Blog de noticias literarias. Dirigido por Iván Thays.

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  1. Los libros del 2012 Revista Ñ

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    Listas. Javier Joaquín

    La Revista Ñ le ha pedido a cien colaboradores, entre escritores y críticos literarios argentinos, que digan cuáles han sido sus libros favoritos del 2012. Los votos se han dividido en Narrativa Extranjera, Narrativa Argentina, Poesía y Ensayo. Aquí está la lista de los que votaron y por quién votó cada uno.

    Aquí las listas:

    NARRATIVA ARGENTINA

    El viento que arrasa de Selva Almada (Mardulce)

    Papeles de trabajo de Juan José Saer (Seix Barral)

    Una misma noche de Leopoldo Brizuela (Alfaguara)

    El amor nos destrozará de Diego Erlan (Tusquets)

    Borgestein de Sergio Bizzio (Mondadori)

    El loro que podía adivinar el futuro de Luciano Lamberti (Nudista)

    Canción de la desconfianza de Damian Selci (Eterna Cadencia)

    NARRATIVA EXTRANJERA

    La soledad del lector de David Markson (La Bestia Equilatera)

    La tercera fábrica/ Érase una vez de Viktor Shklovski (FCE)

    Sangre en el ojo de Lina Meruane (Eterna Cadencia)

    El hijo del cielo de Victor Segalen (Mardulce)

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  1. Una herida argentina que sangra

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    carátula de la novela

    Acabo de terminar de leer La misma noche de Leopoldo Brizuela, ganadora del premio Alfaguara de Novela 2012, y no puedo dejar de relacionarla con la enorme cantidad de novelas -algunas de manera elíptica, como Ciencias morales de Martin Kohan, y otras de manera concreta, como la de Brizuela- que tratan de reconstruir los años de la dictadura argentina. Y al parecer, el chorro no cesa (espero que no termine en hemorragia, como sucedió con la guerra civil española). Leo en Revista Ñ la reseña de Susana Rosano a un libro llamado Asfixia de Elisa Bellmann, editado por Homo Sapiens.

    Un médico psiquiatra a poco de jubilarse y su paciente, una mujer distante, un poco huidiza. Una novela que comienza planteando un enigma donde la identidad es una pregunta a resolver, una herida que sangra y una serie de acontecimientos que rápidamente se enredan con el pasado. El que tiene la paciente y también el que compartimos los lectores de este melancólico relato. Y en este sentido, el título de la primera obra de Elisa Bellmann, Asfixia se puede leer claramente como una metáfora de nuestra historia reciente. A quien se está asfixiando se le cierran los pulmones, el oxígeno deja de llegar a su cuerpo. Y aunque tenga la suerte de no morir, después de sentir asfixia nadie volverá a ser el mismo: el ahogo lo acompañará para siempre, como memoria del alma. Se trata de un trauma, de muertes que incomodan, de un dolor que no cesa.

    “El día de la tercera entrevista había una contradicción en su apariencia. Un agobio añejo era tan visible en la curva de la espalda. Tal vez no podía hacer nada más para ocultar su dolor y le asomaba, sin autorización, una infinita tristeza”. El diagnóstico da cuenta de la extraña relación que se establece entre el psiquiatra y esta mujer que llega intempestivamente a su consultorio, ubicado en una ciudad del interior del país, un viernes a última hora, con la sola intención de que le permitan hablar. La mujer fuma y fuma, enigmática, distante, mientras relata su historia personal donde hay una madre muda y muerta, una hermana gemela asesinada durante la dictadura y un padre comisario obstinado en perseguir al novio de la gemela, militante político.

    El psiquiatra es un hombre grande, viudo, cansado. Tuvo un pasado de éxito profesional, dictó conferencias, viajó y participó de congresos. Defendió incluso una teoría donde rechazaba la inimputabilidad. Al inimputable, pensaba el doctor, no se lo condena pero se le impide la posibilidad de purgar su culpa, de librarse del tormento de la culpa. Pero la mujer no siente culpa; enfrenta al psiquiatra desde una máscara y una vida de hierro. El pasado, parece decir, ya no le importa, puede controlarlo. Supo construir una vida afuera, en España, con hijos, marido y profesión. El pasado no le importa. Sólo quiere, y paga por ello, tan sólo poder hablar.

    Pero el pasado siempre vuelve, sobre todo cuando no se logra comprender. Vuelve como memoria o como pesadilla, como deseo o trauma, como amenaza o ilusión. Sólo se trata de reconstruirlo desde la memoria y acomodar cada pieza como en un rompecabezas. “No hay olvido mejor olvidado que el de los memoriosos, pues siempre es selectivo, obstinado y autoritario”, dice la novela. “Tú no puedes volver atrás/porque la vida ya te empuja/como un aullido interminable, interminable”, replica el poema de Juan Goytisolo. En esa tensión entre un pasado que acecha y la vida que siempre insiste se puede leer la impecable novela de Elisa Bellmann.

    También pueden leer la novela en Página12 a cargo de Beatriz Vignoli.

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  1. “Necesité mucho tiempo para poder recordar ese tiempo”

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    Leopoldo Brizuela en España

    Leopoldo Brizuela, ganador del premio Alfaguara 2012 con Una misma noche, ha dado una entrevista digital al diario El País. Aquí algunas de las preguntas y respuestas más interesantes:

    Leopoldo, me parece que tu novela aunque habla de Argentina puede ser perfectamente aplicada a la realidad española: no queremops ver y cuando un juez quiere investigar… lo despiden. ¿Crees que puede ser así?

    Bueno, no soy quién para hablar de la situación española. Pero lo que te puedo decir es que mi reciente paso por Madrid muchos de los periodistas que me entrevistaban y los mismos lectores hacían esa relación. Yo nunca pensé que podía relacionarse con los hechos de la Guerra Civil, pero evidentemente la lectura de UNA MISMA NOCHE revive experiencias parecidas, sucedidas durante esa y guerra y la posguerra, que no por amordazada parece menos dolorosa.

    La memoria que duele y lastima el futuro, como ser testigo de secuestros y otros atropellos en una dictadura militar, ¿le fue más difícil de tratar que otras cuestiones en el conjunto de su obra literaria?

    No. Todo lo contrario. Escribí como llevado por una fuerza que, así lo sentía, no salía de mí, sino que me llegaba de algún otro lado y me atravesaba. Fue un proceso apasionante. La dificultad estuvo antes. Necesité mucho tiempo para poder recordar ese tiempo. O para recordar, al menos, alguno de los hechos que luego inspiraron la escritura. Y he necesitado décadas para poder ponerlos por escrito.

    ¿Qué va a hacer con los 170.000 dólares? ¿Se puede vivir de escribir? Gracias

    No lo sé, Angeles. Trato de no hacer planes todavía. Sinceramente, tengo que ver cuánto de esos dólares queda después de los debidos impuestos a ambas administracioes tributarias -la argentina y la española. Es dificil vivir de los libros, es cierto (en todo caso, uno no debe pensar en eso); pero se puede vivir EN literatura. Y de hecho, todos mis trabajos desde el principio han tenido que ver con ella: dar clases, publicar notas sobre literatura, traducciones, etc

    ¿Podría considerarse ‘Una misma noche’ como un thriller? Gracias

    Intereantísima la pregunta. Tendríamos que ponernos de acuerdo en la definición de “thriller”. Pero sí creo que es, ante todo, una historia de suspenso, que pretende “mantener en vilo” la atención del lector tal como el protagonista vive en vilo por la resolución de un enigma. Y por otro lado, son muchos los elementos que he tomado de la novela polícíaca, además del enigma… como muchísima novela contemporánea, creo, por lo demás.

