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Resumen digital en “El País”
El sábado pasado apareció en “Babelia”, dentro de la columna que se titula “Aviso a Navegantes”, un texto mío que pretende ser un resumen de lo que se habla en el mundo online literario. Desde el FILBA con bolivianos hasta las apuestas del Nobel. Lo titulé “Conversaciones digitales”. Que disfruten el repaso.
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La literatura boliviana vale la pena

Giovanna Rivero
Hace unos meses hice un post sobre el probable boom de la narrativa venezolana. Ahora toca preguntarse si existe un boom de la narrativa boliviana. Al parecer, como nunca antes la literatura boliviana tiene autores que empiezan a llamar la atención fuera de sus países como Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún o Giovanna Rivero (sin contar al viejo conocido de Edmundo Paz Soldán, quien en su literatura ha ido pasando todas las etapas de boom, el boom junior, el postboom y el ciberboom, es decir desde la novela comprometida hasta la ciencia ficción, que al parecer lo ocupa ahora). En concreto, Giovanna Rivero llama mucho la atención. Un texto estupendo de la chilena Andrea Jeftanovic (“La vera Giovanna”) comenta su éxito en la feria del libro de La Paz. Y ahora una reseña de Sebastián Antezana a Niñas y detectives la deja muy bien. Y termina con un entusiasmado grito de apoyo a la literatura boliviana: “La literatura boliviana vale la pena”.
Dice la reseña:
Para empezar, quisiera allanar el camino de cualquier duda posible: Niñas y detectives es un buen libro, un conjunto de historias inteligentes, interesantes y bien escritas que conforman un todo poderoso y envolvente. Si me permiten, no quisiera que esta sea una reseña valorativa sino, más bien, reflexiva, por lo que prefiero zanjar esta cuestión de entrada. Catorce son los cuentos que componen el libro, varios de los cuales ya aparecieron en anteriores colecciones de relatos –dos de ellos pertenecen a Tukzon. Historias colaterales–, y son una muestra representativa de la distancia que Rivero es capaz de recorrer. ¿Qué encuentra el lector en Niñas y detectives? Algunas constantes: familias, amistad, parejas, vegetación, calor, arena, escorpiones, sexualidad, crímenes, ejercicios de violencia, lances de erotismo y venganza, cantidades de fármacos, ropa interior y juguetes. Pero hay más. En el libro la niñez se presenta como espejo cruel de la adultez, como árido y entrañable campo de cultivo. La maternidad se muestra como la terrible experiencia universal del cariño, el lazo que une a las personas, a las personas y a los animales, a los animales y al veneno. La escritura se exhibe como caudal sanguíneo, como cadencia atribulada y sostenida, ritmo frenético pleno de belleza y cuidados.
La escritura de Rivero es pulcra, clara, puntillosa y no carente de cierto vuelo poético –abundan en ella las metáforas, los símiles y cierta euforia de la forma que la hace arriesgada, potente y marcadamente personal–. Temáticamente, podría dividirse al libro en dos partes. Por un lado, el centro de ciertas historias lo conforman figuras como detectives, policías, médicos forenses y otros personajes afines, y sin embargo éstas no son historias policiales, no es una pasión de género la que motiva su escritura sino más bien una voluntad de apertura. Por otro lado, las demás historias se concentran en episodios y pasajes de la infancia, de la temprana adolescencia, de ese tortuoso pasaje entre el vacío y la experiencia que está marcado por la irreversibilidad del cambio. “Nadie se prepara para la fatalidad”, le dice un personaje a otro en uno de los relatos, la fatalidad que encarna un algo abstracto e impersonal como el destino, pero también la fatalidad sistemática que se desprende de las acciones de los hombres, de sus faltas, sus silencios y sus vacíos.
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“Me gusta sentarme sabiendo que tengo a mano los libros de los autores a quienes planeo saquear”

