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Bola negra.- Aunque el gran estreno será el 8 de enero 2013 en el local de Bellas Artes de México, ya está rodando por festivales “Bola negra- el musical de Ciudad Juárez”, película-documental-cine-ópera realizada por Mario Bellatin y Marcela Rodríguez, basada en el libro Bola Negra de Bellatin. Ahora está exhibiéndose en Oaxaca, el lunes 19 en la Rosario Castellanos de La Condesa, dentro del Festival Puentes, y el miércoles en el Cine Tonalá, dentro del Ciclo Telecápita . Dice la nota: “En esta pieza de video arte, rodada en Ciudad Juárez, narra la historia del entomólogo Endo Hiroshi, que en una noche de insomnio decide dejar de comer todo aquello que para el resto de las personas es saludable.”
(Foto: escena de la película Bola Negra)
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Cuándo dejamos de ser latinoamericanos
Mi último post en “Vano Oficio” de El País sobre cómo algunos intelectuales de izquierda latinoamericanos son insensibles ante el dolor de los países que no son los suyos. El caso del uruguayo Jorge Ruffinelli, admirador de la senderista y activista del Movadef Sybila Arredondo, y su arrogancia cuando se le pide sensibilidad con los muertos por terrorismo.

Indiferencia. Por pegatina1
Imaginemos que un respetado crítico, profesor de una de las principales universidades norteamericanas, aparece retratado públicamente en su Facebook muy gozosamente con un célebre nazi y alguien, un escritor, le advierte sobre el pasado de ese sujeto y la inconvenciencia de ese gozo. Y cuando pensamos que él dirá algo, una defensa o una explicación, lo único que leemos es “cómo se nota que eres judío”. ¿Qué ocurriría entonces? Primero, sin duda, una destitución de su cargo académico por anti-semita. Luego, una condena pública a través de redes sociales y otros medios. Y finalmente, la indudable certeza de que ese académico no pecó de ingenuo sino que con esa foto, de la que se enorgullece, dice de manera explícita que comulga con las ideas nazis y avala o niega el Holocausto.
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Y también empezó el Hay Festival Xalapa 2012

Lectores en La Casa del Lago.
El Hay Festival Xalapa 2012, la segunda versión del Hay en la ciudad de Sergio Pitol, abrió sus puertas ayer y continuará hasta el domingo 7, coincidiendo con el Festival de la Palabra que antes mencionamos. La presencia de autores en lenguas no hispanas es la que destaca en este festival. Estarán los premios Nobel JM Le Clezio y Wole Soyinka. Además, Janette Winterson, la bella Lila Azam Zanganeh y autores como Enrique Vila Matas, Mario Bellatin, Marcos Giralt Torrente, Santiago Gamboa, Guadalupe Nettel, Elsa Osorio, Alan Pauls, Alberto Manguel, Julián Herbert, Roberto Ampuero, Evelio Rosero, etc.
Desde el pasado miércoles y hasta el próximo domingo día 7, la ciudad mexicana de Xalapa, en el Estado oriental de Veracruz, acoge por segunda vez el Hay Festival, evento cultural que convierte durante cinco días a este municipio dinámico y de vida universitaria en un “foro para el diálogo, la celebración de la buena escritura y la reflexión cultural”, en palabras de la directora del festival para América Latina y España, Cristina Fuentes La Roche.
El evento reúne en esta edición a unos 100 artistas entre literatos, músicos y directores de cine. En su apertura, el pasado miércoles, contó con la presencia del premio Nobel de Literatura 2008, Jean-Marie Le Clézio, quien llamó a los intelectuales mexicanos a dar soluciones a la violencia generada por los cárteles de la droga en el país. El escritor francés no será el único premio Nobel que se dejará ver por Xalapa. Este sábado, el poeta nigeriano Wole Soyinka, el primer escritor africano que recibió el galardón de la Academia Sueca y un símbolo de la democracia y de las poblaciones oprimidas, participará en el festival para charlar sobre su trayectoria profesional. El mismo sábado amigos y compañeros del fallecido Carlos Fuentes rendirán homenaje al autor con un encuentro que versará sobre este y la literatura latinoamericana.
Si el año pasado, durante su primera edición en Xalapa, el Hay logró reunir a más de 20.000 personas, para esta las previsiones de la organización son optimistas. Desde hace días las entradas para el concierto de Café Tacvba el próximo domingo están agotadas. “El programa da cuenta de la diversidad de géneros y manifestaciones culturales que conviven estos días”, asegura Fuentes La Roche. Habrá lugar, entre otros, para el periodismo comprometido, la novela gráfica, la policiaca, la poesía, el teatro y el cine, con la presencia de Mario Bellatín. Los grandes nóbeles de la literatura se mezclan con otros escritores más jóvenes, como Gisela Leal.
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Hay Festival Xalapa 2012
El Hay Festival Xalapa 2012 se viene con todo. El Festival empezará el 3 de octubre e irá hasta el 7. Pueden encontrar los datos de invitados, entradas y actividades en la página web del Festival (este enlace). También pueden seguirlo a través de su página de Facebook. Desde luego, aunque esta vez no estaré en Xalapa, Moleskine Literario estará atento a las intervenciones principales.
Aquí, fotografías de Daniel Mordzinski (fotinskis) de algunos de los autores que asistirán al Hay Festival.

Enrique Vila Matas. Foto: Daniel Mordzinski

J.M. Le Clezio. Foto: Daniel Mordzinski

Alberto Manguel. Foto: Daniel Mordzinski

Wole Soyinka. Foto: Daniel Mordzinski

Mario Bellatin. Foto: Daniel Mordzinski

Alvaro Enrigue y Valeria Luiselli. Foto: Daniel Mordzinski

Trino. Foto: Daniel Mordzinski
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“Yo quiero lograr transitar por una realidad paralela a la cotidiana”

