Blog de noticias literarias. Dirigido por Iván Thays.

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  1. El escritor en vacaciones

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    vacaciones de Hemingway

    ¿Puede tener un escritor vacaciones? Esos fantasmas que debemos exorcizar, según el famoso ensayo de Mario Vargas Llosa, ¿pueden darnos 30 días calendarios de descanso? Un artículo excelente de Claudia Piñeiro en revista Ñ, a partir de un ensayo de Roland Barthes.

    Dice:

     Mucho se ha escrito sobre el tema antes y después de “El escritor en vacaciones”, artículo de Roland Barthes incluido en Mitologías que escribió a partir de fotos de Le Figaró. Vale la pena leer ese texto, pero más allá de la certeza de sus afirmaciones, uno acá, muy lejos de Europa y varias décadas después, se pregunta si alguno de nosotros, escritores que además de escribir textos propios tenemos que trabajar de alguna otra cosa para subsistir, entramos dentro del mito planteado por Barthes. Una mirada burguesa sobre el oficio de escribir, y una mirada romántica sobre el lugar que la sociedad les da a los escritores. O les daba. “El (el escritor) acepta sin duda que está provisto de una existencia humana, de una vieja casa de campo, de una familia, de un short, de una hijita, etc., pero contrariamente a los otros trabajadores que cambian de esencia y en la playa no son más que veraneantes, el escritor conserva en todas partes su naturaleza de escritor; al tener vacaciones, muestra el signo de su humanidad; pero el dios permanece, se es escritor como Luis XIV era rey, incluso en el inodoro”. Si ya en el texto de Barthes está afirmación escondía cierta ironía, hoy y acá nos queda claro que ni casa de campo ni dios, inodoro sí.

    El texto arranca con un párrafo donde, después de haber visto la foto que lo representa, Barthes dice: “Gide leía a Bossuet mientras bajaba por el Congo. Esa postura resume bastante bien el ideal de nuestros escritores ‘en vacaciones’ (…): juntar al placer banal el prestigio de una vocación que nada puede detener ni degradar”. El placer banal, las vacaciones; la vocación, la literatura. El párrafo me remitió a una foto de 1946 de Bioy Casares y Silvina Ocampo que encontré en el blog de la Audiovideoteca de Buenos Aires. Los dos en la playa, en Mar del Plata, ella con una capelina en la mano y los clásicos anteojos de las Ocampo, él con el sombrero puesto, los dos sentados sobre la arena, delante de una carpa. A la foto la acompaña un texto extraído de una entrevista que Tomás Barna le hizo a Bioy en 1997. “Con Silvina, nuestra costumbre era quedarnos en Mar del Plata después de la estación de verano. (…) Hacía mucho frío. Había muchos días de tormenta, entonces nos quedábamos en la casa mucho tiempo, y se nos ocurrió que podíamos escribir esta historia (Los que aman, odian) que no sé (si ella o yo) quién la invento”. Bioy y Silvina no sólo podían pasar su verano en Mar del Plata sino que se podían quedar a escribir una novela. Una realidad bastante distinta a la mía y a la de muchos de mis colegas.

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  1. Se viene el FILBA

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    Margo Glantz

    Del 12 al 16 de setiembre el Festival FILBA de Buenos Aires espera a visitantes de distintas partes del mundo, en especial de México. Son más de 65 autores. Una nota en la revista Ñ nos comenta qué autores estarán presentes y cuáles serán las sedes

    Dice:

    Fernando Vallejo, Ricardo Piglia, Margo Glantz, Fabio Morábito y Angélica Gorodischer son algunas de las más de 65 personalidades que participarán de la cuarta edición del FILBA Internacional, el festival literario que se desarrollará del 12 al 16 de septiembre en diez sedes, en Capital y La Plata y que este año homenajeará a México. Del 6 al 9, además, se hará el Festival Filbita, para los más chicos.

    Entre otros, participarán los escritores argentinos Liliana Heker, Luis Chitarroni, Hernán Ronsino, Selva Almada, Gabriela Bejerman, Damián Tabarovsky, Marcelo Figueras, Carlos Gamerro y Pedro Mairal. El francés Laurent Binet –ganador del Premio Goncourt con HHhH–, el chileno Alvaro Bisama, el boliviano Rodrigo Hasbún, los brasileños Ronaldo Correia de Brito y Sergio Sant’Anna, la española Mercedes Cebrián, el noruego Kjartan Flogstad y la “argenmex” Sandra Lorenzano también serán de la partida.

    Pablo Braun, director del FILBA y de la editorial Eterna Cadencia, explica que se harán treinta actividades entre paneles, entrevistas, diálogos, lecturas, talleres y performances en lugares como la Biblioteca Nacional, el Centro Cultural Recoleta –que por primera vez serán sede del festival– y el Malba. Allí, Piglia inaugurará el encuentro con la conferencia “Sobre la interpretación”. En el mismo museo tendrá lugar el cierre a cargo del colombiano Vallejo, autor de La Virgen de los Sicarios.

