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Adam Johnson, premio Pulitzer

Adam Johnson
Junot Díaz, jurado de esa versión del Pulitzer, ha dicho que este año han habido libros potentes. El año pasado, como recordarán, el premio a mejor libro de ficción quedó desierto. El ganador del 2013 ha sido Adam Johnson con la novela The Orphan Master’s Son. La novela narra un viaje por Corea del Norte. No puede ser más oportuna.
Dice la nota:
La novela The Orphan Master’s Son de Adam Johnson (South Dakota, 1967) ganó el Pulitzer de ficción un año después de que el premio se declarara desierto. El lunes los jueces del Pulitzer elogiaron el libro de Johnson como “una novela exquisitamente creada que aventura al lector en un viaje por la totalitaria Corea del Norte y por los más secretos rincones del corazón humano”. El Premio está dotado con $10,000. Johnson enseña creación literaria en la Universidad de Stanford.
Cuando Johnson recibió la noticia expresó: “¿Cómo estar preparado para este tipo de noticias? Esto aumentará mucho el número de lectores, y tengo la esperanza de que la gente se interese por lo que sucede en Corea del Norte. A los norcoreanos no se les permite contar su propia historia. Alguien tiene que hacerlo por ellos”. Johnson estuvo tres años investigando el tema y escribiendo la novela; también hizo una visita de seis días a ese país. Su novela fue finalista en el National Book Critics Circle y fue el Mejor Libro del Mes de Amazon, en enero de 2012.
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Philip Roth tiene un iPhone y sabe usarlo

Philip Roth. Foto: Fred R Conrad/The New York Times
Después de leer la nota en The New York Time, una crónica sobre Philip Roth después de que anunciara su retiro de la escritura, hasta siento una enorme ternura y admiración por ese hombre que a los 80 años, aún lúcido y con buen estado de salud, decide dejar de escribir porque ya no tiene nada que decir. “Adiós frustración” ha dicho Roth, cansado de estar siempre frente a la máquina esperando que se le ocurra algo tan bueno como lo que escribía antes. El hombre, digámoslo, ha tenido un segundo aliento, con estupendas novelas cuando ya parecía haberlo dicho todo. No vale la pena exigirle que tenga incluso un tercer tiempo, un alargue, cuando jugó el partido completo brillantemente.
No se le ve un hombre acabado sino, al contrario, de buen humor -hace unos años, luego de la muerte de su padre, parecía más bien mal encarado y obsesivo con el tema de la vejez- y activo. Dice que está colaborando activamente con Blake Bailey (el biógrafo de Richard Yates y John Cheever) para una biografía sobre él (“la paga no es buena” dice), está escribiendo una novela por email con la hija de 8 años de una ex novia, ha leído todas sus obras en reversa (“no lo hice mal” concluyó, aunque no quiso leer sino hasta El lamento de Portnoy), ha releído a clásicos y leído muchas de las obras de los nuevos autores (a los que califica de Dinamita: Doctorow, DeLillo, Denis Johnson, Jonathan Franzen y la reciente ganadora del Book National Award Luise Erdrich). Además, se ha comprado un iPhone y estudia el manual de uso cada día, hasta volverse un experto.
Y un post-it “The struggle with writing is over" le dice todas las mañanas que lo suyo con las letras se acabó.
Aquí la crónica de Charles McGrath:
On the computer in Philip Roth’s Upper West Side apartment these days is a Post-it note that reads, “The struggle with writing is over.” It’s a reminder to himself that Mr. Roth, who will be 80 in March and who has enjoyed one of the longest and most celebrated careers in American letters, has retired from writing fiction — 31 books since he started in 1959. “I look at that note every morning,” he said the other day, “and it gives me such strength.”
(…)
Mr. Roth said he actually made the decision to stop writing in 2010, a few months after finishing his novel “Nemesis,”about a 1944 polio epidemic in his hometown, Newark.
“I didn’t say anything about it because I wanted to be sure it was true,” he said. “I thought, ‘Wait a minute, don’t announce your retirement and then come out of it.’ I’m not Frank Sinatra. So I didn’t say anything to anyone, just to see if it was so.”
Nearby was an iPhone he had bought recently. “Why?” he said. “Because I’m free. Every morning I study a chapter in ‘iPhone for Dummies,’ and now I’m proficient. I haven’t read a word for two months. I pull this thing out and play with it.”
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“We kept waiting for the Big Book”

ilustración: Maximimilam Bode
Michael Cunningham fue uno de los tres miembros del jurado que escogió la terna de obras de ficción para el premio Pulitzer 2012. La terna estaba conformada por Train Dreams de Denis Johnson, El rey pálido de David Foster Wallace y Swamplandia de la joven Karen Russell.