Mario Bellatin
El “Babelia” de hoy dedica su portada a Mario Bellatin, cuya obra El libro uruguayo de los muertos (Sexto Piso) acaba de ser publicada en España. Me pidieron que haga un breve viaje (no más de 600 palabras en total) por las cuatro obras más emblemáticas de Bellatin. Escogí Salón de belleza, Flores, El gran vidrio y El libro uruguayo de los muertos. Además, Pablo de Llano hace unas extensa entrevista titulada “Cien mil veces Mario Bellatin”.
Dice:
Si el Mario Bellatin real se correspondiese con el Mario Bellatin que narra sus novelas en primera persona, esto no sería una entrevista para un suplemento cultural, sino una entrevista clínica. De acuerdo con las características que se atribuye en El libro uruguayo de los muertos, su última obra, recién editada por Sexto Piso, estaríamos ante un hombre tarado por haber crecido en una familia “malvada, funesta, miserable”, en la que su madre recogía hormigas por la mañana para dárselas a sus hijos de desayuno y donde abundaba la deformidad: por ejemplo, una hermana “que en lugar de boca tenía una especie de trompa como la de un elefante”, o un abuelo diabético, con una pierna y un brazo amputados, que a veces hablaba a solas con una foto de Mussolini colgada en el lugar principal de la casa.
Mario Bellatin sería un cleptómano de plumas Inoxcrom aquejado al mismo tiempo de “grafofobia”, y a unos metros del sofá en el que atiende esta entrevista, en su espartano hogar de Ciudad de México, habría un esqueleto llamado Agapito enterrado debajo de la plancha de cemento de la cocina.
(…)A Mario Bellatin le gusta difuminar la línea entre su universo literario y el mundo cotidiano, y su propia apariencia —“mi estricto uniforme”, le llama— tiene elementos de personaje ficticio. La cabeza rapada. Una túnica negra combinada con pantalones negros y con unas aparatosas botas del mismo color que parecen más acordes a un punki londinense de los setenta que a un escritor mexicano de 52 años. Y envuelto en la manga derecha de la túnica, un antebrazo ausente desde su nacimiento que antes solía completar con una prótesis metálica con pinzas que le daba un aspecto a medio camino entre un monje y un ciborg.
(…)
Cuando se le pregunta por la veracidad de todas esas rarezas con que dibuja su figura en sus libros, Bellatin suele responder con un comprensivo pero indiferente “no importa, eso no importa”. Explica que todos esos elementos autorreferenciales, así como los temas recurrentes de su escritura, como la enfermedad, la deformidad de los cuerpos o la presencia de la muerte —que fabuló en una truculenta novelita de 1994 llamada Salón de belleza, una parábola implícita de la expansión del VIH en aquella época—, son pretextos para atraer al lector a un mundo diferente. “Yo quiero lograr transitar por una realidad paralela a la cotidiana”, dice, “y que el lector se salga del mundo real y entre a este universo que no es el mundo de todos los días, deslavado y aburrido”.
(…)La actividad artística de Bellatin desborda la escritura. Además de ese filme, actualmente está terminando la edición de una ópera que ha filmado con la compositora Marcela Rodríguez en Ciudad Juárez, el lugar más mortífero de México. Dice que es una obra sobre la violencia que trata la violencia a la inversa, sin mostrar una gota de sangre. Está basada en Bola negra, un cuento suyo sobre un entomólogo japonés que se come a sí mismo. Para el coro eligió a chicos y a chicas de Ciudad Juárez “en situación de extrema vulnerabilidad”. Según detalla, en el escenario se proyectan imágenes del muro fronterizo que separa Estados Unidos de México, de las nuevas urbanizaciones de la zona —“con casas abandonadas sin puertas ni ventanas y picaderos de droga”— o de la “miseria humana” que traslucen los talleres de maquiladoras, como se conoce en Latinoamérica a las mujeres que subsisten de la industria manufacturera, en muchas ocasiones sin un contrato formal. Mientras tanto, el coro entona una letra que Bellatin recita en su casa de manera acompasada: “Has-ta-har-tar-se / Con-su-mi-do-por-sí-mismo / De-glu-ti-do-por-sí-mismo…”.
Bola negra es parte del material que mostrará Bellatin en julio en la Documenta de Kassel (Alemania), la exposición quinquenal de arte contemporáneo. Él enfoca el musical como un cuestionamiento del rol social del autor. Bellatin está en contra del esquema “binario” del escritor como un individuo con dos opciones, usar su obra como un medio para denunciar injusticias o ser un ente puro que crea de espaldas al mundo. “Estoy de acuerdo en que la literatura es un mecanismo de cambio, pero no en el sentido de una inmediatez coyuntural, como si el texto fuese un instrumento que no se puede sostener por sí mismo, sin su contexto”.
Ya en sus inicios, según cuenta, su heterodoxia se dio de frente con otra división de categorías en la que sus propuestas no encontraban acomodo: la separación de los escritores latinoamericanos entre autores internacionales como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes y otra corriente de compromiso social regionalista. “Para las cosas que yo trataba de hacer usaban términos envenenados, como kafkiano”, recuerda. “Y yo con 18 años pensaba, guau, puta madre, kafkiano, pero en realidad me estaban diciendo ‘Muy bien, hijito; ahora, si quieres ser escritor, haz algo indígena o algo urbano que hable de lo que se tiene que hablar: del dictador, del realismo mágico o del exotismo de Latinoamérica”.
(…)
Después de unas tres horas de conversación sobre la mentira, la verdad, el arte y los entomólogos japoneses que se engullen a sí mismos, con la media taza de café ya en el recuerdo, Bellatin, agotado y hambriento, hace un esfuerzo no del todo exitoso por dar a entender su relación con el sufismo a un periodista con una capacidad de comprensión cada vez más obtusa: “El sufismo me enseñó que todo es un todo”, arranca el escritor; “que todo forma parte de lo mismo”, repite; “que vivimos en tiempos paralelos”, dice escalando grados ontológicos; “que no hay avance, que hay circularidad, paralelismos”, continúa hasta hacer una afirmación terminante: “Que todo el tiempo, los vivos y los muertos vivimos en tiempos simultáneos, en el instante”. Se detiene un momento, se disculpa por estar “un poco descerebrado” por el cansancio y finaliza con unas palabras que tampoco cuadran en la cabeza del interlocutor: “Y ese mismo instante es lo que busca el derviche girador”.
Bellatin se considera sufí y cumple con su estética austera. El mobiliario de su hogar es tan esquemático que la casa parece casi deshabitada, o habitada por un fantasma, como dice el escritor que se siente en ocasiones. Siempre lleva su uniforme negro, y conduce un coche negro sin cambio automático ni dirección asistida, cosa meritoria teniendo en cuenta que solo dispone de un brazo. El principal foco decorativo de la sala es un minúsculo cuadro con un derviche —un bailarín sufí— congelado en un instante del giro permanente en que consiste la danza ritual de esta religión.
Esa pared, como todas las demás de la sala y del estudio, estarán cubiertas pronto por enormes estanterías en las que piensa distribuir Los cien mil libros de Mario Bellatin, una obra que también presentará en la Documenta. Se trata de otro proyecto a medio camino entre la literatura y el arte conceptual, consistente en la edición de cien libros suyos en un formato mínimo y con una tirada de 1.000 ejemplares cada uno. Los comercializará por su cuenta, sin pasar por las librerías, intercambiándolos directamente con los compradores “por un cigarro o por 1.000 pesos, dependiendo de mi estado de ánimo”. De momento ha publicado seis, y calcula que con todo lo que ha escrito durante su carrera ya tiene material para 52. “A partir de ahora quiero seguir escribiendo para llegar a 100. Pero igual me muero antes, no importa. Lo importante es que el hecho de que aquí haya 100.000 libros o no haya nada solamente depende de un deseo, y nada objetivo, externo a ti mismo, se puede interponer a ese deseo”.
Como el derviche que gira en un movimiento eterno, lo único que desean el hermano de la chica elefante, el ladrón de bolígrafos, el hijo de la cocinera de hormigas y el dueño del perro Perezvón es que Mario Bellatin permanezca siempre escribiendo.
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“La verdad es que la crónica que se escribe en América Latina no está mal, pero tampoco vuelve loco a nadie.”

Mario Bellatin
Mientras espero que mañana aparezca una entrevista en “Babelia” a Mario Bellatin, además de unos breves textos míos sobre cuatro de sus novelas emblemáticas (incluyendo la que acaba de aparecer en España, por Sexto Piso, El libro uruguayo de los muertos), leo las declaraciones de Mario Bellatin en Huancayo, recogidas por el diario “El Peruano”, donde anuncia su próximo libro, inspirado en una anécdota de César Moro y André Coyné:
El escritor mexicano de origen peruano Mario Bellatin afirmó que nuestro país ha sido y es fuente de inspiración para varias de sus producciones literarias. El narrador hizo estas declaraciones en el marco de la cuarta Feria del Libro Zona Huancayo, de la cual es el invitado principal. El autor, quien vivió en Lima hasta la década de 1990 y publicó sus primeras obras aseguró al Diario Oficial El Peruano que “sigo inspirándome en Perú”. El narrador dijo que “es una mezcla, porque lo que yo trato de lograr con mis libros es que el lector no sepa cuáles son mis referentes; sin embargo, internamente tengo mi propio libro y, en él, Perú es un motivo recurrente” (…) Otra confesión que hace es que ha escrito un libro, relacionado con Perú, que primero se publicará en francés y después en castellano. “Curiosamente, a pesar de transcurrir oficialmente en un pueblo francés, cuenta una anécdota ocurrida en Lima, en un lugar frente al mar cuando se encuentra el poeta César Moro con su amigo André Coiné y le cae una piedra en la cabeza. Y eso lo trasladó a Francia, a otros personajes. Siempre los recuerdos están presentes, pero no de una manera obvia y evidente. A veces se disfrazan de historias japonesas o árabes”, relató.
También leo las declaraciones que le dio a Enrique Planas, que aparecen publicadas hoy en el diario El Comercio, donde Bellatin va literalmente con la pierna en alto. Arremete contra la literatura peruana actual y contra el llamado “boom” de la crónica periodística latinoamericana. Como no hay enlace, salvo para suscriptores, transcribo aquí algunos de los párrafos:
El autor de “Salón de belleza” partió a México en 1994, cansado de las taras de nuestra comunidad literaria y de la poca imaginación de nuestras empresas editoriales. Y por lo que a él respecta, las cosas no han cambiado mucho en casi 20 años. “Esperaba que, con la llegada de una nueva generación, las cosas cambiaran. Pero no. Se mantienen los mismos contenidos literarios y lo que hay alrededor de la literatura: la forma de hacer los libros y los odios espantosos gracias a blogs con un increíble grado de violencia”, señala Bellatin. Por ello, el escritor ve muy lejos la posibilidad de afianzar una nueva generación de autores. Lo explica: “No siento que haya relevos. Las generaciones se funden unas a otras y actúan de la misma manera. Ya que no hay nada que perder, es una lástima que no se aproveche el espacio de libertad que da la literatura para explorar nuevas formas de difusión”. Asimismo, con el pesimismo de quien observa el paisaje a la distancia, Bellatin lamenta el rezago que mantiene la literatura local con respecto a otras disciplinas artísticas: “La literatura peruana sigue siendo conservadora. No se mueve, ni para atrás ni para adelante. A diferencia de las artes visuales o el teatro local, la literatura ocupa un espacio estático, respeta elementos inamovibles, ideas que no sé quién sembró y que hacen producir malos libros. El hecho de obedecer fórmulas hace que los productos literarios sean repetitivos. Salvo excepciones, no hay voces propias evidentes”, lamenta.
(…)
“Decir que la verdadera literatura la están haciendo los cronistas tiene una razón de ser”, advierte. “Es un discurso que proviene de grupos académicos extranjeros que necesitan conservar un material de estudio. Son gente que en los años sesenta tuvo un compromiso social muy grande y que encontró, dentro de sus aspiraciones políticas, una literatura como la latinoamericana para reflejar su interés sociológico. No veían lo innovador que había en esas novelas: solo buscaban temas: el indigenismo, lo urbano, las novelas de dictadores”. Bellatin afirma que al irse diluyendo el material de estudio, estos estudiosos han elegido a los cronistas para mantener sus puestos de trabajo. “Es una falta de respeto a la literatura tomarla como un vehículo para una sociología o antropología ilustrada. La verdad es que la crónica que se escribe en América Latina no está mal, pero tampoco vuelve loco a nadie. Y ahora los grupos académicos buscan estandarizarla y proponerla como ‘el nuevo camino’”. Para el autor de “Poeta ciego”, esta lógica perversa mantiene el antiguo esquema que define el “deber hacer” literario. “Lo que van a tomar de esta producción no será la gran prosa de Juan Villoro o de Julio Villanueva. Se enfocarán solo en la anécdota. Dirán: ‘Mira, en México cortan cabezas, en Perú hacen ritos con ayahuasca’. Ese es el peligro de todas las etiquetas y clasificaciones”, explica. Curiosamente, el mismo fenómeno definió la suerte del ‘boom’ literario en su momento. “Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Donoso, todos eran autores disímiles, hasta que a alguien se le ocurrió etiquetarlos, venderlos y hacerles decir lo mismo. Eso coincidió con su decadencia”, añade.
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“Eso de etiquetar la literatura me parece que se trata de un truco para destruirla”