    Tengo entendido que el premio Alfaguara es una locura y supone una gira enorme. ¿Es así? ¿Vas a moverte mucho? Si es así ¿a dónde? Saludos

    Sí, tengo una larguísima serie de viajes por delante, que ya me da muchísima felicidad. Voy a estar hasta fin de año viajando por toda latinoamerica. A razón de diez días de viaje por mes. En los intervalos estaré aquí en casa, y mi única preocupación es inventarme algo que pueda escribir en semejante período.

    Usted era muy joven en tiempos de la dictadura pero ¿cómo la vivió?

    La dictadura duró del 76 al 83. Mi primer día de clases de escuela secundaria fue el día del golpe: tenía doce años; cuando la dictadura cayó yo tenía veinte. De manera que me formé, puede decirse, en esos tiempos, en el clima de represión generalizada. El período peor en mi caso fue el de la Guerra de Malvinas y sus secuelas: tengo exactamente la edad de los chicos que la dictadura mandó al muere en esa guerra estúpida.

    ¿El drama tenía que ser por la noche? Felicitaciones por su novela.

    Qué interesante que me haga esta pregunta alguien que se llama Aurora!!! Y qué interesante en verdad. Sí, yo siento que el tiempo de esta novela, más allá de las anécdotas, es la noche. Y no tanto la noche que vendrá; sino la noche que es del otro lado del mundo, por detrás de este día.

    La mayoría del buen cine y buenas novelas hablan sobre el sufrimiento, con mayúsculas. ¿es la única forma de hacer buena literatura? ¿si arreglamos el mundo se acabaron los temas de los que hablar? ¿habrá que recurrir al pasado para la ficción? Gracias.

    Hola Juanjo. Qué interesante tu planteo. Yo no estoy de acuerdo con él. Creo que el arte que no evoca el sufrimiento ha sido muy menospreciado, sobre todo en lo que entendemos por tradicción occidental; pero hay obras inmensas que no lo connotan, que implican celebración y humor. Pero bueno, uno no elige demasiado los temas, y está bien que así sea; una obra es verdadera cuando el tema lo elige a uno, y el tema elige su manera de decirse.

    Querido Leopoldo: me gustaría que nos dijeras algo sobre lo que te ha aportado la obra de jorge luis borges y de juan gelman.

    Es curioso. Mientras corregía hace meses la novela tuve que dar, en clase, para mis alumnos, un cuento de Borges; y, aunque no había recordado su obra mientras la escribía, me di cuenta de que es muy borgiana: las concepciones sobre la memoria, sobre la propia identidad, sobre ese acto que nos define, están en Borges. Y no me sorprende: porque Borges es un autor que “llevo puesto” desde muy chico. En la novela sí está evocada su figura, su rol de intelectual público durante la dictadura, que por supuesto me rechaza todavía.

    Felicitaciones. Quisiera saber cuál fue la parte más difícil de escribir la novela y si dentro de los Alfaguara anteriores tienes un favorito.

    Hola Antonio. En términos de desafío literario, bueno, desde el principio me parecía complicada de resolver la tarea de contar varias veces la misma escena, de acuerdo con géneros diferentes, o con cambios en la cronología o con datos nuevos que le aparecían al narrador… Me esmeré en eso. Por eso lo que me pone más feliz es saber que a los lectores no sólo no les aburre que empiece una vez más a contar lo mismo de manera difernete, sino que les intrigue cómo será la proxima vez.

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  1. Una novela sin culpables ni héroes

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    Leopoldo Brizuela

    Desde Madrid, el diario ABC comenta la presentación de Leopoldo Brizuela en la Feria del Libro de El Retiro, presentando Una misma noche, la novela ganadora del último premio Alfaguara. “La escritura tiene una potencia absoluta y fascinante para revivir los recuerdos” dice Brizuela.

    Dice la nota de E. Vasconcellos:

    Recordaba los detalles de aquel suceso con cuentagotas, hasta que los puso sobre el papel. «La escritura tiene una potencia absoluta y fascinante para revivir los recuerdos», explica, «creo que la literatura está precisamente para eso, para ayudar a recordar a la comunidad». Y añade: «Me resulta difícil pensar qué habría hecho si no lo hubiese escrito, qué habría hecho para librarme de ello».

    El argentino no lanza una mirada analítica desde el presente hacia el pasado, sino que trata de reconstruir el «universo mental» de sí mismo y de su entorno en el momento del registro. Dar un salto en el tiempo y abstraerse de toda la producción cultural (enciclopedias, testimonios, películas) en torno al régimen de Videla.

    Leopoldo vuelve una y otra vez sobre los resportes de la memoria. Le interesa esa capacidad tan propia del ser humano de olvidar lo que no le interesa o le produce dolor. «La memoria es una entidad en constante mutación», explica, «que nos permite modificar nuestro propio pasado».

    El autor no juzga a sus personajes –inventados pero con un reconocido poso autobiográfico–, sino que les concede el beneficio de la duda en situaciones «oscuras». «Intento comprender qué pensaba cada uno, qué sabía y hasta qué punto podía decidir», señala. La sombra del colaboracionismo civil, activo o pasivo, es alargada en los regímenes autoritarios. Para Leopoldo, lo auténticamente «terrorífico» de la novela no es el asalto, sino el hecho de que Leonardo Bazán, su alter ego en la novela, «se encontrase frente a una dictadura que podía durar 40 años y simplemente eligiese una vida dentro de eso».

    En su novela no hay culpables. Tampoco héroes. Trató de evitar los discursos épicos o victimistas de algunos supervivientes. «Cuando la gente habla de estos temas, resulta que todo el mundo fue valiente, resistió, salvó vidas… ¿Por qué nos da vergüenza reconocer que alguna vez tuvimos miedo?», se pregunta.

    Leopoldo escribió «Una misma noche» entre las seis y media y las ocho de la mañana durante algo más de un año. «Eso te hace sentir tranquilo por el resto del día», sonríe. Trabaja encima de una cama, «en posición de buda», y escribe con papel y pluma: «Estoy convencido de que así pasan cosas distintas…».

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  1. Leopoldo Brizuela reseñado

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    Leopoldo Brizuela

    La novela de Leopoldo Brizuela, Una misma noche, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2012, ya está circulando en España y Ernesto Ayala-Dip le hace una reseña para Babelia. Con un tema centrado sobre la dictadura argentina, dice Ayala-Dip “es uno de esos relatos terribles que pueden servir para hacernos sus mismas preguntas y sus mismas reflexiones”.

    Dice además:

    No saber lo que estaba ocurriendo, es lo que uno puede creer que sucedió en Argentina entre 1976 y 1982. Pero a medida que pasa el tiempo se comienza a sospechar que la gente sabía más de lo que estaría dispuesto a aceptar hoy que sabía. O sea, parece que saber se sabía: primero porque es difícil no preguntarse por qué acribillan a alguien en el centro de la Avenida 9 de Julio o por qué secuestran a una persona en plena noche del 24 de diciembre. (He comprobado en algunos listados de desaparecidos que los llamados grupos de tareas no descansaban ni en días tan señalados como la Nochebuena, Nochevieja, primero de año o Reyes, ni incluso en los tan arraigados carnavales porteños).