Como todos sabemos, el premio fue declarado desierto.
En The New Yorker, Cunningham cuenta en dos partes la historia del premio. Primero, describe los pormenores de cómo escogieron las tres novelas que integraron la terna y las razones por las que rechazaron algunas otras que tenían enorme valor con algunos “pero”.
En la segunda parte del artículo, aunque afirma que no puede saber por qué fue declarado desierto, ya que las actas son secretas, lanza un cuestionamiento a la posibilidad de juzgar una obra contemporánea mejor que la otra. Comenta varios casos notables de libros que no ganaron el Pulitzer (El sonido y la furia de Faulkner, Catch22 de Heller, El guardián entre el centeno de Salinger y El Gran Gatsby de Scott Fitzgerlad entre ellos) y termina declarando “Estamos obligados a dejar que las generaciones futuras a tomar las decisiones más definitivas”.
Los responsables de la terna, como el jurado del Pulitzer o cualquier jurado de un concurso, siempre está buscando el Gran Libro (“We kept waiting for the Big Book” dice). Y a veces no está entre nosotros, y a veces no sabemos reconocerlo. Esa podría ser la conclusión.
Dice:
The search for a significant new book, an enduring book, is, in short, a crapshoot, and, as is true of all gambles, the odds favor the house over the player. I like to think that history will vindicate all three of our choices; that someone like me will someday be appalled to learn that “The Pale King,” “Train Dreams,” and “Swamplandia!” were all passed over in 2012. There is, however, no telling. We may be castigated by future generations for failing to nominate a book we dismissed early on, because it struck us as trivial or overwritten or sentimental.
Which is probably one of the reasons those of us who love contemporary fiction love it as we do. We’re alone with it. It arrives without references, without credentials we can trust. Givers of prizes (not to mention critics) do the best they can, but they may—they probably will—be scoffed at by their children’s children. We, the living readers, whether or not we’re members of juries, decide, all on our own, if we suspect ourselves to be in the presence of greatness. We’re compelled to let future generations make the more final decisions, which will, in all likelihood, seem to them so clear as to produce a sense of bafflement over what was valued by their ancestors; what was garlanded and paraded, what carried to the temple on the shoulders of the wise.
A literary prize is, at best, one way of drawing readers to a book that deserves more serious attention than it might have gotten without a prize. A faulty track record doesn’t invalidate the attempt to say, annually, to anyone who might be listening, “You really should read this one.”
Which is why the committee’s decision to withhold the prize entirely is so unfortunate. An American writer has been ill served and underestimated. Readers have been deprived of what might have been a great literary discovery or might have offered them the bittersweet but genuine satisfaction of saying, “Really? That book? What were those people thinking of?”
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California áspera, oscura y marginal

Denis Johnson
La nueva novela de Denis Johnson, luego de la extensa y compleja Árbol de humo, es una nouvelle negra y policial titulada Que nadie se mueva y editada por Mondadori. Se trata de una novela menor, publicada por entregas en PlayBoy, pero que recupera algunos tópicos de su obra anterior, en especial Ángeles derrotados (recientemente reeditada por Anagrama) Gustavo Valle ha hecho una reseña del libro para Revista Ñ.
Dice:
Road novel policial sin policías ni detectives, sin atributos investigativos, sin misterios que desentrañar, sin una ley moral que marque la contratara de unas acciones con frecuencia irruptivas e intermitentes, siempre al margen de la ley y de la corrección política e incluso sintáctica, con personajes entregados al extravío, absorbidos por un código que no responde a la moral ni a la justicia sino al deseo desbocado e individual, al amor áspero, a la rebeldía y a la necesidad, siempre frustrada, de superar un futuro que solo trae amenazas e incertidumbres en una Norteamérica de cartón y neón.
Un gánster árabe de nombre Juárez, una abnegada y casquivana médico veterinaria que fue enfermera en la guerra del golfo, un matón a sueldo (más parecido a un Goliat que a un ser humano en busca de venganza), una hermosa y alcohólica india proveniente de una reserva que ha dejado a su esposo encima de un charco de sangre, y un Jimmy Luntz, protagonista tambaleante, “típico merodeador de estación de autobuses”, un tipo que trabaja como solista en el coro “Los vagabundos de Alahambra”, trajeado con esmoquin blanco, chaleco a cuadros y pajarita a cuadros, y con ganas suficientes de meterse en problemas, pues es un ludópata perdedor y debe una importante suma de dinero ¿A quién? Al árabe Juárez, que tiene en Gambol (Goliat) su brazo armado, y que al escapar conoce a Anita Desilvera, la india “guapa y maldita” escapada de la reserva, de quien Luntz se enamora (en realidad todos se enamoran de Anita) para iniciar una sucesión de episodios donde no faltan el hotel de paso, la escopeta corta con cacha de nácar, los disparos que fogonean la noche, el restaurante a la orilla de la carretera, el Cadillac Brougham tapizado en cuero blanco, dos millones de dólares que todos buscan y nadie encuentra y un río, el río Feather, que corre a lo largo de estas vidas en peligro, que sigue su rumbo como si fuera la irreversible marea del destino.