Mario Bellatin
La IV Feria del Libro de Huancayo se inauguró hoy con la presencia de Mario Bellatin como el primer expositor. Bellatin acaba de publicar, con Sexto Piso, en España el Libro uruguayo de los muertos. Antes de viajar allá, Bellatin pasó por Lima y dio una entrevista a Jaime Cabrera Junco, para su blog “Lee por gusto” en Perú21.
Dijo ahí:
Una vez dijiste que más que escritor te consideras lector de tus propios libros. Esto me lleva a preguntarte ¿cuál es tu relación con la escritura?
Se trata de la única relación duradera con algo que he tenido en mi vida y no sé de dónde viene ni hacia dónde va. Hacia la nada, supongo.
¿Y eso cuánto tiene que ver con tu frase “siempre escribo para saber quién soy”? ¿o fue acaso una frase hecha?
No fue una frase hecha, pero tampoco tiene que ver con el autoconocimiento. Quizá cuando la dije lo pensaba, y ahora la respuesta puede resultar casi tautológica: escribo para saber que soy escritor.
(…)Estudiaste Teología, Comunicaciones en la Universidad de Lima, y luego cine en La Habana. ¿Cómo ves ahora a la distancia esta curiosa secuencia, o acaso era una búsqueda?
Lo que yo deseaba era tener una vida universitaria más que una educación formal. Me comenzó a llamar la atención la vida de pasillo, lo que sucedía alrededor de las clases más que los cursos en sí. En realidad me sentía como un estudiante privilegiado, pues a diferencia de muchos de mis compañeros no tenía ninguna intención de llevar a la práctica lo que estudiara, pues yo contaba con la escritura como aliada.
¿Cómo ves tu desarrollo como narrador? Dicho de otra forma, ¿qué diferencia hay entre el Mario Bellatin de Mujeres de sal y el de Disecado?
Quizá que soy alguien más triste, con más certezas y consciente de una manera más clara que ser escritor no sirve para nada.(…)
En tus obras no hay una mención precisa de lugar y tiempo. ¿Qué tanto tiene que ver el hecho que en tus inicios de escritor tenías claro que tenías que irte del Perú para consolidarte como tal?
Lo que sucede es que creo que descubrí desde entonces que la presencia social del escritor no estaba en la manera cómo se afrontaba la escritura en ese entonces. De una manera absolutamente coyuntural y binaria. O se asumía un compromiso de la manera como estaba predeterminada o se hacía una literatura de lenguaje, se decía entonces.
En una entrevista para la revista Somos en 1992 mencionabas que odias a Milan Kundera porque trata a sus lectores como tontos. ¿Sigues de acuerdo con esto?
Sigo no estando de acuerdo con los autores que tratan como tontos los lectores, claro que sí. A propósito ¿Existe Kundera?
¿El narrador debe pensar en su lector? ¿Y si no debe tratarlo como un tonto, entonces cómo debería hacerlo?
Se le debe tratar, por supuesto, como a un creador. No como a una suerte de tabula rasa puesta allí para que soporte todas las ideas que un autor decida endilgarle. Me parece necio que un lector, después de leerse más de quinientas páginas, pensando igual que cuando las comenzó.
Se etiqueta a tu obra como experimental. ¿Para ti la literatura es juego parafraseando el discurso de Vargas Llosa que decía que era “fuego”?
¿Juego? ¿Experimental? Precisamente eso es lo que decían aquellos que pensaban a la literatura como un mero vehículo de cosas más importantes. Que le faltaban el respeto no dándoles su valor como un arte en sí mismo.
¿Y crees que actualmente a la literatura se le está dando un valor como un arte en sí mismo?
Eso de etiquetar la literatura me parece que se trata de un truco para destruirla. Ninguna literatura que haya sido sometida a ese sistema ha podido resistir mucho tiempo llevando esa etiqueta encima. Los casos abundan. La literatura no necesita del otro para que sea considerada de valor o no. Se basta a sí misma para demostrárselo.
En ese sentido, ¿cada nueva obra tuya es un reto?
Sí, por supuesto. De otra manera mi tarea no sólo sería absurda sino aburridísima.
¿Cuáles son los escritores que consideras tus referentes? Es decir aquellos a que admiras y que reforzaron tu vocación de escritor.
Los que conocí en persona, con los que conversé y cuya sola existencia me dio fuerza para seguir haciendo lo que me proponía, a pesar de que todo estaba en contra, como le sucede a casi todo el que pretende escribir. Blanca Varela y Julio Ramón Ribeyro fueron los primeros con los que conversé.
¿Estás preparando una próxima novela? Si es así, ¿de qué trata y cuándo la piensas publicar?
Acabo de publicar un libro que no conozco porque todavía no llega de España: El libro uruguayo de los muertos. Lo podría resumir en una larga carta -300 páginas- que de alguna manera trata de demostrar, con la mayor cantidad de argumentos posibles que es imposible la existencia del amor.
¿Qué tipo de escritor quisieras llegar a ser?
Nunca he querido escribir determinado tipo de libro. Lo que me interesa es escribir, y si para eso es necesario darle a esa escritura la forma de un libro, pues adelante.
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La IV Feria del Libro de Huancayo

La Catedral de Huancayo
La IV Feria del libro de Huancayo, ubicada en la sierra central del Perú, tiene varias novedades. Las más importantes: la presentación de una nueva novela de Oswaldo Reynoso, la presencia de Mario Bellatin y la presentación de Ojos de pez abisal, la mejor novela del 2011 para mí, del talentoso Ulises Gutiérrez. Además, otros autores locales estarán presentes. Va del 20 de junio al 1 de julio.
Dice la nota:
La Cuarta Feria del Libro de Huancayo se realizará del 20 de junio al 1 de julio con la participación de destacados escritores, entre los que destacan el mexicano Mario Bellatin y los peruanos Oswaldo Reynoso y Edgardo Rivera Martínez; así como el periodista Hugo Coya. La feria, que se realiza ininterrumpidamente desde 2009, reunirá durante 12 días a escritores, periodistas, artistas y poetas que participarán en 140 actividades que incluyen conversatorios, presentaciones de libros y espectáculos musicales. Se prevé este año superar la cifra de más de 200,000 personas que acudieron en 2011 a este evento, que ya es considerado como una de las citas culturales más importantes del centro del país. El escritor mexicano Mario Bellatin vivió durante su niñez y juventud en Lima, donde publicó su primera obra, ‘‘Mujeres de sal’’. Actualmente es considerado uno de los literatos más importantes en lengua hispana. Edgardo Rivera Martínez, narrador natural de Jauja, presentará un libro sobre su ciudad natal y recibirá un homenaje a su trayectoria literaria.
Asimismo, el afamado escritor Oswaldo Reynoso presentará en la feria su nueva novela, que lleva por título ‘‘En busca de la sonrisa encantada’’. También participará el periodista Hugo Coya, actual presidente del directorio de Editora Perú, quien el año pasado publicó ‘‘Polvo en el viento’’, libro de investigación sobre la vida del narcotraficante “Vaticano”. Coya también publicó en 2010 ‘‘Estación final’’, investigación que narra las historias de un puñado de peruanos que vivieron las miserias del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Al evento también acudirán las poetisas Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo y Rocío Silva Santisteban, al igual que la reconocida actriz y cantante Magaly Solier, quien presentará la película ‘‘Amador’’.
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Mario Bellatin reseñado