    (…)

    Alguien llamado Leonardo Bazán vive en la misma casa familiar de siempre con su anciana madre. Es escritor. Estamos en la ciudad de La Plata. Año 2010. Una noche, un coche de la policía está aparcado enfrente de donde vive el escritor. Casi con su consentimiento, como si formara parte del mismo grupo, de la misma tarea nocturna, unos individuos entran en una casa y roban. Leonardo Bazán es testigo de una circunstancia extraña pero no excepcional. Digamos que es ahí, en ese instante, cuando la novela enfila hacia su ominoso nudo. Leonardo Bazán tiene las mismas iniciales que el nombre del autor, Leonardo Brizuela. Y como él, nació el mismo año y en la misma ciudad. Y como él, es escritor. No quiero indicar ningún trazo autobiográfico en la novela, aunque lo hubiera. Pero pienso que no debe haber nadie en ese país, con la edad de Bazán (o Brizuela), que no se haga las mismas preguntas que ellos. Bazán ha visto en la noche algo que le recuerda otra noche de hace treinta y cuatro años. Las noches son semejantes, una cercana sensación de abismo metafísico (“En este sitio, nosotros ahora somos Dios”, advertían los torturadores a sus víctimas). En el recuerdo difuso por los años y por una especie de resistencia ya no a saber sino a entenderlo todo, Bazán se encuentra con una verdad insoportable. Una visita al corazón de esas tinieblas llamado Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) completa la definitiva respuesta a todos sus interrogantes.

    Una misma noche es uno de esos relatos terribles que pueden servir para hacernos sus mismas preguntas y sus mismas reflexiones. Resulta curioso que ahora recuerde las palabras que Borges le dedicó a una novela de Adolfo Bioy Casares (El sueño de los héroes): “Novela de una trágica plenitud”. Curioso porque precisamente en la novela de Leopoldo Brizuela se dan cita la tragedia de un país y la plenitud de su forma narrativa. Y me acordé de La aventura de un fotógrafo en La Plata, del mismo Bioy Casares: esa coincidente atmósfera de conspiración y connivencias innominadas, de daydream inacabable. Lean Una misma noche y comprueben cómo la escritura de un hecho como el que se narra puede convertirse en su luto (que hubiera dicho Jorge Semprún) y en su luz.

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  1. Todo comienza con un viaje

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    Laura Alcoba

    Una nueva reseña del libro Los pasajeros del Anna C. (Edhasa) de Laura Alcoba, escrita en francés y traducida por Leopoldo Brizuela. La reseña la firma Héctor Pavón para Revista Ñ.

    Dice la reseña:

    Durante nuestra travesía del Atlántico a bordo del Anna C., yo debía de tener poco más de un mes de vida.” Son las palabras de quien reconstruyó ese camino de vuelta de los protagonistas de una novela que para ella era el de ida. Hay en Los pasajeros del Anna C. (Edhasa) una historia de otros que no deja de ser nunca la de la propia autora; una historia muy original que narra un lugar imaginado muchas veces, pero contado pocas.

    Todo comienza con un viaje. El de iniciación. Hacia el destino sudamericano que significaba Cuba parte un grupo que serán conocidos como “los cinco de La Plata”. Allí están Manuel y Soledad, son pareja y serán padres poco antes de que el periplo concluya. El faro ideológico cubano está encendido y hacia allí se dirige este grupo a formarse ideológicamente y a entrenarse militarmente para la Revolución a mediados de los sesenta. Pero no es algo abstracto, hay una misión que los espera y hay un fantasma que los convoca desde la clandestinidad: el Che. Una especie de existencialismo revolucionario, una espera interminable, una misión que no llega, que no se concreta, que fracasa.

    Para hacer este libro, Alcoba usó un grabador de periodista y así entrevistó a los protagonistas de esos años, por lo menos los que pudo hallar; por lo menos los que estaban vivos. Y también tuvo un par de encuentros con una figura mítica, el filósofo francés Régis Debray quien fue arrestado en Bolivia después de encontrarse con el Che, apresado y fusilado poco después. En París habló con Alcoba y la primera cuestión que le planteó a la autora fue la imposibilidad de acceder a la experiencia de quienes vivieron el momento de la formación insurgente en la isla. Debray le planteaba que si nadie había hablado ni escrito (salvo él mismo en unas pocas páginas) lo que en esos “cursos” ocurría, mucho menos alguien, que no había estado allí, iba a poder narrarlo. La autora aceptó el desafío y devolvió un libro que es una narración impecable. No sólo por la prosa desplegada sino también por la reconstrucción de una cosmogonía sesentista que no había sido abordada desde ninguna óptica.

    El texto cruza con virtuosismo caminos reales y recreados donde triunfa el abordaje literario. Hay un retrato de la época que ubica en primer plano el tráfico ideológico imposible de eludir en esos momentos y también dibuja un fondo fundamental en el que surge con nitidez la ruta veloz que lleva de la adolescencia a la adultez sin escalas. Hay una juventud que se extravía por el ritmo intenso que la Historia les impone. Ellos aceptan ser protagonistas pero, al menos en este capítulo sesentista, van a ser postergados. Ese grupo de La Plata después se va a encontrar con otros jóvenes de raíz católica que van a ser, a pesar de su jóvenes años, figuras relevantes de la primera aparición montonera. Ese encuentro no va a ser fácil y precipitará el desenlace. Después vendrá la muerte del Che, de quien estaban esperando su llamado y el retorno a la Argentina. Todo volverá a empezar.

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  1. Esta semana aparece el Premio Alfaguara

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    Leopoldo Brizuela

    “Si me hubieran llamado a declarar, pienso. Pero eso es imposible. Quizá, por eso, escribo.” Ese es el primer párrafo de la novela Una misma noche de Leopoldo Brizuela, ganadora del premio Alfaguara 2012 de novela, y que esta semana entrará en librerías.

    Aquí está la carátula:

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    El blog Papeles perdidos hace un adelanto en PDF.

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  1. La perdurable pasajera Laura Alcoba

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    Laura Alcoba

    Laura Alcoba no solo es una excelente y detallista traductora (tuve la suerte de que traduzca al francés un cuento y una novela mía) sino que, además, es una gran narradora. He tenido la oportunidas de leer La casa de los conejos y Jardín Blanco y me he quedado asombrado por su calidad. Ambas novelas, igual que la reciente Los pasajeros del Anna C. han sido editados en castellano por Edhasa. Laura Alcoba, argentina afincada desde hace años en París, escribe en francés y tiene como traductor al castellano ni más ni menos que a Leopoldo Brizuela. Laura nació en Cuba, aunque sus papeles dicen Argentina, y vive en París. Algo de eso aparece en sus libros sobre la identidad y la supervivencia.  

    En Radar Libros Sebastián Basualdo hace una reseña de su nuevo libro:

    “Yo trato el tema de la supervivencia, que es uno de los motores de mi escritura”, dice la escritora durante la entrevista. Hace unos días llegó a Buenos Aires para presentar en la Feria del Libro su tercera novela, Los pasajeros del Anna C., donde logra amalgamar a partir de distintos relatos la travesía de un grupo de jóvenes que, liderados por un muchacho llamado el Loco, a mediados de los años sesenta los convoca para incorporarse a la Revolución Cubana. Soledad no estaba destinada a destejer su espera como una Penélope mientras Manuel se incorporaba al grupo que más tarde se denominaría Los Cinco de la Plata; por eso ante una imprevista deserción surgió la posibilidad, la pregunta del Loco se impuso con todo el peso que tiene la historia: “Alguien podría ir en su lugar”. Y entonces, volviéndose a mirar a Soledad, agregó: “¿Te animás?”. Por supuesto. ¿Cómo hubiera podido negarse? “Manuel me dice que Soledad necesitó envejecer mucho para hacer ése, su primer viaje –escribe Laura Alcoba–. Acababa de cumplir dieciocho años y los papeles que le había remitido el Loco para viajar a París estaban a nombre de una tal Cristina Moreau, que tenía tres años más que ella y lucía, por lo tanto, mayor.”

