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El arte del editor
Un extenso texto, con muchas entrevistas, es el que ha realizado Leila Guerrero para Babelia sobre la figura del editor. “¿Un lector omnívoro, un especialista en diseño, estrategias de marketinge historia de la encuadernación?” se pregunta. Muy bueno.

Ilustración: Eva Vásquez
Dice la nota:
La cualidad número uno del editor respetable”, escribió la chilena Andrea Palet, editora de Libros del Laurel, en su texto Brevísimo manual para jóvenes editores, “es la capacidad de quedarse inmensamente callado (…) Es duro ser una sombra, y ni siquiera eso te lo van a agradecer, pero si eres editor es porque te gustan los libros, leerlos, tocarlos, rodearte de ellos, pensarlos, crearlos: bien, esa y no otra ha de ser tu callada recompensa”. Más allá de la crisis, de los cambios que ha sufrido el negocio, de la irrupción de la tecnología, ¿en qué consiste el trabajo —la vocación— de ser una sombra; el trabajo —la vocación— de ser un editor?
“Es trabajar con gente interesante y talentosa, correr el riesgo de tomar una decisión acertada, presentar cosas nuevas a los lectores”, dice Pilar Reyes, directora de la editorial Alfaguara. “Es estar tras la escena del talento, y esa conversación con los autores es fantástica”.
Claudio López Lamadrid, director literario de Penguin Random House, estudiaba Derecho sin convicción cuando su tío, Toni López, al frente de Tusquets con Beatriz de Moura, le pidió ayuda para hacer un trabajo de fuerza bruta.
“Mi primer trabajo editorial fue trasladar el archivo de libros de Tusquets desde la casa de Beatriz de Moura a otro sitio. El siguiente fue borrar el precio de los libros en la primera página. Se anotaban allí, y cuando cambiaban había que borrarlos. Luego empecé a revisar las traducciones. Es un trabajo muy artesanal, que se ha perdido. Los editores que hoy tienen 30 años no trabajan los textos. Para mí, ser editor es trabajar con los textos. Para los de hoy en día, es vender libros”.
Luis Solano lleva 11 años al frente de su editorial, Libros del Asteroide. Siempre supo que lo suyo eran los libros, pero había estudiado Derecho y trabajaba en una consultora, donde le encargaron llevar los temas del libro electrónico en Planeta.
“En Planeta empecé a darle vueltas a la posibilidad de montar una editorial. Los libros me parecían lo más grande a lo que podía dedicarle mi vida. Ya que no me reconocía talento para escribir, no se me ocurría una manera de estar más cerca de los libros que esa. Si estás en esta profesión es porque tienes claro que el talento está en otro lado. En el triunfo del autor está tu triunfo”.
“Éramos pobres, en Extremadura”, dice el español Julián Rodríguez, escritor y editor de Periférica. “En casa sólo había un Quijote y una Biblia. Los libros fueron el primer patrimonio con el que pudimos hacernos por nuestros propios medios. Para mí una editorial es un proyecto intelectual. Hay personas que pensaron una serie de ideas y devienen empresarios para poder defenderlas. No me fascina la partepop star que puede tener un editor en este tiempo. La literatura nunca ha sido una chaqueta que te pones para declararte intelectual”.
Al escritor argentino Damián Tabarovsky, exeditor de Interzona y ahora de Mardulce, le habían ofrecido, en los noventa, dirigir una colección de nouvelle en una gran editorial.
“Y dije que no, porque me parecía que los editores eran todos delincuentes. Tenía la idea de que tenías que hacer concesiones comerciales. En 2008, Fogwill me contó que estaban buscando un editor en Interzona. Le dije lo mismo: los editores son todos delincuentes. Y me dijo: ‘No seas boludo, nadie sabe más que vos de la historia de la edición. Y además, vos entrás y me pagás anticipos más altos’. Entré a Interzona y descubrí un oficio que me encantó y que no quisiera perder. Para mí un editor es una persona erudita, que lee mucho y tiene un criterio de lectura, y editar es una forma subrepticia de opinar sobre el estado de la cultura contemporánea”.
Jorge Herralde, fundador de Anagrama, estudió ingeniería aunque su gusto por el mundo editorial venía desde la adolescencia y lo compartía con su amigo Carlos Durán.
“Su padre era encuadernador, muy amigo y colaborador de Janés, el gran editor de los años cuarenta y cincuenta, y yo iba a menudo a su casa, donde tenían todo el fondo de Janés. Allí descubrí lo que era ser un editor, elaborar un catálogo coherente e imaginativo, con vocación artesanal y elevado sentido de la estética”.
Recién en 1969 salieron los primeros títulos de Anagrama. Si la editorial comenzó como “caja de resonancia de la izquierda heterodoxa”, a fines de los setenta el interés por los libros políticos decayó, pero, para entonces, Herralde ya había iniciado la colección Contraseñas y, luego, Panorama de Narrativas (con autores como Bukowski, Nabokov y un larguísimo etcétera), lo cual hace pensar que el editor es no sólo una persona tozuda —alguien que quiere contar su visión del mundo—, sino también alguien capaz de ejecutar las maniobras de ajuste necesarias para que el negocio no se estrelle y, en cambio, siga en turbulento pero muy seguro vuelo hacia el destino final.
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Un retrato de la narrativa hispanohablante
La I Bienal Vargas Llosa, que empieza la próxima semana en Lima, es un buen motivo para que “El País” realice un retrato sobre la nueva narrativa hispanoamericana. Para algunos está en su mejor momento, otros consideran que es más bien predecible y con falta de riesgo y compromiso. La nota entrevista editores, agentes, críticos y escritores y la firma el siempre al día Winston Manrique Sabogal bajo el título “Geografías de la novela”.