carátula de la novela
Violeta Gorodischer reseña el libro Disecado de Mario Bellatin (editorial Sexto Piso) para Radar Libros. Una buena reseña, interesante, aunque el título, “Y mañana será Aira”, es equívoco. Equívoco en varios sentidos: en primer lugar, porque no hay escrituras tan diferentes como las de Aira y Bellatin. Son tan distintas que casi llegan a ser opuestas. Mientras que en Aira abunda la ramificación, el absurdo o el disparate, el dislocamiento en varios fragmentos y la extensión arbitraria de una idea mínima hasta hacerla ocupar 70 páginas en promedio; en Bellatin ocurre lo contrario, un proceso de constricción, parecido a la deshidratación de los alimentos, que constriñe y comprime novelas de temas complejos y extensos (que abarcan desde lo autobiográfico a la espiritualidad, desde los conflictos sociales transmutados -nunca camuflados- a la pregunta por la creación artística) en obras brevísimas. Y en segundo lugar, porque el título podría conducir a pensar que Bellatin está buscando acceder al privilegio de ser el sucesor de Aira, y no es así. Mario Bellatin, y es mi opinión pero creo que compartida por muchos, es el escritor latinoamericano más insólito, inclasificable e incomparable que existe en la actualidad. Verlo como sucesor de Aira, o de cualquier otro escritor, por más experimental que este sea, es perder la noción de lo que la obra de Bellatin es ahora mismo: un complejo organismo que incluso excede lo literario. Y la reseña de Gorodischer, justamente, subraya ese carácter compacto, insólito e incomparable que “nos deja sin palabras”.
Dice la reseña:
“Quisiera ubicarme dentro del texto, fundido en los vacíos que originan las palabras”, dijo alguna vez Mario Bellatin, anticipando lo que ahora, en Disecado, ya no puede disimular: que para él lo interesante no está en el texto sino en otra parte. Después de Canon Perpetuo, Efecto Invernadero, Salón de Belleza, Damas Chinas y una obra tan compacta como prolífica, Bellatin por fin hace carne su deseo en este nuevo libro. No es que haya un cambio radical con lo que venía escribiendo: si hasta ahora su obra fue adoptando la forma de patchworks (papeles, plaquettes, performances) es porque nunca consideró que el libro fuera importante. Por otra parte, siempre redujo a cero la figura de autor: desde las citas falsas dentro y fuera de su universo narrativo, hasta la organización de un congreso de escritores con dobles de Margo Glantz, Sergio Pitol, Salvador Elizondo y José Agustín, o aquella famosa reseña de Kawataba a partir de fragmentos críticos de su propia obra. Y Disecado, de alguna manera, vendría a ser la evolución natural de todas esas apuestas, tal vez su jugada más arriesgada: aquí no hay historias, ni personajes, ni autor. Un libro terminal, tendiente a la no escritura.
Todo empieza cuando el narrador ve aparecer a los pies de su cama a una suerte de fantasma llamado Mario Bellatin que, a su vez, tiene información del autor mexicano ya muerto. El narrador decide entonces bautizar a este ser como ¿Mi yo?, y se dedica a escuchar pasivamente un discurso en donde la intertextualidad entre vida y obra no se hace esperar. Mientras cambia de apariencia hasta convertirse en un derviche girador (y aquí no olvidemos que Mario Bellatin se hizo devoto del sufismo hace ya varios años), el fantasma monologa un relato alucinado en el que aparecen múltiples referencias a la obra de Bellatin, incluyendo la revelación de que la muerte de Bellatin fue a causa de la enfermedad que le contagió un actor cuando el escritor adaptó la novela a pieza teatral. De ahí a la travesti que recita Nietzsche, el masajista ciego de los subtes o el niño experto en canarios no hay más que un paso y no queda muy claro hacia dónde; en qué momento se tuerce el rumbo de la narración. La asociación de hechos es arbitraria y se tiñe de la confusión de los sueños: el silencio se materializa a través de nexos narrativos sin conexión entre sí. De esta manera, el deseo del personaje se duplica en la acción real: lo que busca Bellatin, en cualquiera de sus formas, es “escribir sin escribir”. Hacer avanzar la trama sin que haya conflicto. Incluso, sin que los lectores entiendan cómo, por qué llegaron hasta ahí. Como si aquellos vacíos de las palabras empezaran a hacerse visibles a partir de estas estrategias.
La segunda parte del texto es una nouvelle llamada El pasante de notario Murasaki Shikibu. Y es tanto más confusa que la primera, que el lector desprevenido no sabrá ya qué hacer. Básicamente, porque se trata de un chiste compartido entre Bellatin y su íntima amiga Margo Glantz, que aparece como “Nuestra Escritora”. Un viaje a las cuevas de Ajanta, en India; un impulso de la mujer que la lleva a subir corriendo los cinco mil escalones hasta perderse en las cuevas, y una serie de metamorfosis que la hacen transformarse en Murasaki Shikibu, la autora japonesa de Genji Monogatari, y luego en un simple pasante de notario, son las líneas ¿argumentales? de la historia. La única explicación lógica para esta secuencia delirante emparentada con la escritura de César Aira es recurrir al ping pong literario entre Bellatin y sus amigos. Se trata más bien de una forma extratextual de entender la literatura, porque así como ahora Bellatin parodia a Glantz, ella se encargó antes de hablar del narcisismo del escritor en la película Invernadero, de Gonzalo Castro. Para terminar, en el final de ambos relatos, Bellatin incluye una lista de “tips” para analizar los relatos: “Fíjense”, dice y enumera: “Explicar la importancia de la presencia del perro sin pata trasera en la vida de Mario Bellatin”. “Ver quiénes eran los dobles de los escritores que se presentaron en París.” “El personaje ¿Mi yo? se transforma en una letra para pasar a ser después el propio Mario Bellatin.” Una burla del carácter programático de los textos en general. Una manera de mostrar, por si quedaban dudas, que el suyo es un libro inexplicable. Un libro que, fiel al deseo de su autor, nos deja sin palabras.
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“La labor de una editorial es difundir ideas, no privatizarlas”

Mario Bellatin
Mario Bellatin está presente en la Primera Bienal del Libro y la Lectura de Brasilia, donde ha tenido una presentación destacada Mario Bellatin y su recuerdo de la fenecida Escuela Dinámica de Escritura.
Destacó la intervención de Mario Bellatin, un escritor extraño y luminoso, que dialogó con el colombiano Héctor Abad Faciolince. Bellatin contó cómo funciona la Escuela Dinámica de Escritores que inventó y dirige. Durante dos años, 30 “alumnos”, interesados en la escritura, se someten a vertiginosos encuentros creativos con 52 maestros de todas las disciplinas artísticas. El taller tiene una prohibición: escribir. La literatura llegará por otro lado, inesperadamente.
Y esa es una buena metáfora de esta primera Bienal. En una ciudad con un alto índice de lectores, pero donde la literatura no puede competir frente a las convenciones empresariales y políticas, el libro llegó, de pronto, y quizás para instalarse. Las ediciones siguientes lo dirán.
Mario Bellatin no se ha andado tranquilo en Brasilia. Tiene mucho que decir. Por ejemplo, ha dado una entrevista a EFE donde declaró: “Estoy cansado de los autores dueños”. Además, prepara una película sobre Ciudad Juárez.
Dice la nota:
El escritor peruano-mexicano Mario Bellatin, que asegura que la labor de una editorial es “difundir ideas, no privatizarlas”, defiende una literatura que no esté en posesión exclusiva de los autores y que sirva de plataforma para que el lector teja su propio relato.
“Estoy cansado de los autores dueños”, dijo Bellatin en una entrevista con Efe durante la Bienal del Libro y la Lectura, que se celebra en Brasilia hasta el próximo lunes.
El autor de obras como “Flores”, “Salón de Belleza” o “El gran vidrio” abogó por fomentar la autonomía de las obras con el objetivo de que sirvan “de pretexto para que alguien haga algo distinto”.
El escritor, que ha participado en las charlas de la Jornada Literaria de América Hispánica en el marco de la Bienal, fue más allá en ese empeño no monopolizador de la obra literaria y declaró que “la labor de una editorial es difundir ideas, no privatizarlas”.
Bellatin explicó que durante el proceso de escritura parte de un planteamiento barroco en el que va escribiendo para luego limpiar esa escritura y dejar espacios vacíos.
“No es el vacío de la nada, es el vacío que queda después de haber destruido algo y ahí se puede expresar lo inexpresable. Escribir sin usar la palabra”, razonó.
El literato, que huye del pensamiento dual que fuerza a clasificar la realidad en dos categorías, declaró que desde sus inicios como escritor su narrativa no pertenecía a las tipologías establecidas.
“Yo no hacía una escritura que se encuadrara en lo que se debiera hacer”, dijo el escritor, quien precisó que su obra “no es experimental, no es de huida o de llegada, es de todo”.
Abundó en esa idea al detallar que “no hay una trama, no hay un personaje, lo que hay es escritura”.
“Yo no construyo un personaje, yo me siento a escribir”, declaró.
El escritor se encuentra inmerso en un proyecto cinematográfico que cabalga entre la literatura, el cine y la música y tiene como escenario la peligrosa Ciudad Juárez, urbe situada en la frontera de México con EE.UU., escenario del narcotráfico y lugar donde cientos de mujeres jóvenes y adolescentes han desaparecido desde 1990.
El proyecto es una suerte de película musical que parte de la adaptación a la ópera de su texto “Bola Negra”, donde un entomólogo japonés se come a sí mismo.
“Queremos juntar el absurdo de ir a la ciudad más peligrosa del mundo a llevar una ópera”, dijo el artista, quien contará con un grupo de 25 chicos de Ciudad Juárez para el proyecto, además de la participación de “niños sicarios”.
Para Bellatin, “el gran personaje será la ciudad” y la búsqueda del silencio para que la realidad “hable por sí misma” en un trabajo que no tiene la intención de adoctrinar.
“Estamos llenos de escritores en posesión de la verdad o documentales con tesis”, dijo Bellatin, quien declaró sobre la situación que se vive en Ciudad Juárez que “la única verdad es que no es casual, está armado para que sea así”.
Y añadió que “hay muchos intereses grandísimos y lo que queda es esa violencia que nadie está dispuesto a que se resuelva”.
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La agenda de Zambra