Publicado originalmente como novela por entregas para la edición norteamericana de la revista Playboy, Que nadie se mueva puede ser visto como un libro menor dentro de la densa obra de Johnson, aunque sus personajes nunca se distancian de esos individuos cautivos de sus propias fragilidades que suelen gravitar en el resto de su obra, constantemente amenazados por una irrrefrenable fuerza autodestructiva. La novela ha sido llevada al teatro por el proyecto teatral Campo Santo, el mismo colectivo teatral con el que Johnson a puesto en escena casi toda su importante obra dramatúrgica.
Debemos a Rodrigo Fresán, quien ha sido traductor de Hijo de Jesús y ahora editor de Johnson para la colección Roja y Negra de la editorial Mondadori, la constancia en dar a conocer la obra de uno de los autores americanos más prestigiosos y menos conocidos en nuestra lengua, un autor que llegó a realizar contratos editoriales no a cambio de anticipos sino del pago de sus cuantiosas deudas con el fisco de los Estados Unidos y que ahora, desde el 2011, integra ese olimpo del patrimonio cultural que es el fichero de documentos originales del Harry Ransom Center de la Universidad de Austin Texas, el mismo lugar que alberga los papeles originales de gente como Edgar Allan Poe, Jack Keruac o Jorge Luis Borges.
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Pulitzer de ficción: desierto

Las tres novelas participantes
Tres novelas competían por el Pulitzer, todas ellas muy elogiadas y de autores tan célebres como David Foster Wallace (que lo hubiera ganado póstumamente), Denis Johnson y Karen Rusell. Pero no ocurrió. Ninguno de los tres libros convenció al jurado y el premio Pulitzer de ficción quedó declarados desierto. No ocurría desde 1977.
Dice la nota:
Por primera vez desde 1977, el Premio Pulitzer de literatura de ficción ha quedado desierto. “No hay premiado”. Así anunció ayer el comité que entrega el prestigioso galardón su decisión de este año. Ninguno de los tres finalistas se ha considerado merecedor de un reconocimiento que en el pasado ha recaído sobre maestros de la literatura como Ernest Hemingway, William Faulkner o John Updike.
Los nominados este año fueron Denis Johnson, por Train dreams; Karen Russell, por Swamplandia!; y la obra póstuma de David Foster Wallace The pale king. Entre los círculos literarios de EE UU se comentaba recientemente como posible ganador a Foster Wallace, que podría haber repetido la gesta de John Kennedy Toole, que se hizo con el premio en 1981, después de fallecido, por La conjura de los necios. En 1958 también se le había concedido de forma póstuma a James Agee, por Una muerte en la familia.
Foster Wallace se ahorcó en 2008. Su viuda, Karen Green, encontró el texto, escrito a lo largo de una década, en su ordenador y, junto a su agente literario, Bonnie Nadell, lo entregó al editor Michael Pietsch para que le diera el acabado necesario para publicarlo en forma de libro, algo que finalmente sucedió el año pasado.
Swamplandia! ha sido uno de los éxitos de la temporada. Se trata de la primera novela de Russell, centrada en una familia de luchadores de cocodrilos profesionales en el Estado de Florida. Train dreams, de Johnson, ha sido uno de los mayores éxitos de crítica de la temporada. La revista The New Yorker la elogió por sus “frases declarativas que mantienen una seca fuerza durante páginas enteras, para, de repente, caer en el lirismo”.
En total, el Pultizer a la mejor obra de ficción ha quedado desierto en siete ocasiones, incluyendo su edición de este año. El premio comenzó a concederse en 1948, y el primer autor en recibirlo fue James A. Michener, con su novela Cuentos del Pacífico Sur. Hemingway lo consiguió en 1953, con El viejo y el mar y Faulker en dos ocasiones, en 1955 y 1962, por Una fábula y La escapada, respectivamente.
Cada año, el jurado del premio varía. En esta ocasión, le correspondía fallar a Susan Larson, exeditora literaria del diario The Times-Picayune, de Nueva Orleáns; Maureen Corrigan, crítico literaria de Fresh Air de la cadena de radio NPR, y el novelista Michael Cunningham, que ganó el galardón en 1999 por Las horas.
El veto final no siempre proviene del propio tribunal. En 1977 el consejo de administración del Pulitzer, otorgado por la Universidad de Columbia, anuló la decisión del jurado porque consideró que la novela El río de la vida, de Norman MacLean, no era de calidad suficiente. No se sabe de quién provino la decisión última en esta edición.