    (…)

    La obra de los escritores no se construye en un sentido lineal o progresivo en relación con la recurrencia de sus temas. Y en este sentido Los pasajeros del Anna C., podría ubicarse antes que La casa de los conejos si uno quisiera rastrear tu búsqueda narrativa. ¿Cómo nace la idea del libro?

    –El libro surge de las ganas que tenía de reconstruir mi nacimiento, si bien no es el objeto del libro. Yo tenía la extraña impresión de que, si bien con La casa de los conejos ya había salido del silencio, todavía sentía que había algo que conservaba de la clandestinidad, y ahora me doy cuenta de que lo seguiré conservando de por vida: el hecho de no haber nacido en el lugar que figura en los papeles. Tengo papeles verdaderos y falsos; mis padres me anotaron como si yo hubiese nacido en Argentina. Eso lo sé desde siempre y lo digo también en La casa de los conejos. Finalmente decidí corresponder a mi verdad desde hace un tiempo. Nací en Cuba. Entonces pensé que era hora de reconstruirla. Comencé a investigar. Así surgió la idea de la novela. El problema era que no tenía documentos, no tenía enlaces, salvo las memorias de cada historia, el relato de mis padres, y de dos personas más, en la novela el Loco y Antonio, todas fuentes orales. Con mi padre iniciamos un diálogo que no habíamos tenido desde hacía mucho tiempo. Creo que la relación que tuve con mi padre es epistolar desde que él estaba en la cárcel y yo viviendo en Francia. Nos escribíamos una vez por semana. Ahora él vive en Barcelona y a partir de la novela reanudamos nuestra relación epistolar, que marcó siempre mi relación con él.

    (…) 

    Resulta un poco complejo hablar de esos jóvenes como generación, se inclina uno naturalmente a la idealización, pareciera que se concentrara todo en ellos: la lealtad, las convicciones políticas, la literatura como medio de conocimiento. Pero también el desencanto, la derrota.

    –Creo que es una historia que dice mucho de una generación al nivel del planeta. Para mí es una generación, tal vez la última, que permite la épica o la lírica. Pero también es una epopeya imposible donde encarnan la utopía misma. Recuerdo que fui a visitar a Régis Debray, yo le había enviado una carta junto a La casa de los conejos, y cuando le comenté sobre qué pensaba escribir, me dijo: “Es imposible escribir sobre eso porque tu generación no puede entender eso que había en el medio entre la esperanza y la espera para nosotros”. Le dije que igual iba a tratar y cuando finalmente leyó la novela me dijo: “Sí, lo entendiste, leyéndote encontré esa espera y esperanza”. Pienso que un impulso los pone en marcha, la certeza absoluta de llegar al ideal, quizá tiene una dimensión mítica. Estos jóvenes quieren inventar el amor de nuevo. Por otro lado terminan haciendo un viaje de hambre y vuelven a la Argentina sin ese ideal y como sus antepasados: en un barco.

    ¿Cómo fue la recepción de Los pasajeros del Anna C. en Francia?

    –Fue una sorpresa muy grande, una satisfacción muy grande para mí. La cantidad de lectores que se reconocieron. El Mayo Francés fue atravesado por ese deseo también, aunque de manera diferente, menos trágica, diría, por sus consecuencias; pero si hubo algo que se compartió fue ese deseo, por eso hay personas que también se encuentran en el relato; porque no sólo me lo contaron a mí, sino que también hay chicos de veinte y treinta años que encuentran ese momento lírico del que les hablaron, ese cuento que les transmitieron, esa fábula de amor.

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  1. En México disparan contra el Premio Alfaguara

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    Rosa Montero anuncia el Premio Alfaguara de Novela

    Críticos mexicanos como Geney Beltrán, Armando González Torres, Rafael Lemus, David Miklos y Roberto Pliego criticaron el Premio Alfaguara, y de paso, todos los premios editoriales, por considerarlos convencionales, con interés en lo comercial y, además, mediocres y olvidables.“Al final es menos un premio que una inversión” resume Rafael Lemus. Mientras tanto, Pliego destaca la gran calidad del anterior ganador (Juan Gabriel Vásquez) y dice: “Si este año  Alfaguara vuelve a premiar la calidad y no a inventar un falso prestigio literario, podremos seguir considerándolo como el único y verdadero reconocimiento a las letras en lengua española”.

    Desde luego, todos se refieren a los premios en general y no específicamente al que acaba de ganar Leopoldo Brizuela, que aún no han leído (y cabe anotar que las entrevistas fueron hechas antes de que se supiese el resultado). Y creo, además, que tampoco han leído las obras anteriores de Brizuela, como Inglaterra, una fábula o Lisboa, un melodrama, porque de haberlos leído, sin duda, le hubieran dado un voto de confianza a ojos cerrados. Son novelas extraordinarias y nada dice que la que ganó el Alfagauara no pueda serlo también.

    Dice la nota de El Universal:

    Para el crítico literario y escritor Geney Beltrán la regla del Premio Alfaguara ha sido comercial, no literaria,  por eso la calidad de los libros premiados es dispar “con predominio de lo mediocre y lo olvidable” y le onfirma que Alfaguara no tiene un  interés en la literatura por sí.

    “Tiene interés en las ventas y para eso ha venido organizando un premio con el aval de escritores importantes en el papel de jueces, pero que ha decepcionado al ser otorgado en la mayoría de los casos a  novelas convencionales, formalmente timoratas y acríticas con el lenguaje y la materia a la que se acercan”, dice Beltrán.

    Opinión semejante es la de Armando González Torres, Rafael Lemus, David Miklos y Roberto Pliego, pues aunque celebran una que otra novela -dos de ellos mencionan El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez-, hacen una severa crítica.

    Roberto Pliego dice que a través de ese galardón se erigen prestigios sobre cimientos muy endebles. “Un libro premiado alcanza enormes tirajes, lo que supone enormes ventas. Un premio no es sinónimo de calidad literaria, de hecho, significa justamente lo contrario: sometimiento al mercado, condescendencia con el gusto mayoritario, moda, apresuramiento”.

    (…) El poeta Armando González Torres dice que la lógica comercial del premio en el género narrativo es muy parecida: mandar señales a ciertos segmentos del mercado, crear para el consumidor potencial un producto a su medida y venderlo rápido. “Esto no es intrínsecamente malo, pues, como toda publicidad, la literaria puede contener exageraciones y falacias. El problema es la ingenuidad con que el consumidor asume el prestigio del premio y la forma  aquiescente con que muchas veces la crítica ratifica los prestigios fincados en la mercadotecnia”.