Alejandro Zambra
El suplemento cultural ADN Cultura de La Nación comenta los proyectos de Alejandro Zambra a futuro, lo que incluye reediciones (el estupendo No leer se editará en Argentina), cuentos y poemas y participará, como Mario Bellatin, en el Documenta13 de Kassel. Pero más allá de su agenda, aparece una noticia que, a quienes lo conocemos, nos parece imposible: al parecer, Alejandro ha dejado de fumar. ¿Se puede?
Dice la nota:
A comienzos de año, Alejandro Zambra dejó el cigarrillo. “Yo era un fumador excelente, pero mi principal proyecto para este año es no fumar. Y lo estoy cumpliendo, aunque eso me llevó a escribir menos. Incluso pensé que si no fumaba no podría escribir. Pero de a poco van saliendo las frases.” Precisamente sobre el hábito de fumar es el cuento, todavía sin título, que publicará pronto en un minilibro la editorial española Alpha Decay. Pero hay más. En agosto, su libro de ensayos No leer será publicado en nuestro país por una nueva editorial: Excursiones. No leer consta de crónicas y ensayos sobre literatura, ya publicados en medios de Chile y de otros países y seleccionados por el editor chileno Andrés Braithwaite.
Zambra está terminando de escribir otros tres libros. Uno de poemas, cuyo título tentativo es “Borradores”. “También podría llamarse ?Hablar solo’, porque se trata de eso: los tres personajes se pasan la vida hablando solos. Es distinto a lo que hice antes en poesía. Está entre la poesía y el teatro.” El segundo libro es un ensayo, “La literatura de los hijos”: “Es como una segunda parte de mi novela Formas de volver a casa, pero con otro formato”. El tercero es el que más ocupado lo tiene. “Yo la llamo, en broma, mi primera novela de no fumador. Aún no tiene título, por lo que me cuesta hablar sobre ella. Cuando los libros no tienen título, para mí es como si no existieran. Mi estado es como de embarazo. Llevo cien páginas escritas. Es la historia de un hombre que cuida, durante un tiempo largo, la casa de una familia. Se parece un poco a Bonsái , otro poco a La vida privada de los árboles y también a Formas de volver a casa. Pero, en otro sentido, es un libro muy distinto a cualquier otra cosa que yo haya escrito.”
El autor chileno sigue dictando clases de literatura en la Universidad Diego Portales y espera el lanzamiento de la películaBonsái , basada en su multipremiada novela homónima. Viajará dos veces a Buenos Aires, dictará una conferencia en la Universidad de Stanford, lanzará en el Festival de Paraty la versión brasileña de Bonsái , participará en la edición número 13 de Documenta, en Kassel, y cerrará el año presentando Formas de volver a casa en Alemania, Francia, Italia y Holanda
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Los cien mil libros de Mario Bellatin

uno de los cien mil
Mi columna de hoy en el blog “Vano Oficio” de El País. Es sobre el proyecto de Mario Bellatin y sus cien mil libros. ¿Proyecto editorial? ¿Performance?
“Mario Bellatin a partir de ahora contará sus años de vida en libros y no en años, como es la costumbre. Cumplirá libros, por decirlo de alguna manera” dice un texto que acaba de llegar a mis manos donde se explica el proyecto titulado “Los cien mil libros de Bellatin” y que tiene más de performance artística que de taller artesanal de edición, aunque implica ambos. Mario Bellatin asume la crisis por la que atraviesa el mundo editorial, sobre todo los frágiles puntos intermedios como el editor, el agente literario y el librero, y opta por realizar esta hazaña libresca que suena desmesurada: redactar cien títulos propios con un tiraje inicial de mil libros cada uno.
Cada libro busca al mismo tiempo la simpleza y la elegancia en el diseño. Podríamos decirse que es un “no libro”, en el sentido actual que tienen los libros que reclaman, (con la poca sobriedad de sus carátulas escandalosas, títulos pomposos, diseños llamativos y estrategias de marketing) atención en las mesas de novedades de las librerías. Aquí se escapa de eso. Los libros son de color marfileño, en un mismo marco y una tipografía estándar donde los puntos aparte han sido reemplazados por el dibujo de una pequeña tijeras. Ningún libro pasa de los 60,000 caracteres (la medida que impone el impresor para no usar más de un folio de papel). Además, la tapa y contratapa apenas contiene el título del texto, una estampa pegada donde se lee “Los cien mil libros de Bellatin”, el foliado pertinente y la huella del autor. Y nada más, salvo la advertencia: este libro no es gratuito. Los libros se pondrán a la venta sólo si existe alguien interesado en poseerlos. No son libros que se regalan, no es un proyecto benéfico sino un intento de recuperar el sentido de intercambio que establece el autor con el lector, desde la adquisición del objeto hasta su lectura.
“Los cien mil libros de Bellatin se trata también de una empresa fantasma, vacía, que no tiene la imposición de los requisitos propios de la industria” leo. He visto varias fotos de Mario Bellatin ofreciendo sus libros, sobre un tapete negro, sentado en bancas o en el suelo de un parque. No se trata de un medio de comercialización, sino de parte de la performance que implicó además la reconstrucción de su casa, derrumbando paredes y colocando dispensers, para convertirla en un depósito de los cien mil libros. Todas estas razones han concluido en un hecho insólito para un escritor: que sea invitado a uno de los eventos artísticos más relevantes del mundo, el Documenta13, que se realiza cada cuatro años en la ciudad de Kassel. Bellatin participará del evento y será, además, curador como parte del comité de honor que ha escogido más de cien proyectos, actividades y gestos artísticos que se presentarán en junio, aunque algunos (como el de “Los cien mil libros de Bellatin”) ya han sido puestos en marcha.
Lo más interesante es que los temas de cada uno de esos cien libros ya han sido establecidos y numerados, a manera de ítems. Son canales que conducen un libro a otro, pero no existe una relación obvia de causa-efecto, sino solo de contigüidad. Por ejemplo, cinco de esos ítems (que corresponden a cinco libros ya editados) son los siguentes:
1- Monjas sentadas en un asilo esperando que concluya la extremaunción.
2- Aquella mañana se levantó temprano. No miró el reloj despertador. Al cabo de media hora estaba ya arreglada para salir. Escogió un pantalón negro y una camisa a cuadros azul. Demoró un cuarto de hora en la cocina. Cortó un tomate, sacó un pedazo de queso y lo comió todo junto en un plato donde vertió aceite y sal. Miró la luz que entraba por la ventana. Estaba de vacaciones. Decidió dar una vuelta alrededor de la fuente del parque cercano.
3- ¿Le gusta este jardín que es suyo? No deje que sus hijos lo destruyan
4- Cada vez que corta un pedazo de carne lo hace pensando en las horas que le faltan para volver a su casa. Se le aparece en esos momentos la imagen de su mujer amamantando a su hijo.
5- El niño deseaba una bicicleta para su cumpleaños. Lo expresó en voz alta. Cuando aquel día llegó sus padres le obsequiaron una de manubrios altos.
¿De qué se trata todo esto? No es solo un llamado de atención sobre lo anquilosado que resulta el método de edición tradicional (incluso el de la edición independiente) sino, sobre todo, la constante rebeldía de un autor sobre ideas pre-concebidas en torno a los procesos de escritura. Puede parecer contradictorio, pero no lo es, que Mario Bellatin intente escapar constantemente de cualquier molde que lo encajone como “escritor” y, al mismo tiempo, pretenda establecer un “canon perpetuo” (para usar el título de una de sus primeras obras) según el cual diseñar sus obras a futuro. No hay mejor explicación que la respuesta que le dio a un entrevistador en el monográfico que el año pasado le dedicó la revista El Coloquio de los Perros. Comparó entonces la escritura con el baile sufí. Dijo: “ (…) si te fijas, el escritor pule y trabaja para conseguir el mismo efecto que el bailador sufí —que también ha realizado todo tipo de ensayos— cuando danza en directo: la instantaneidad”.
En la literatura en castellano, donde la palabra experimental parece un insulto, es notable la existencia de Mario Bellatin que cada cierto tiempo reformula la idea de lo que es un escritor y lo que implica el acto de escribir.
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Bellatin, el experimiento infinito