Aparte de las 14 categorías periodísticas, el Pulitzer se ha fallado este año en el apartado de poesía a Tracy K. Smith, por Life in Mars, y en el de dramaturgia a Quiara Alegría Hudes, por Water by the spoonful. Ha habido tres de no ficción: el de historia, que ha recaído sobre Mannning Marable por Malcom X: a life of reinvention; el de biografía, que ha ido a parar a John Lewis Gaddis por el libro George F. Kennan: an American life, y el de no ficción general, para Stephen Greenblatt por The swerve: how the world became modern.
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Rodrigo Fresán sobre Denis Johnson

Carátula del libro
Que nadie se mueva es la nueva novela de Denis Johnson, publicada en EEUU en el 2009, y recién traducida para la colección Rojo y Negro de Mondadori, con prólogo de Rodrigo Fresán. En “Radar Libros” adelantan algunos párrafos del prólogo. “El dios en el que quiero creer tiene una voz y un sentido del humor como los de Denis Johnson” dijo alguna vez Jonathan Franzen. Ni más ni menos.
Dice la nota:
Que nadie se mueva empieza, en las afueras de Bakersfield, presentando a un tal Jimmy Luntz. No conforme con ser uno de esos típicos perdedores que suelen crecer y reproducirse como conejos sin pata de la suerte en el paisaje noir, Luntz –además de haber sido un boxeador noqueado y ser un jugador compulsivo y más bien desafortunado– es miembro de uno de esos infames y bastante ridículos coros/cuartetos estilo barbershop. Ya saben: camisas a rayas, sombreros de paja, armonías a capella tan complejas como anticuadas, canciones supuestamente graciosas pero no tanto.
Y Jimmy Luntz –cuyo alias terreno y real, aunque no quiera condicionar la imaginación de nadie, bien podría ser Steve Buscemi– debe mucho dinero.
Y –sus acreedores han perdido su de por sí poca paciencia– ha llegado la hora de devolverlo.
Y qué hacer.
O qué deshacer.
Y de repente alguien menciona que tiene la receta infalible para hacerse con 2.300.000 dólares que tal vez estén al alcance de la mano y tal vez no.
Y empiezan los problemas.
Muchos.
Y, con ellos, llegan una vampiresa tan melancólica como peligrosa con sangre native-american (y con el inolvidable nombre de Anita Desilvera, y que se emborracha al treinta por ciento y es dueña de una sonrisa capaz de hacer perder la cabeza al mismísimo Jesucristo, y corrige a todo aquel que reduzca el botín a dos millones a secas, y hace el amor como una monja pasada de copas), sicarios muy pero muy pesados (alguno de ellos, se dice, con una particular propensión a comerse los testículos de sus rivales), una bolsa de dinero y una bolsa de colostomía, un juez corrupto, huesos quebradizos, un sediento camello de apellido Juárez (pero en verdad made in Arabia), una enfermera dedicada a robar fármacos potentes, humor oscurísimo, diálogos chispeantes e inflamables con sabor a Quentin Tarantino y/o Elmore Leonard, cadillacs ominosos y ambulancias aullantes, mañanas que se encienden como sopletes, un intimidante Hombre Alto que no se sabe si tose o se ríe y que tiene algún tipo de problema nunca del todo aclarado con su rostro/cabeza, y la venganza como plato frío, y etc.
Y otras dos palabras: Hermanos Coen.
(…)
Y, aquí y allá y en todas partes, la música inconfundible de uno de los grandes estilistas en inglés y en activo.
El título Que nadie se mueva –páginas absoluta, total, completa y peligrosamente movedizas– sale, lo aclara Johnson en la novela, de aquel hit de aquel DJ y músico albino y jamaicano de nombre Yellowman. En un momento, Jimmy Luntz lo escucha en la radio: Nobody mov/ nobody get hurt”.
“Que nadie se mueva y nadie saldrá herido” son, está claro, las palabras típicas con las que un típico ladrón abre la melodía de un asalto.
Así funciona lo que aquí empieza, están advertidos.
Todos quietos, las manos arriba, sosteniendo este libro, abierto, y –si saben lo que les conviene, y van a saberlo en unas pocas líneas– no cerrarlo hasta alcanzada la última página y el último big bang bang y las últimas palabras en las que el agua tan fría sigue con lo suyo, desde el principio de los tiempos, como si nada hubiera pasado y nada fuera a pasar, mientras se nada o se flota o te hundes hasta el fondo para ya no salir a la superficie o, quizás, simplemente, intentás sacudirte un poco de la mugre y bastante de la sangre que llevas encima.
La muerte es un río que fluye.
Y dos palabras más: THE END.