    Eduardo Mejía, colaborador de EL UNIVERSAL señala que se trata del premio más internacional, sobre todo por la calidad de los jurados, como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Semprún y Eduardo Mendoza “que saben de literatura”, pero además es un premio que “ha dado títulos sobresalientes, como La piel del cielo, la mejor novela de Elena Poniatowska, y Diablo guardián, que convirtió a Xavier Velasco en el favorito de toda una generación de lectores”. Mejía también destaca las novelas de Eliseo Alberto y Sergio Ramírez.

    Geney Beltrán es enfático, dice que “a la editorial Alfaguara parece importarle más el prestigio del autor galardonado (Elena Poniatowska, Sergio Ramírez), o la temática particular de la novela en turno (la violencia, el narcotráfico), que supongan una venturosa explotación comercial, antes que una propuesta innovadora, venga de quien venga y trate el tema que trate. El premio Alfaguara, en ese sentido, no tiene prestigio literario”. Incluso, para Rafael Lemus, crítico literario de Letras Libres, es un poco ingenuo tomarse demasiado en serio este premio e ir revisando, año por año, quién ganó y con qué novela y qué tan  buena" o “mala"es esta. "Desde luego que se han premiado un par de obras estimulantes y otras complacientes”.

    Lemus afirma que “lo importante, creo yo, es que este premio -como otros premios patrocinados por poderosos grupos editoriales- no consiste tanto en descubrir y premiar la ‘literatura’ como en producir capital: capital simbólico para nuevos y viejos autores y capital a secas para el grupo editorial que organiza todo el tinglado. Al final es menos un premio que una inversión: se le dan al autor no sé qué tantos miles de dólares porque se sabe que, después de meses y meses de publicidad, su obra se terminará vendiendo y que la casa editora acabará recuperando su inversión de una vez o poco después, cuando el autor, ya revestido del prestigio que da el premio, vuelva a producir una nueva obra que, después de meses y meses de publicidad, se terminará vendiendo y…”.

    David Miklos, por su parte, asegura que tanto Planeta como Alfaguara “distan mucho de ser apuestas y son la prolongación anual de más de lo mismo” y los sitúa en el contexto de galardones: “Creo que el premio Anagrama, pese a que no es el mejor remunerado, es el más codiciado en un sentido crítico: se premia cierta literatura de altos vuelos”.

    González Torres señala que en premios como el Alfaguara los incentivos apuntan a que se reconozca a autores ya conocidos y a obras con fórmulas probadas; sin embargo, puede haber sorpresas, como la novela ganadora de 2011 (de Juan Gabriel Vásquez) que lo sorprendió gratamente y contrasta con la mínima calidad demuchos de los premios anteriores. “No creo en la práctica elitista que sataniza los premios como basura, pero desconfío absolutamente del lector que solo se guía por los premios para orientar sus decisiones de lectura”.
     

    (…)

    Antes de conocer el veredicto y luego de celebrar el premio a la novela de Juan Gabriel Vásquez por tener “una escritura finísima y una sapiencia narrativa que solemos echar en falta”, Pliego afirmó: “Si este año  Alfaguara vuelve a premiar la calidad y no a inventar un falso prestigio literario, podremos seguir considerándolo como el único y verdadero reconocimiento a las letras en lengua española”.

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  1. Leopoldo Brizuela entrevistado

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    Leopoldo Brizuela ayer en Buenos Aires

    Diversas entrevistas a Leopoldo Brizuela logran hacer el retrato del autor y el origen de la novela Una misma noche que ayer ganó el premio Alfaguara 2012. En entrevista con Francisco Peregil, para El País, dice: “Se empieza a hablar en Argentina de cosas de las que nunca se habló”. 

    Dice la nota también:

    Leopoldo Brizuela tocaba el piano una noche de invierno de 1976 cuando entraron en su casa varios matones de la dictadura militar argentina. Vestían de forma muy elegante. Llamaron al timbre, no rompieron nada, pero portaban cada uno una especie de metralleta en el costado. Brizuela, que entonces tenía 12 años, siguió tocando el piano. La patota, el grupo de sicarios, llamó también en otra casa del barrio y secuestró a una vecina. Más de treinta años después la misma casa fue asaltada por varios policías ladrones. A Leopoldo Brizuela le sobrevino el clic de que todos los vecinos recibieron en su día la visita de los sicarios. Y cada uno calló o lo expresó de una forma distinta. Él nunca se había atrevido a contar nada a nadie sobre aquella noche, ni siquiera a sí mismo. Hasta que hace más de un año comenzó a escribir Una misma noche, novela con la que ganó ayer el Premio Alfaguara 2012.

    “Decía Roberto Bolaño que la verdad literaria es la que sale de aquello que uno no le cuenta ni al psicoanalista”, comenta el autor. “Yo seguí tocando el piano y no me acordé nunca de eso. Pero eso nunca dejó de suceder. Sólo dejó de pasar cuando pude contarlo. Y solo he podido relatarlo a través de la escritura, que como ya le he dicho a mi psicoanalista, tiene un poder mucho más fuerte que la palabra hablada”.

    En 2008, cuando volvieron a asaltar la vivienda donde un día secuestraron a una mujer, Brizuela le preguntó al dueño de la casa: “¿Usted sabía que aquí ya había entrado la policía en 1976?”. El vecino no sabía nada. “Y quise indagar sobre la responsabilidad que tuvimos cada uno, incluso un niño. En aquella época secuestraban a gente dos o tres años mayores que yo. Siempre se habló de la dictadura militar. Es ahora cuando se comienza a hablar de la dictadura cívico-militar, afrontando la responsabilidad civil”.

    Mientras tanto, en Página12 lo entrevista Silvina Friera dice: “No estoy hablando del pasado, es una vivencia sin tiempo”.

    Diana Kuperman, la víctima del secuestro en Una misma noche, ¿está inspirada en un caso real?

    –Sí, aunque está construida a partir de un montón de testimonios. No puedo decir que la novela sea autobiográfica, no me pasó a mí. Pero es cierto que trabajé con materiales de la memoria, especialmente con textos que no podía cuestionar, datos concretos. Me interesaba ser absolutamente fiel a lo que me acordaba de esa época, lo que había hecho el vecino de la otra cuadra, lo que decía. Cuando vino a casa la patota, no vino en Falcon como era usual, sino en Torinos. Y llevaban gabanes muy finos color té con leche. El único recuerdo absolutamente autobiográfico es que cuando hicieron la requisa en casa, en toda la cuadra, yo estaba tocando el piano. A mi mamá la llevaron para un lado y a mi papá para otro. Y yo tocaba el piano con un tipo al lado con una Itaka. Y seguí tocando. No recordé este hecho durante veinte años porque me parecía muy impresionante –ahora me doy cuenta–, hasta que leí la novela El silencio de Kind, de Marcela Solá, en donde la protagonista hace algo parecido y muy distinto también. Ella es una concertista que da un recital para los milicos con el objetivo de poder hablar cara a cara con un jerarca y preguntarle por la suerte de su hermana. Cuando leí eso, volvió como un flashback lo que yo había hecho. Y no pude dejar de preguntarme por las razones que me habían impulsado a tocar el piano en una situación como esa.

    (…)

    –¿Qué significó para usted escribir una novela que tiene como tema la dictadura?