Mario Bellatin
Mientras Mario Bellatin sigue inmerso en un “libro definitivo” y en el proyecto los 100,000 libros de Bellatin, la revista virtual “El Coloquio de los perros” le ha dedicado un interesantísimo y extenso número monográfico al que han titulado, con acierto, “El experimento infinito”. Encontramos ahí artículos, reseñas y dos textos inéditos de Bellatin. Además, una entrevista de Alejandro Hermosilla donde el entrevistado resulta más escurridizo que un jabón en bañadera.
Dejo aquí algunas respuestas:
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Hasta qué punto crees realmente que estás renovando la literatura? ¿Piensas que estás aportando algo que hasta ahora no se había hecho? ¿En qué consistiría esto?
—MARIO BELLATIN: Es difícil de decir. Hay días que pienso que mis libros deberían ser vendidos en el apartado de autoayuda, puesto que, según la persona y el estado de ánimo en que sean leídos, estoy convencido de que pueden provocarle al lector cierta reacción de tensión y de incomprensión que ignoro qué consecuencias puede tener, pero apostaría que le hará vivir la vida con más intensidad.
—ECP: Esa sí es una característica de tus libros: la intensidad. Sobre todo por el trabajo de depuración del lenguaje.
—MB: ¿Piensas esto de verdad?
—ECP: Sin duda. Creo, además, que esto es lo que les da un tono, por así decirlo, neutral.
—MB: Tal vez sea así. Yo, en realidad, no sé bien qué es aquello sobre lo que escribo. Y no quiero planteármelo. Pienso que hacerlo sería un gran error, como estructurar o pensar en un argumento o un ritmo a priori para un libro.
—ECP: Sin embargo, todas tus narraciones parecen muy pensadas hasta la extenuación.
—MB: No lo creo. Yo simplemente me dejo llevar. ¿Has visto alguna vez un baile sufí?
—ECP: He llegado a ensayarlo.
—MB: Entonces sabrás que se trata de adquirir una técnica para luego fluir con ella y a través de ella.
—ECP: Sí, pero en el baile hay un componente directo que no tiene la literatura. Para provocar esta sensación, es necesario trabajar, pulir el lenguaje con el fin de conseguir el efecto que se quiera provocar.
—MB: Sí. Pero si te fijas, el escritor pule y trabaja para conseguir el mismo efecto que el bailador sufí —que también ha realizado todo tipo de ensayos— cuando danza en directo: la instantaneidad. En cualquier caso, te diría que para mí la literatura no ha sido nunca tan importante como para pararme a pensar demasiado respecto a aquello que indicas.
—ECP: Estoy de acuerdo. Pero hay que tener en cuenta que, si bien las palabras del libro ya se encuentran fijas cuando se las lee, no así las piernas del danzador que se moverán constantemente mientras realiza la interpretación. Por otro lado, me sorprende lo que indicas sobre la literatura porque has dedicado tu vida a esta actividad.
—MB: Si tú lo dices. Realmente, no he dedicado más horas de mi vida a escribir que a meditar, pasear a mis perros o a observar moverse los peces en mi acuario. Siento una sensación de paz indescriptible cuando lo hago. La mayoría de los argumentos de mis libros han nacido allí. Salón de belleza, en concreto, tras darles de comer a mis peces. Me hallaba en un alterado estado de excitación observando cómo devoraban todo aquello que les arrojaba y, por momentos, parecían estar a punto de comenzar a pelearse. Para conseguir tranquilizarme, me decidí a realizar mis habituales ejercicios y movimientos de karate frente al espejo que tengo en mi salón de entrenamiento. Me encontraba en un estado de excitación y concentración absoluto cuando, de repente, sonó el teléfono. Era un profesor de una universidad mexicana que deseaba invitarme a dar una charla a sus alumnos. En ese momento, me sentí invadido en mi intimidad y reaccioné indicándole que se había equivocado, que en realidad había llamado a un salón de belleza y que si requería mis servicios sexuales para hoy —me hice pasar por un peluquero homosexual— había de saber que no podría ofertárselos pues me encontraba muy ocupado.
—ECP: Increíble.
—MB: Sí, pero lo mejor fue que el profesor siguió hablando como si no hubiera escuchado nada y consiguió que aceptara dar esa charla en Tijuana.
—ECP: ¿Cómo pudo ser eso?
—MB: Porque le prometí que si me pagaba el dinero suficiente para ir a su universidad sería el primero a quien atendería en mi lista de clientes.
—ECP: Je.
—MB: En realidad, aunque esta última anécdota no sea real, me parece muy adecuada para dar a entender las muchas relaciones e imbricaciones que hay realmente entre la prostitución y lo literario.
—ECP: Siempre ha sido así, ¿no?
—MB: Pero últimamente mucho más.
(…)
—ECP: Y a todo esto, volviendo al principio de la charla, ¿por qué y para quién escribes? ¿Qué es para ti la escritura? ¿Qué es, verdaderamente, lo que piensas que estás renovando?
—MB: Si te soy sincero, no tengo respuesta a ninguna de tus preguntas. Jamás me he planteado cuestión alguna sobre estos temas. Probablemente, porque no considero a la literatura —como lo han hecho tantos otros— como una actividad demasiado importante. Renovarla debería ser como renovar el vestuario, ¿no? En esencia, la persona seguiría siendo la misma. No importa el vestido. Supongo que para renovar la literatura —aunque te vuelvo a repetir que no sé qué quieres indicar con esto— haría falta cambiar el abecedario, que en vez de 24 letras, hubiera 30. O tal vez ni esto sería suficiente. Yo lo único que he intentado es construir personajes que no sientan, con los que no pueda identificarse el lector. Pero, ¿renovar la literatura? No sé bien a qué te refieres.
—ECP: Sin embargo, tus libros y charlas están llenos de referencias a esto.
—MB: ¿Es eso cierto? Pienso que no. ¿En cuál de ellos hago alusión a esto?
—ECP: Por ejemplo, en cierto modo, en Underwood portátil modelo 1915.
—MB: Pero ese libro no lo escribí yo.
—ECP: Entonces, ¿quién?
—MB: Lo ignoro. Tal vez tú puedas indicármelo.
—ECP: Sí. Se encuentra escrito por Mario Bellatin.
—MB: Ah.
—ECP: Y creo que tú eres Mario Bellatin. O tal vez no porque no puedo verte la cara a causa de la máscara.
—MB: Supongo, en realidad, que todo es una cuestión de imaginación. Tú imaginas que yo soy Mario Bellatin y yo debo responder como tú imaginas que debería hacerlo. O como se supone que debería hacerlo un escritor. En ese sentido, puedo estar de acuerdo en que tal vez yo sea Mario Bellatin, pero para ello tienes que imaginar que lo soy, no creer que lo soy, lo que tal vez te explique mejor mi punto de vista sobre la literatura o, como dicen algunos críticos pedantes, “lo literario”. Debe haber alguien que imagine qué es la literatura, alguien que nos convenza a todos que algo es literatura y que, de tal o cual forma, puede ser renovada, pero, en esencia, si Mario Bellatin no sabe ni desea conocer —puesto esto sería contraproducente ya que limitaría su capacidad creativa— qué es la literatura, ¿cómo la va a renovar? En cualquier caso, la considero una ciencia y una diversión. También un arte y un entretenimiento. Un deporte y un mero pasatiempo. La imagino y la concibo de muchas maneras. ¿Cómo voy a renovarla? La puede renovar quien considere que la literatura se puede definir. Un profesor puede renovarla. Algún escritor que cifra reglas de cómo se ha de escribir, puede renovarla. ¿Pero alguien que se considera un creador puede cifrar sus esperanzas o anhelos en renovar algo que no se sabe hacia dónde va ni hacia dónde se dirige? […] Si Mario Bellatin ocupa tanto tiempo de su vida en la literatura es porque no sabe qué es y no desea saberlo, pues se siente fascinado cuando se pierde en sus confines como cuando cocina, repasa su colección de sellos americanos o contempla un amanecer; actividades que, por cierto, muchos de los escritores “puros” despreciarían al ver citadas al lado de esa palabra y arte impoluto, mágico y sagrado que es para ellos, la literatura.
—ECP: En realidad, supongo que todo este problema es producto de una visión romántica de la literatura y de cómo espera recibir el público el libro aquello que lee, cuáles son sus expectativas.
—MB: Sí, todos creen que son el escritor que aparentan ser, que son el libro o la persona que muestran a los demás en su vida social. Pero yo no puedo serlo.
—ECP: Que es el gran tema de tu literatura.
—MB: Como te dije, yo no escribo libros, porque de hacerlo sería Mario Bellatin y todos sabrían lo que podrían esperar de mí. Por ejemplo, todos creerían que soy imprevisible, porque lo imaginan así, porque lo desean, no porque yo lo sea. ¿Qué voy a saber yo de quién soy o de mis libros? Mis libros solo le sirven a una parte de mí, no a una totalidad. Y esto no ha de invalidarlos, como pensarían tantos escritores románticos o modernos y postmodernos todavía influenciados por esta visión y perspectiva artística que unos cuantos hombres han considerado una verdad en mayúsculas. Se escribe un libro como quien realiza una mesa, y nadie puede inmiscuirse en el placer o en los porqués o para qué Mario Bellatin realiza esto. Lees sus textos o no, pero no los evalúas o comparas con aquello que tú eres, sabes o esperas porque entonces estás intentando —es lo habitual, por otra parte— que ellos respondan o sean aquello que tú deseas o imaginas que deberían ser, que no es necesario ni tan siquiera que sea auténtico y verdadero, pues estas nociones, en términos literarios no tendrían que usarse, ya que, en este campo, son similares a lo falso y ficticio […] De todas formas, soy consciente de que lo que yo piense no tiene mucha importancia. Demasiados hombres a lo largo del tiempo —entre los que hay demasiados críticos que en su día fueron muy destructivos con auténticas obras maestras de la literatura— han considerado que lo que decían era demasiado importante o tenía su trascendencia. Incluso han llegado a cobrar por ello. O han creado una escuela que con el tiempo, lógicamente, ha desaparecido. Si bien la intención de Mario Bellatin no es acabar con este estado de cosas —aunque le gustaría— porque si no, se vería obligado a pedir limosna, lo cierto es que se sentiría bien si se considerase que todos sus libros y pensamientos son leves, no tienen más interés que el goce o disfrute y no tienen atisbos de trascendencia.
—ECP: Desde luego, la trascendencia es un tópico contra el que lucha tu literatura.
—MB: Mario Bellatin siempre dijo que había que gozar en el presente, que había que disfrutar se fuera o no trascendente, y que no hacía libros para ser recordados o estudiados en la universidad, pues su mayor deseo es que pudieran ser disfrutados.
—ECP: Razón por la que, pienso, muchos contemporáneos no entienden tu obra.—MB: Pero esto no es problema de Mario Bellatin.
—ECP: Pero sí te concierne.
