo, pero en ella estaba el trazo de aquel hombre maravilloso.
Cinco días más tarde llega un mensaje suyo que dice: “Te lo creas o no, después de diez años buscándolo en ambas casas, el libro de Fellini dedicado a mi mujer acaba de aparecer, se diría que convocado. Yo tengo otra teoría, a veces los libros se van de casa, y vuelven un día impensado, como los hijos pródigos. Y la alegría es mayor no por el hallazgo, sino por la vuelta a la normalidad”.
La vuelta a la normalidad. Que es, como todos saben, más y mejores libros.