    –Una gran liberación; es una alegría poder liberarme. Es muy extraño y gratificante apreciar cómo sacar afuera temas tan pesados y amenazantes puede significar una reparación, algo que sentís que está para ser dicho. Una de las cosas que me pasó mientras escribía la novela es que conocí al historiador Emmanuel Kahan, que trabaja con la colectividad judía en la dictadura con un punto de vista muy revulsivo, y se entusiasmó tanto que pude sentir que somos muchos más, como si hubiera algo en la sociedad que quiere decirse y tiene que ser dicho para que toda la sociedad se libere. Puede parecer pedante o grandilocuente, pero es estrictamente la vivencia que tuve. La literatura te escribe o uno está diciendo algo que viene de atrás y pone en palabras.

    –¿Escribió Una misma noche contra quienes postulan que ya está todo escrito sobre la dictadura, que ya no hay nada más que hablar?

    –Sí, totalmente. Yo creo lo contrario: cada vez hay que hablar más sobre la dictadura. Siento que se dijo muy poco y que hay un montón de vivencias y de interpretaciones que treinta y seis años después es aún poco tiempo para digerir. No estoy hablando del pasado; para mí es una vivencia sin tiempo que opera en el presente. El pasado es una parte del presente que te interpela.

    (…)

    –Pero ahora se puede hablar sin pudor; puede contar abiertamente que cuando tenía 13 años un milico lo apuntó con una Itaka mientras usted seguía tocando el piano…

    –Sí, es cierto. Una misma noche es una novela muy de la época kirchnerista, con la que yo acuerdo; pero también trata de pensar ciertas cuestiones desde una profundidad distinta. Me refiero a no tirarle el prontuario en la cara a la gente desde un lugar de absoluta pureza y heroísmo. Lo más difícil es asumir la conexión con el mal, que está en todos. La novela habla de eso, de un poema de (Fernando) Pessoa que irónicamente dice: “¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?/ Admitirán que las mujeres no los amaron,/ aceptarán que fueron traicionados –¡pero ridículos nunca!–/ Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,/ ¿Cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?/ Yo que fui, literalmente vil,/ vil en el sentido mezquino e infame de la vileza”. Descubrir el mal en uno, o el lado oscuro, es algo muy dramático. Es mucho más fácil tirarle el prontuario al otro en la cara que ver el propio. A veces creo que se está trabajando con mucha frivolidad estos temas.

    –¿En qué sentido?

    –Una vez le dije a un cura católico que debe ser fascinante confesar porque en el momento en que la gente confiesa sus pecados debe bajar un poco el copete. El cura me respondió que era lo más aburrido de este mundo porque la gente más que confesarse hace una transacción. La mayor parte negocia y vuelve a hacer la misma cagada. Y juzga al que no se confiesa (risas). El mal en uno es algo que muy poca gente puede mirar. Quizá lo que disparó la escritura de la novela es una frase de Roberto Bolaño: “La literatura se hace con aquello que ni le contás al psicoanalista”.

  2. 1
  1. Leopoldo Brizuela, Premio Alfaguara 2012

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    Leopoldo Brizuela

    En estos momentos, Rosa Montero (presidenta del jurado del premio Alfaguara 2012) acaba de anunciar el nombre del ganador del premio Alfaguara 2012: Leopoldo Brizuela. Una novela hipnotizante, sin grandilocuencia ni melodramatismo, que sucede en un periodo de violencia Argentina. Un Thriller existencial, lo calificó. Dijo: “Leopoldo Brizuela  mundo es amenazador, pero esa amenaza está, mucha veces dentro de nosotros”. Así da la noticia El País.

    La novela se presentó con el título La repetición pero se titula en realidad Una misma noche. La agencia Schavelzon ha dejado enlazada el tema del libro:

    Una madrugada del año 2010, un escritor presencia, por casualidad, el asalto de una casa vecina. No es un robo más: una banda organizada, con acceso a secretos bancarios, conocimiento de los más sofisticados sistemas de alarmas, varios coches que controlan la zona, camiones, y hasta un patrullero de la Policía Científica.

    Al día siguiente, hablando con vecinos, el escritor confirma que los asaltantes son policías, y se entera de que las víctimas, una familia de riquísimos empresarios, han decidido, por temor, no hablar. Pero la conmoción más profunda se produce porque ya en el pasado ha vivido una situación similar a la que acaba de presenciar: una situación de la que él es el último testigo que queda con vida. El escritor recuerda que en el año 1976, (el primero de dictadura militar en Argentina), esa misma casa fue asaltada por un grupo para policial que busca a Diana Kuperman, una abogada vinculada al grupo Graiver, una poderosa empresa bancaria e industrial, acusada de financiar a la guerrilla, con argumentos antisemitas apenas velados. El escritor entonces tenía apenas trece años; junto con sus padres fue obligado a participar del hecho. Entonces, también, el silencio buscó el olvido.

    Pero ahora, treinta y cuatro años después, el escritor decide escribir y publicar la historia de la que ni él ni sus padres hablaron jamás. ¿Cómo es posible que la estructura criminal montada por la dictadura hace décadas sobreviva hoy, intacta, en 2011? ¿Y que la gente común tenga la misma serie de actitudes, los mismos miedos? Solo descubrir el pasado le permitirá al escritor liberar el presente.

    La novela, que en principio tiene carácter íntimo, toma increíbles derivaciones cuando el gobierno actual decide reabrir la investigación sobre el grupo Graiver, y de cómo la dictadura militar, por medio de la difamación, la tortura y el asesinato, obligó a la familia a entregar su imperio económico, entre ellos la única fábrica de papel del país Papelprensa, de la cual todavía hoy depende toda la prensa impresa del país.

    Los secretos que el escritor desentierra de su propia memoria dejan al descubierto un intrincado laberinto de mafia y poder, en que el mismo escritor termina arriesgando su seguridad personal. Con una estructura de thriller -en que el narrador es a la vez la víctima y detective. La repetición reflexiona del papel del ciudadano en los tiempos del crimen organizado, sobre la memoria y nuestra capacidad de representar la experiencia del horror; sobre todo, el intolerable recuerdo de la propia cobardía.

  2. 6
  1. Una mezcla de Chatwin y Conrad

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    Bernardo Carvalho

    Nueve noches de Bernardo Carvalho es un libro muy importante en Brasil, una mezcla e autobiografía y ficción, pero recién ha alcanzado una traducción al castellano en Edhasa. La novela trata sobre el antropólogo estadounidense Buell Quain, perdido en la selva del Brasil en 1939, finalmente suicida. Una mezcla de Bruce Chatwin y Joseph Conrad, dice la contratapa. Leopoldo Brizuela entrevista a Carvalho sobre su novela para Revista Ñ.

    Algunas preguntas:

    -La crítica ha señalado que Nueve noches parece escrita “en estado de gracia”. Usted declaró que la gran energía creativa que exuda la novela provino de un largo período de bloqueo.
    -Bueno, no sólo de un bloqueo. Mis tres libros anteriores, alguno de los cuales ya fueron publicados en la Argentina, correspondían a la misma estructura narrativa. Para romper con aquel vicio, que me asfixiaba, resolví volver al cuento, un género que yo no abordaba desde mi primer libro, Aberración (1993). Entregué el libro, y al mes el editor me llamó para decirme no sólo que los cuentos eran pésimos sino que seguían repitiendo lo que había hecho hasta entonces, sólo que peor. Fue lógico que perdiera la chaveta. Quedé en un estado de hipersensibilidad, un estado límite, como si hubiera fracasado para siempre como escritor y nunca más fuera a escribir nada, enfermizamente atento a todo lo que pudiera traerme de vuelta a la literatura. Hasta que, tal como se narra en la novela, leí en el periódico Folha de Sao Paulo el artículo que hacía mención al suicidio de Buell Quain. Fue una centella. 