—MB: En realidad, a Mario Bellatin no le conciernen demasiados asuntos relacionados con sus libros. Nunca se ha entristecido o enfadado por una crítica ni tampoco ha disfrutado cuando lo han alabado porque Mario Bellatin no se considera el autor de sus libros. Los ha escrito, pero no ha dejado su “ser”, como los escritores románticos consideraban, en ellos, por lo que tampoco tiene una opinión formada sobre estos. Son sus criaturas, pero hasta cierto punto. Como pueden serlo, por ejemplo, los hamsters y peces que hay en su casa. O las películas de otros directores. No le importa tanto haberlos escrito como que existan. Y en el mundo romántico del que todavía no hemos salido importa tanto quién lo escribió y el que llegara a escribirlo como lo escrito. Pero Mario Bellatin no piensa así, porque él no se identifica con su personalidad, dado que considera que no tiene ninguna, que es lo mismo que indicar que las tiene todas. Porque, en realidad, es un bailarín sufí que se encuentra en un lugar y en otro al mismo tiempo y no cesa de desplazarse y moverse sin que esto implique aceleración o signifique que sea imposible el reposo o la pausa en la actividad a la que se dedica, lo que, al fin y al cabo, es una demostración de que podemos serlo todo y nada al mismo tiempo, que es lo que Bellatin desea conseguir más allá de las habituales palabras altisonantes de aquellos quienes dictan las normas en literatura: llegar a escribir sin escribir.
—ECP: En todo caso, tú también has creado una Escuela de Escritura, ¿no es cierto?
—MB: Pero en ella se tiene prohibido enseñar escribir. Los alumnos aprenden a barajar cartas, bailar ballet o dibujar, pero nunca a escribir.(…)
—ECP: Por cierto, hablando de El jardín de la señora Murakami, ¿qué hay de tu relación con Japón o la literatura y arte japoneses?
—MB: Es nula. No existe. En muy escasas ocasiones he podido terminar de leer un libro creado por un autor japonés. Sin embargo, hay algo que me interesa de todos aquellos que he comenzado a leer antes de abandonarlos: el sentimiento de angustia y agobio que me provocaban. Esto me animó a intentar imitarlos. Me parecía una prueba de resistencia así como un motivo sumamente interesante construir un libro para provocar en el lector esa indescriptible sensación de vacío que me transmitían muchos de los libros japoneses que leía. Y he de confesar que me divertí bastante creándolos, lo que me sorprendió. Y me hizo redescubrir la literatura japonesa, de la que quise formar parte de una u otra manera, por lo que El jardín de la señora Murakami no se publicó con mi nombre en Japón, sino con un pseudónimo nipón. Además, empecé a vestir con atuendos propios de este país y a sentir una atracción morbosa por las sheikas que luego protagonizarían varios libros míos —ya lo sabes— como El gran vidrio y Vigilia Yazuka.
—ECP: Vaya, compruebo que vuelves a hablar de ti mismo en primera persona.
—MB: Porque ha habido un instante en que creías que yo era quien imaginabas que era.
—ECP: ¿Y quién imaginas tú que eres?
—MB: A veces, siento que soy un escritor, pero la mayoría de las veces Mario Bellatin se siente como un personaje de un libro todavía por escribir, un libro que podría llamarse La risa oscura, en el que el escritor mexicano terminara sus días dirigiendo un monasterio situado alrededor de un frondoso bosque de abedules en el sur de Japón.
(…)
—ECP: ¿Eres consciente de lo que provocas en tu interlocutor o en el lector?
—MB: Hasta cierto punto. Mario Bellatin es un invento creado por un mundo literario ávido de sorpresas, estéril y que tiene como único condimento el vacío. Es por ello que tiene muy en cuenta al lector y al público. Porque en un mundo tan gris, es necesario que haya alguien que lo golpee, lo provoque y le irrite para hacerlo sentir vivo o plantearse determinadas cuestiones que no pasan tanto por lo intelectual —ya lo ha dicho— como por lo sensorial. Mario Bellatin es como esos poetas románticos que morían por salvar la poesía y los libros míticos, mágicos de las culturas legendarias. O una especie de Ali-Babá cuyo cometido fuera cortar uno de los dedos a Scheerezade cada vez que ésta le contara una historia que no fuera de su agrado al sultán de Arabia. Pero también puede ser Mario Bellatin un entrenador de fútbol como Cicerón capaz de hacer discursos de mucho relieve. O un hombre que se siente acobardado si le falta uno solo de sus perros o cuando en una conferencia escucha que los asistentes allí presentes rasgan un folio en el que puede haber grabada una frase de uno de sus muchos libros […] En cualquier caso, he de dejar claro que Mario Bellatin no es un actor, pues siente en lo más profundo de su ser que tiene una misión en la vida, escribir, y debe cumplirla, y por ello está dispuesto a dar la vida o a pasar —como ha hecho en tantas ocasiones— más de veinticuatro horas al día escribiendo para después dormir y bostezar, que es lo que, en el fondo, desea que hagan todos sus lectores cuando se enfrenten a sus libros, bostezar de aburrimiento, pues considero que esto es sinónimo de inteligencia, ya que ni siquiera Mario Bellatin sabe a qué se refieren unos libros como los suyos que pueden causar tanto sopor como sorpresa y dolor y conseguir que, durante unos instantes, podamos pasear sin resignación.
—ECP: Dicho esto, poco te puedo decir. ¿Qué tienes que indicar a aquellos que te consideran un farsante?
—MB: Que tienen razón.
—ECP: ¿Por qué?
—MB: Eso no se puede explicar. Se siente o no se siente.
—ECP: ¿Y cuáles son tus sentimientos a este respecto?
—MB: Muy nobles, porque Mario Bellatin respeta todas las opiniones, lo que también le permite decir su opinión allí donde lo considere, aunque moleste, pues uno de mis objetivos es vivir sin resignación.
(…)
—ECP: Por esto supongo que a Mario Bellatin le gusta jugar tanto con su imagen y no desprecia, sino que se aprovecha, de los códigos consumistas y capitalistas por los que, aun mínimamente si lo comparamos con otros espacios, también se rige la sociedad literaria.
—MB: Exactamente. Buena definición. El primero que lo intuyó fue Duchamp. Warhol dio un paso más allá. Y yo pienso que Mario Bellatin se encontraría como algunos artistas del pop-disco —véase el caso Lady Gaga y anteriormente Modern Talking o Milli Vanilli— entre aquellos que han empezado a imponer este nuevo estado de cosas a la realidad.
—ECP: Pero, ¿me puedes explicar en qué consistiría exactamente este estado? Más que nada, para aclarar al lector.
—MB: Aunque no es del agrado de Mario Bellatin explicar ciertos aspectos o temas que deberían ser sabidos y conocidos por una mayoría de personas, te diría que ese nuevo estado de cosas se encuentra basado en tres aspectos fundamentales: 1) auto-promoción del artista y su atractiva personalidad sin importar la obra realizada en sí misma, 2) el desarrollo de todo tipo de actos pseudo-artísticos que completan el trabajo del artista y, en ocasiones, lo explican, lo redefinen o son más importantes que éste y el tercero es un secreto. Lo ha de descubrir el aprendiz de artista por el camino, pero es muy personal. Cada uno ha de encontrarse con este último aspecto por sí mismo o volver a estudiar a Andy Warhol, pero te diría que es dependiendo de cómo enfoques este último punto que conseguirás o no el éxito. Si lo comprendes y lo sabes utilizar, ya es tuyo. Te lo puedo confirmar.
—ECP: Suena bien. Centrándome en esta última parte de tu discurso, y ya terminando, ¿tú consideras que has alcanzado el éxito?
—MB: Vivo de la literatura. No es tan común como parece. Y lo más importante es que cuando me acerco a la Escuela que dirijo en el Distrito Federal no tengo que tratar con escritores sino con clowns, fotógrafos o corredores de medio fondo. Más que éxito, te diría que siento alegría por haberme podido fabricar y construir una vida lejos de los parámetros considerados como normales. Muy lejos.
—ECP: En cierto sentido, toda tu personalidad, como tus libros, está demasiado lejos de estos parámetros, por lo que es bastante normal lo que comentas. Lo que no es tan usual es lo que te comenté antes: que hayas conseguido o al menos dado la imagen de haber construido un mundo a tu alrededor a tu imagen y semejanza. Por cierto, ¿y qué me puedes indicar de aquellos cursos que organizas de tanto en tanto en que varias personas se reúnen para construir un libro?
—MB: Es otra más de las dimensiones que ha desarrollado Mario Bellatin alrededor suyo. Y, en realidad, otra de las facetas a través de las que está intentando atacar y acabar de una vez con el concepto “romántico” de la literatura que todavía impera en general en todos los ámbitos —universidad, librerías, lectores, críticos— relacionados con este campo. Intento crear un texto entre personas anónimas que no se conocían previamente y tal vez tengan escasos conocimientos literarios. Se trata de demostrar que no existe la “musa” y que lo importante es el trabajo, que con trabajo todos podemos crear textos literarios más o menos válidos que luego, sí, habrá que pulir o desarrollar con fantasía e imaginación pero que, en esencia, ya son legibles e incluso publicables. Todos los días se trabaja durante horas y horas una idea. Cada uno de los discípulos que participa en el ritual ha de trabajar durante varios días un texto cuya extensión no sea mayor de dos páginas. Mario Bellatin intenta, en primer lugar, —y para ello da consejos, ideas y realiza correcciones— que todos los participantes en la celebración tomen conciencia de que si trabajan un texto durante horas y horas, el resultado probablemente será bueno, porque la literatura depende más del trabajo que de la inspiración […] En este sentido, no importa tanto el tema del libro sino la visión desde la que se desarrolla. Como para la realización final, es necesario que todos los participantes adapten sus escritos a los de otros —como si fueran una orquesta musical— para dar armonía y relieve al concierto. El director Mario Bellatin apenas es aquí una voz neutra que fustiga la conciencia de los violinistas o golpea al contrabajo y las coristas para que el espectáculo cinematográfico pueda ser disfrutado y asegure un mínimo de calidad […] Para Mario Bellatin es una actividad bastante reconfortante porque le permite tomar contacto con la realidad de la calle. Salir del castillo en el que vive, medita y realiza sus entrenamientos en Viena y reencontrarse con el pueblo y el público real que, de una u otra forma, siempre nos permiten la regeneración. Es como una cura de desintoxicación del tabaco.
—ECP: Bueno. Finalmente, decirte que ha sido un placer. Estoy muy satisfecho con los términos en que se ha realizado esta entrevista. Tan sólo una cosa más. Últimamente estuve introduciéndome en tu facebook y me reí mucho con tus entradas […] En muchas de ellas apareces como un monstruo rabioso y feroz que odiase a la cultura española. La acusas de poseer un lenguaje muy poco compacto y, por tanto, difícil de utilizar para un escritor, a diferencia del inglés, de haberse creído, como país, que formaba parte del primer mundo y, por ejemplo, celebras la independencia de México no tanto por la liberación de muchos de tus compatriotas sino más por lo que esto pudo suponer de afrenta y humillación para el orgullo de los españoles. No creo que merezca la pena contestarte porque es lo que buscas —además de, supongo, utilizando las premisas de Warhol, volcar la atención en ti—, ni por supuesto enfadarse. Tú puedes considerarte como quieras, pero no creo que puedas introducirte en el mercado anglosajón. Y, sin embargo, en España estoy convencido de que tu público va a crecer y te será fiel. ¿Qué consigues con todo esto?
—MB: Las palabras tienen una carga emocional contra la que Mario Bellatin lucha. Él aspira a no transmitir, a no dar significados. Prefiere lógicamente provocar interrogantes que respuestas. Creo que mejor contestación no puedo darte. Siendo clemente.
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La vana tarea de las palabras