Liliana Colanzi
La escritora boliviana Liliana Colanzi publicó con buen pie su libro de relatos Vacaciones permanentes (título también de la genial película de Jim Jarmusch) y se alista a publicar su segundo libro, Mordor. En el blog bilingüe “Nuevas Referencias” la entrevistan como parte de sus retratos a nuevos narradores latinoamericanos (hay varias entrevistas interesantes ahí, además de Colanzi). Habla de sus referencias, que no se reducen solo a la literatura. Y menciona a Moleskine Literario, lo que se agradece.
Dice la nota:
Háblame un poco de los últimos libros que has publicado.
En 2009 compilé y edité, junto a Maximiliano Barrientos, la antología de no-ficción “Conductas erráticas”, un experimento que abarcó varios registros, desde crónica periodística hasta testimonios de carácter más personal.
También he publicado un libro de cuentos, “Vacaciones permanentes”, que reeditó la editorial argentina Reina Negra el año pasado y que saldrá con la editorial española Tropo en 2013.
¿Has publicado en formato electrónico?
Tengo una columna en el semanario chileno “The Clinic”. He publicado cuentos en el blog “54 semanas” y en las revistas electrónicas “FronteraD”, “Otro Cielo”, “Los Noveles”, “Ecdótica”, “Big Sur” y “Suelta”.
¿Qué blogs, revistas electrónicas u otros sitios en internet recomendarías para descubrir a nuevos autores hispanohablantes?
Además de los que mencioné arriba, a veces me doy una vuelta por “Hermano Cerdo” y por el blog de Iván Thays. De los sitios que ya no se actualizan pero aún permanecen en la red recomiendo “25 preguntas”, de Juan Terranova, y el fantástico y extenso archivo de “Los Noveles”. Aunque reconozco que mis verdaderas fuentes son el boca a boca, las visitas a las librerías de Madrid –donde estoy pasando una temporada–, Facebook y Twitter.
¿Cuáles son tus referentes en la literatura española o hispanoamericana?
Los que siempre están son Fogwill, Fabián Casas, Jaime Saenz, Bolaño.
¿Qué otros escritores han tenido influencia en tu obra?
Cuando estoy escribiendo absorbo todo. Me gusta sentarme sabiendo que tengo a mano los libros de los autores a quienes planeo saquear. En el caso de “Vacaciones permanentes” se trataba de Denis Johnson, Salinger, Hemingway, Jorge Campero, Natalia Ginzburg, Junot Diaz. Ahora mismo, mientras escribo “Mordor”, leo y releo a Sherwood Anderson, Flannery O’Connor, Pessoa y Faulkner. Las listas cambian a medida que evolucionan mis búsquedas.
También creo haber aprendido del cine (Herzog, Kubrick, Haneke) y de la música (Bob Dylan, Stephin Merritt, Morrissey).
¿Qué nuevos autores hispanohablantes recomendarías?
Luciano Lamberti, Valeria Luiselli, Diego Zúñiga, Federico Falco, Margarita Leoz, Álvaro Bisama, Juan Terranova, Carlos Velázquez, Gabriela Wiener y Carlos Yushimito. Sigo todo lo que publican los autores bolivianos Giovanna Rivero, Juan Pablo Piñeiro, Maximiliano Barrientos, Rodrigo Hasbún y Sebastián Antezana.
¿En qué estás trabajando ahora?
En un segundo libro de cuentos que se llamará “Mordor”.
¿Cómo te gustaría que fueran las bibliotecas del futuro?
Preferiría que las bibliotecas me enviaran los libros a casa; el invierno de Ithaca me quita las ganas de salir. En lo que se refiere al formato, cada vez leo más libros en digital. Me entusiasma la idea de tener una biblioteca que quepa en un iPad o en un Kindle, porque los viajes y las mudanzas me han obligado a deshacerme de muchos libros. Aunque la verdad es que pertenezco a una generación que nació sin internet, y todavía encuentro más placentero leer libros impresos, subrayando párrafos y dejando marcas en el papel. Supongo que será cuestión de tiempo hasta que me adapte por completo al formato digital.
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El boom de la narrativa boliviana