    -Quizá lo que resulte hipnótico de la novela sea el truco del “cazador cazado”. La figura del antropólogo, dedicado a observar indios krahó, sus redes de parentesco, es observada cuidadosamente por el autor en el marco de su tiempo –las vísperas de la Segunda Guerra y el apogeo del Estado Novo brasileño– y su propia familia de elección –los verdaderos caciques de la antropología como Lévi Strauss, Margaret Mead y Ruth Benedict, maestra de Quain. Su fracaso es el fracaso de toda una cultura; y en más de un sentido evoca el destino del poeta. 

    -Para mí, la seducción del personaje de Buell Quain, la belleza trágica de ese sujeto, más que en ninguna virtud suya o en nada que haya hecho, reside en haberse dejado contaminar por el objeto. Es un sujeto que parte de un lugar seguro –una familia de la alta burguesía, de profesionales americanos–, un lugar de conocimiento la Universidad de Columbia, donde era el niño mimado de la eminente antropóloga Ruth Benedict, para enredarse de tal modo con lo desconocido, que termina por perderse. Completamente. Hasta la muerte. Quain pasa a vivir el mismo terror que viven los indios. Es el sujeto que se confunde con el objeto, la imagen de la locura. Me interesa mucho lo que usted me decía sobre la identidad del itinerario de Quain con el trabajo de la literatura. Pero no estoy muy seguro de ver una identidad entre el suicidio de Quain y el fracaso del poeta, que en el fondo nunca es un fracaso, porque si no dejaríamos de escribir. Lo que sí puedo decir con certeza es que esa contaminación se dio en el mismo proceso de escritura de Nueve noches: yo mismo me contaminé de la locura de Quain. Hice esas entrevistas, investigaciones; pero también, como se cuenta en la novela, llegué a enviar cartas a todos los Quain que encontré en las guías telefónicas de tres estados norteamericanos, poco antes de la avalancha de cartas letales con ántrax. Me fueron devueltas por cientos, la mayoría sin abrir, y algunas abiertas, supongo, por los servicios de información. En mi caso, inversamente, fue esa contaminación lo que me salvó. 

    (…)


    -Sus personajes en el fondo no son más que huérfanos desesperados, ansiosos de inventar lazos de parentesco sustituto con otros varones, y quizá sea esa la única razón de empatía con los indios: la sensación de que ellos son los “huérfanos” que intentan labrar con la civilización que apenas si consiguen entender. 

    -Sí, claro. Pero esto ya está en la idea misma de la antropología moderna. De hecho, algo que me interesaba muchísimo es que la antropología estructural de Levi Strauss surge justamente con la noción de parentesco, con su comprensión genial de sistemas muy complejos de lazos de parentesco entre los indios. Como bien dice, toda la novela está asentada sobre la figura del padre y su falta. Creo que en todos mis libros, y no solamente en “Nueve noches” hay un cierto encanto por la idea del ser humano como un callejón sin salida, una contradicción en los términos, una especie suicida. Y es eso lo que da sentido a la literatura.

  2. 4
  1. Finalistas del Rómulo Gallegos

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    Diamela Eltit, finalista  

    Doce son los finalistas de este año. La lista incluye varios nombres importantes con novelas estupendas. Los últimos premiados, a decir, verdad, no han estado a la altura (o sí, a la altura de lo que Chávez espera de los premiados) pero este año quizá tengamos una sorpresa agradable.

    La lista de los finalistas es:

    Doce obras se disputan el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, cuyo veredicto se anunciara el próximo jueves 2 de junio, informó hoy la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg).
        A través de una nota de prensa, el Celarg notificó que tras evaluar 194 trabajos se seleccionaron obras que pertenecen a escritores de Argentina, Chile, México, España, Colombia, Ecuador y Venezuela Según el texto, en esta edición se recibieron escritos publicados entre 2009 y 2010, por autores de 16 países.
        Entre los finalistas destacan: “Impuesto a la carne” de Diamela Eltit (Chile), “Señales que precederán al fin del mundo” de Yuri Herrera (México), “Todos es silencio” de Manuel Rivas (España), “Tres ataúdes blancos” de Antonio Ungar (Colombia) y “La piel del miedo” de Javier Vásconez (Ecuador).
        También las obras de los escritores argentinos Eugenia Almeida con “La pieza del fondo”, María Andruetto con “Lengua Madre”, Leopoldo Brizuela con “Lisboa. Un melodrama”, Sylvia Iparraguirre con “La orfandad”, Andrés Neuman con “El viajero del siglo” y Ricardo Piglia con “Blanco nocturno”, y el escrito del venezolano, Norberto José Olivar, “Cadáver exquisito”.
        El Rómulo Gallegos es uno de los premios literarios más respetado de América Latina, que se otorga cada dos años. JMG 
  2. 6
  1. Convocan a Premio Clarín de Novela 2011

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    Premiación el año pasado a Nielsen

    Desde este 5 de mayo hasta el 30 de junio se ha convocado al Premio Clarín de Novela, del diario “Clarín”, uno de los más prestigiosos que organizan los medios de prensa. La novedad es que este año la suma al ganador ascendió a 150 mil pesos argentinos. Este premio ha distinguido a autores argentinos como Pedro Mairal, Leopoldo Brizuela, Claudia Piñeiro y el reciente Gustavo Nielsen.

    Aquí las bases.

    Dice la noticia en Revista Ñ:

    En 2011, la emoción por el reconocimiento que trae este concurso literario que ya se ha transformado en uno de los de mayor convocatoria en habla hispana –y el único que en la Argentina que se ha entregando de manera ininterrumpida desde hace catorce años–, llega con un significativo aumento en el monto del premio, que a partir de esta edición será de 150 mil pesos , además de la publicación de la obra ganadora.

    Y un dato que no es menor: el Jurado de Honor –que durante cinco años estuvo presidido por el recordado y querido José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998–, estará integrado este año nuevamente por el talentoso autor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky, y los prestigiosos escritores y periodistas españoles Rosa Montero y Juan Cruz. Ellos tendrán a su cargo la complicada pero gratificante tarea de elegir entre las diez obras finalistas.

    “Cada año tiende a subir la calidad del material que llega porque con el tiempo este premio se convirtió en algo muy estimulante”, señaló Juan Cruz, que integra el jurado por cuarto año consecutivo. Rosa Montero, que comenzó a formar parte del mismo desde que en 2005 resultó ganadora  Las viudas de los jueves  de Claudia Piñeiro, confesó que ella es “una enamorada del Premio Clarín porque es una de los más electrizantes de la narrativa en español”.

    Creado para promover y estimular el surgimiento de las nuevas voces de la narrativa en habla hispana, el Premio Clarín de Novela ha alcanzado con creces sus objetivos, auspiciando la llegada al panorama literario internacional de todos sus ganadores hasta la fecha: Pedro Mairal, Leopoldo Brizuela, Pablo Toledo, Cristina Feijoó, Guadalupe Henestrosa, Patricia Suárez, Angela Pradelli, Claudia Piñeiro, Betina González, Norma Huidobro, Federico Jeanmaire y Gustavo Nielsen.