Vanitas. Foto: sibileishons
Un nuevo post en “Vano Oficio” mi blog en El País. Aquí explico el origen del título del blog y de mi fenecido programa de TV.
Dice:
En el 2000 había publicado un libro titulado La disciplina de la vanidad (intento de hacer un retrato del artista adolescente, pero con agentes literarios y encuentros de escritores) cuando recibí la llamada del gerente de TV del canal de Estado ofreciéndome una entrevista. Ya había sido entrevistado varias veces, en ese canal y en otros, así que no me sorprendí tanto, pedí la hora y el día y estuve puntual. Pero esta vez, en lugar de conducirme hacia el set o pasar por maquillaje, me llevaron a la sala del presidente del canal y entre él y el gerente me tuvieron sentado y hablándome unos diez minutos antes de que pudiera darme cuenta de que, en realidad, era una entrevista de trabajo.
Fue así que me ofrecieron conducir un programa de TV sobre literatura. No tenía ninguna experiencia en TV, más allá de esporádicas entrevistas, pero sí bastante arrojo, así que acepté. Antes tenía que pasar por una prueba, que en televisión se llama “programa piloto”, y me preguntaron a quién podía entrevistar. Por coincidencia, el escritor secreto menos secreto de América Latina, Mario Bellatin, estaba alojado en mi casa por esos días así que lo propuse y les pareció estupenda la idea. Ahora solo faltaba pensar en un nombre para el programa. Me propusieron uno malísimo: “El Aleph”. Les advertí que de ninguna manera aceptaría un nombre que tuviese que ver con escritores, libros o letras. ¿Entonces cuál? El primero que vino a mi mente fue “Vano Oficio”.
No era la primera vez que intentaba colocar el nombre de “Vano Oficio” sobre mi firma. Mucho antes, a fines de los años 80, propuse tener una columna cultural con ese nombre en un suplemento dominical. La columna pretendía ser un ensamblaje arbitrario de ideas y noticias literarias, algo así como un blog antes de que los blogs existieran, que al editor no le hizo gracia. Pero habían pasado varios años de eso y había llegado el momento de desempolvar el nombre que tanto me gustaba (y que, además, se había reactivado con la escritura de La disciplina de la vanidad) y así lo hice.
Desde luego, muchos de los escritores que pasaron por mi set durante los siete años que duró el programa me preguntaron, algunos con suspicacia, otros con curiosidad y varios con bastante rudeza, por qué se llamaba así el programa y si yo, realmente, era un snob que pensaba que la literatura era una hoguera de vanidades. A todo aquel que quisiera escucharme le explicaba el origen del nombre y lo que significaba para mí. No creo haber sido muy convincente; los veía retirarse con la sospecha de que el título del programa era, más bien, un pretexto para camuflar mi cabalgante vanidad.
Ahora intento explicarlo otra vez.
El nombre surge de un poema de Luis Cernuda titulado “La gloria del poeta” y, más precisamente, de unos versos de ese poema: “Porque me cansa la vana tarea de las palabras,/Como al niño las dulces piedrecillas,/ Que arroja a un lago, para ver estremecer su calma/Con el reflejo de un gran ala misteriosa”. Siempre me gustó que el poeta representase la “tarea de las palabras” como un niño arrojando piedras para ver estremecerse al lago, aunque sea solo por unos segundos. El niño y el poeta saben que luego el lago volverá a su habitual calma y ni las piedrecillas ni las palabras habrán logrado dejar huella. Es decir, una tarea “vana” no por vanidosa sino por inútil. Como decía Gustave Flaubert : los escritores intentan hacer una música celestial capaz de estremecer a las estrellas, pero su musiquita apenas basta para hacer bailar a los osos. Pero si la palabra “vana” implica la inutilidad del esfuerzo, el sin sentido de querer lograr más sin conseguirlo, dejándonos al final con la sensación de vacío, de vacuidad o carencia, la palabra “tarea” (que yo cambié por “oficio” para hacer más eufónico y también más visual el título, con esas “o” enlazadas que esperaba que un diseñador supiera aprovechar) me remite al esfuerzo con que realizamos nuestro trabajo. Es cierto, los escritores estamos condenados a, con suerte, apenas estremecer unos segundos el agua de un quieto lago antes de desaparecer. Pero ponemos en ese esfuerzo todo nuestro oficio, nuestras herramientas adquiridas en cada lectura y cada jornada de trabajo, nuestro aprendizaje vital, nuestro conocimiento. Un escritor digno jamás dejaría nada al azar. O, mejor dicho, incluso el azar debe estar contemplado en lo que Vladímir Nabokov llamaba el “arte superior”.
Leo Pulso, el libro de cuento de Julian Barnes (quien antes mencionó el tema de la vanidad literaria en El loro de Flaubert) y me encuentro con la siguiente reflexión debida a una escritora que tuvo ya sus quince minutos de fama: “Cualquiera que entendiese un poco sobre arte sabía que jamás alcanzaba aquello con lo que su creador había soñado. El arte siempre quedaba corto, y el artista, lejos de rescatar algo del desastre de la vida, estaba condenado por lo tanto a un doble fracaso”.
Es vana la tarea de las palabras. Es un vano oficio, qué duda cabe. Pero no nos apresuremos en llamar “vanidoso”, por petulante o soberbio, al escritor, sino más bien consideremos que todo esfuerzo literario es vano porque está llamado a terminar en derrota. Incluso los más grandes triunfos no son sino doradas medianías o espléndidos fracasos. Pero una derrota a priori jamás ha detenido a nadie. Probablemente, el arte siempre se quedará corto para cumplir con nuestros sueños, pero es lo único que tenemos para bucear hacia el interior de las cosas y de nosotros mismos. De eso se trata este vano oficio: siempre intentar ir hasta el fondo, sabiendo que llegar hasta donde podamos, aunque quedemos lejos de la meta, siempre será mejor que no intentarlo.
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