La nueva narrativa boliviana empieza a ser leída fuera
Hubo un tiempo en que, más allá de algunos nombres que sonaban esporádicamente, el cupo de la narrativa boliviana lo ocupaba exclusivamente Edmundo Paz Soldán. Pero parece que ya no es así. Y él mismo es el primero en dar el clarín de alerta. “La narrativa boliviana está atravesando por un muy buen momento” dice Paz Soldán refiriéndose a la generación de autores que han aparecido en ese país en los últimos años. Y para demostrarlo da no solo nombres sino algunos comentarios de autores chilenos, como Alvaro Bisama o Andrea Jeftanovic, sobre la nueva narrativa en Bolivia. Y se permite una explicación sociológica, incluso.
El artículo se publicó en La Tercera y también se reproduce en El Boomerang:
No se trata sólo de que algunos autores del siglo pasado están comenzando a circular, sino de que su nueva generación, aquella conformada por escritores nacidos en las décadas del setenta y del ochenta, ha irrumpido en el escenario con una fuerza sorprendente. Para que los autores de un país latinoamericano sean leídos por sus vecinos, el largo viaje pasa en general por España: Giovanna Rivero (1972), Maximiliano Barrientos (1979) y Rodrigo Hasbún (1981) ya han publicado o están a punto de publicar en reconocidas editoriales independientes (Bartleby, Periférica y Duomo, respectivamente).
Curiosamente, en un momento en el que Bolivia atraviesa una revolución político-social bajo el gobierno de Evo, la mayoría de estos escritores ha escogido darle la espalda a la tradición de la novela política, del gran fresco social. Sus textos suelen ser intimistas, y trabajan en detalle la subjetividad de sus personajes. Esto ha provocado que algunos críticos apurados los llamen narcisistas, o, en el caso de Rivero, se asombren ante la exploración sin vueltas del deseo femenino. A mí se me ocurre, sin embargo, que el gesto aparentemente apolítico de estos escritores es profundamente político: en un momento de profundas transformaciones históricas en las que prima la experiencia colectiva, estos escritores se han puesto a indagar en el territorio frágil del yo. En un país pudoroso, en el que la gente es poco dada a hablar de sí misma y cuesta dar validez a la aventura personal, narrar los pequeños temblores de la intimidad puede ser más riesgoso que escribir una novela sobre el triunfo de los movimientos sociales.
En el fondo, como dice el escritor chileno Álvaro Bisama, estos escritores escriben contra todo: “contra Bolivia pero también contra McOndo y contra el Boom”. Se trata de una narrativa sobre “la crisis de los lugares comunes de la narrativa en español más actual”. Bisama destaca algunos libros, entre ellos Los daños, de Barrientos y El lugar del cuerpo, de Hasbún (“Me siento cada vez más cercano a esos paisajes miniaturizados, a esas calles vacías”). La escritora Andrea Jeftanovic, por su parte, da otro par de títulos: Sangre dulce, de Rivero, y Vacaciones permanentes, de Liliana Colanzi (1981), y acota: “los textos de Rivero tienen un interesante manejo de lo erótico y una exploración de la adolescencia como espacio de crisis con mezclas a veces de gore o género negro. Vacaciones permanentes tiene una solvencia para indagar también la adolescencia y la juventud con esa desolación y descubrimiento de una adultez que se llena de grietas antes de llegar”. Diego Zúñiga, autor de Camanchaca y crítico de Rolling Stone (Chile), mencionaCinco, de Hasbún, y dice, tajante: “me cuesta pensar en otro autor latinoamericano de su edad que escriba cuentos con tanta fuerza como él”. Hay varios autores que todavía no son muy conocidos fuera de Bolivia, entre ellos Wilmer Urrelo (1975), Juan Pablo Piñeiro (1979) y Sebastián Antezana (1982).
Los bolivianos hemos estado tan obsesionados con nuestro enclaustramiento territorial que éste se ha convertido en un aislamiento emocional. La infraestructura, precaria, no ha ayudado: a nuestras mejores creaciones artísticas les ha costado salir, hacerse conocidas, influir en otras culturas. Algo está cambiando con la nueva narrativa boliviana: por lo pronto, no sólo está en sintonía con lo que ocurre en otras partes (búsquedas “fragmentarias, íntimas, contenidas”, como dice Zúñiga), sino que incluso está ofreciendo libros mucho más interesantes que los de otras literaturas supuestamente mayores.
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Libros recibidos

Luis Hernán Castañeda, El futuro de mi cuerpo (Estruendo Mudo, 2010)

Liliana Colanzi, Vacaciones permanentes (El Cuervo)

Omar Guerrero, Paterson city (Estruendo Mudo, 2010)