    Nuevos creadores, expectativas e ideas renovadas saltan, gritan, pasean entre las líneas de los originales que se recibirán hasta el 30 de junio de 2011 en Av. de Mayo 1370 - Piso 7 Of.: 185 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - C.P.: 1085. Las bases están publicadas en la página web de la Revista Ñ, (www.revistaenie.com). Ante cualquier duda o consulta, los interesados pueden comunicarse al teléfono: 4383-6527 de lunes a viernes de 11 a 17horas o vía e-mail a: premionovela@clarin.com.

  2. 10
  1. Habitación en Roma

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    Elvira Orphée

    Elvira Orphée es una autora argentina que ha cumplido 90 años. Aunque su obra no es muy conocida, su vida en Italia tiene gran interés para quienes gustamos de las anécdotas literarias. Ella conoció, entre otros, a autores como Italo Calvino, Elsa Morante y Alberto Moravia. Gracias a un artículo de Leopoldo Brizuela en Revista Ñ podemos leer algunas de esas memorias romanas:

    “Llegué por primera vez a casa de los Moravia la noche del 24 de diciembre. Cuando entré, justo detrás de mí subía Pasolini con un arbolito de Navidad que, según dijo, acababa de robar para Elsa, de un restaurante finísimo… Tan pronto me vio me detestó”, dice Orphée, que en sus memorias le retribuye llamándole “escritor en lunfardo” y “cara de calavera”. “Estoy segura de que fueron celos… Pero te confieso que tampoco Moravia me prestó demasiada atención. Elsa y él vivían en pisos diferentes, lo que yo nunca había visto que hiciera un matrimonio y me pareció muy bien, aprendí mucho. Pero Moravia estaba tan absorbido por su carrera que hasta se jactaba de restringir al máximo su vida sexual… Y cuando bajaba a distraerse un rato quería que le contaran historias… ¡Era de esos escritores obsesionados por los hechos, todo lo que quieren son hechos…! Yo me negaba a contarle las obviedades, las cursilerías, las vaguedades que él esperaba de una muchacha subtropical. Y siempre he sido de guardarme los secretos que sólo dice la poesía. En cambio, a Elsa los hechos no le importaban nada. Como yo, sólo quería poesía.” Poesía, dice Orphée, que no es lo que se escribe, sino, antes, una necesidad de librar a la vida, y a la memoria, de la tiranía del lenguaje cotidiano. “Yo nunca había sabido de nadie que viviera con esa necesidad permanente, estado de poesía. Nadie, salvo yo misma.” En verdad, más allá de la diferencia de edad y formación, las dos amigas, cada una en un estudio distinto de la vieja Roma, atravesaban momentos muy parecidos. Después de sus respectivos debuts literarios, sólo apreciados por algunos colegas eminentes, ambas estaban abocadas a un segundo proyecto, el que debía certificar su pertenencia al gremio de los escritores. Pero a diferencia de Morante, a quien el ejemplo de Moravia había afirmado más de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir, Elvira Orphée parecía más perdida que nunca, y, en la desesperación por encontrar lectores, parecía dispuesta a escribir lo que otros querían de ella.

    Uno (1960), su segunda novela de Orphée, aspira a ser un fresco de la clase social a la que había ingresado al casarse… Elsa Morante, en cambio, estaba escribiendo La isla de Arturo , empleando procedimientos que las amigas discutían. “El libro es una fábula protagonizada por Arturo, un muchacho común, huérfano, de la isla napolitana de Procida. A diferencia de Cassola, Elsa sabía que el tratamiento realista de los desamparados no es el más eficaz. Su método es retratar a las gentes sencillas con el lenguaje que éstas hablan, agravando esa poesía natural que tiene la gente del pueblo, haciendo que los personajes digan mucho más que lo que dicen, y sus paisajes dejen de ser reales para ser metafísicos… Era lo que yo no había llegado a hacer en Dos veranos , mi primera novela, cuyo protagonista, Sixto Riera, es un criado de padres desconocidos que mira la sociedad tucumana de un modo totalmente original”. Sin saberlo, Morante puso a Orphée en lo que la llevó literariamente de vuelta a Tucumán, al voltaje poético del habla del norte argentino, al culto de Juan Rulof, y, por fin, a la escritura de Aire Tan dulce (1966), ese esplendoroso tratamiento del lenguaje que influiría tan decisivamente a, entre otros, Sara Gallardo y Tomás Eloy Martínez.

    “Muy bien, un día Elsa me llamó por teléfono con voz de conjura urgente: ‘Tienes que venir mañana, que va a venir un hombre bellísimo, ¡bellísimo!’ Yo fui. Era Italo Calvino. ‘Pero Elsa, ¿este uccellino te parece a ti un uomo bellísimo?’ Porque Italo tenía en la cumbre de la cabeza una especie de pirinchito, y en la boca algo como un repulgue herencia de un antepasado conejo… No me gustó nada. Por eso, o porque yo estaba casada, no le presté mucha atención. Hasta que un día llegó y me dijo: ‘Por favor, vamos al festival de Deux Mondes, Elvira’ ‘¿Con Elsa al volante?’, me espanté. ‘¡Ni loca!’ ‘Ah, Elvira’, me dijo entonces furioso, mordiendo las palabras, los ojos inyectados… ¡C ome sei snob !’, Yo me quedé de piedra. ¿Qué podía tener que ver el snobismo con el terror a los automóviles…? Hasta que de golpe entendí, y lo llamé, y convinimos una cita. Fue en uno de esos cafés al aire libre, que yo amaba, porque siempre venía un mozo a cantarte canzonettas. Creo que empezamos hablando de un libro suyo, El sendero de los nidos de araña , un libro de una poesía simple, bella, que después abandonó, por una fantasía más rebuscada que ya no aprecio… ‘Pero Elvira’, me interrumpió de pronto. ‘¿Cómo quieres que se aprecie tu cuerpo con ese vestido que parece una bolsa?’ Era un vestido de seda, elegantísimo, pero con forma de bolsa. Yo le dije que tanto daba, porque estaba en los cuarenta y nueve quilos… Y ¿podés creer?, cuando nos quisimos acordar estábamos hablando de mis enfermedades, que me habían acosado desde que tengo memoria, y hablábamos con una erudición y con una pasión… porque mi madre y su padre habían sido químicos. Le dije que algo me devoraba por dentro, y él creyó entender.” “No”, dijo Orphée a Calvino, “lo suyo no era la augusta tenia saginata que María Callas había dejado vivir dentro de sí para bajar de peso. Eran las feroces amebas ictiolíticas que me había pegado en Tucumán y que me roían el vientre como una carcoma. ‘Las amebas no se bañan dos veces en nuestros mismos ríos’”, bromeó tímidamente Italo, “aunque nosotros para ellas somos el universo… Yo le respondí: ‘Somos las trampas que la mentalidad de Dios…’ (‘Si existiera’, me interrumpió él ) ‘…les puso para hacerlas creerse imperecederas dentro de nosotros. Lo mismo que nos hace creer a nosotros, humanos, que seremos eternos parásitos, letales, dentro del organismo del mundo…” “Eso hablamos ese día, y durante años hablamos así. A veces me aburría con Italo; creo que él, como yo, necesitaba del trampolín del otro para divertirse. Quizá porque tenía su romanticismo, eso que toda mujer necesita aunque lo niegue, guardado bajo siete llaves… Pero me doy cuenta de que me amó mucho aun sin que yo le correspondiera y que fue uno de mis grandes amigos. Sentí tanto cuando se murió ¿Sabías que fui yo quien le presentó a su mujer, a Chichita Singer, la argentina con la que se casó? Yo tuve mucho que ver con eso.

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