    El homenaje a México busca recorrer la obra de las voces más significativas del siglo XX mexicano (Octavio Paz, Sergio Pitol, Carlos Monsívais) y, además, “acercar al lector argentino las nuevas expresiones de su narrativa, poesía y música,”, señaló Braun.

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  1. “Tengo una patria imaginaria donde hay cosas de México y Argentina”

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    Sandra Lorenzano

    Conocí a Sandra Lorenzano en un maravilloso encuentro de escritores en México, en los años 90, que se repitió al año siguiente, en el Claustro Sor Juana Inés de la Cruz y donde tanto la directora de la Universidad, Sandra y Mario Bellatin eran los anfitriones. Sandra era argentina pero estaba muy asentada en México. Se dedicaba al ensayo, asistía a todas las presentaciones de los autores invitados, tomaba notas y preguntaba. Muchos años después, hace dos o tres años, hubo otro encuentro en el Claustro y Sandra también estuvo presente, ahora como vicerrectora. Su presencia en el mundo cultural mexicano se ha fortalecido (tiene también un programa cultural de radio que acaba de cumplir un año) y también en el mundo literario, pues ha logrado publicar en la valenciana Pre-Textos su poemario Vestigio. De gira por Argentina, Silvina Friera la entrevista para Página12.

    Aquí algunas preguntas:

    –¿Por qué el primer poema de Vestigios empieza con un verso que plantea “restaurar el silencio”?

    –Se podría pensar que hay dos tipos de silencio; en realidad nada de lo que digo son certezas, sino exploraciones. El horror te lleva al silencio, pero también hay un silencio necesario, imprescindible, para la aparición de la palabra. Yo necesito del silencio para escribir, pero no del silencio externo, sino del silencio interior. Necesito encontrar ese resquicio para que de ahí surja la palabra literaria. Si no es así, me da una sensación de falsedad. Entonces hay un silencio a priori, el silencio necesario para que surja la palabra; pero por otra parte está el silencio del horror, que se produce cuando hemos perdido la palabra. El silencio es un tema clave para mí; por eso el poema habla de “restaurar” ese silencio para ir más allá del dolor; un silencio que permita la aparición de la palabra.

    –Aunque la palabra sea inasible, ¿no?

    –La palabra poética es inasible; en realidad uno trata de asir algo de todo eso que se está escapando; hay sensaciones, sentimientos, experiencias, de las que no se pueden dar cuenta nunca. Las palabras permiten ir rodeando esas sensaciones, pero no podés asirlas. No hay nada quizá más contrario a la palabra poética que la fijación. La palabra poética tiene que ser algo que fluye, que destella; la estás leyendo y te queda circulando. En el momento en que se fija y se enquista, no tiene nada que ver con la poesía.

    –¿Cómo explica que se reiteren en sus poemas palabras como murmullo y susurros?

    –El murmullo es eso que apenas alcanzás a escuchar. Como son textos que surgen del duelo, es lo que apenas decimos en voz baja. La poesía que me interesa es sutil: deja entrever algo y se borra enseguida. Es el tipo de literatura que me interesa escribir y también leer. Lo que no es grandilocuente, lo que no es vociferante, lo que no tiene certezas, lo que, como dirían en México, “no se la cree”.

    –¿Por qué en los poemas no aparece una lengua permeada por el habla mexicana?

    –Tampoco por la lengua argentina; como mi poesía no tiene coloquialismo, queda muy abierta. Mi conciencia sobre la lengua surge con el exilio. Como llegué en la adolescencia a México, hice un gran esfuerzo por volverme una adolescente mexicana. Yo puedo estar acá hablando con un mexicano y me doy vuelta y te hablo a vos en argentino. Así he funcionado a lo largo de 35 años. Yo uso poco la lengua coloquial; es un constructo que he armado y que es el resultado de juntar esas dos lenguas que tengo ahí…

    (…)

    –Este interés por lo que pudo haber sido, ¿cree que le viene de la experiencia del exilio?

    –Quizá surge del exilio pero, ¡cómo saberlo!… Está la idea de que pudimos haber tenido una vida acá, pero esa vida quedó en la negra espalda del tiempo. De hecho, tuvimos otra vida en otro lado, y eso hace que después de 35 años yo siga viviendo en México y venga, lo más seguido que puedo, a encontrarme con gente querida y ver a mi familia. Y siempre regreso con la sensación de qué hubiera pasado si me hubiera quedado o qué pasaría si volviera. Son todos juegos de la imaginación; uno puede jugar con esas posibilidades. Pero en el ’83 se terminó el exilio. Yo no soy de las plañideras del exilio. El llanto por el exilio no tiene que ver conmigo; entiendo que hay un dolor de base, creo que todos los seres humanos tenemos un dolor originario, pero no comparto para nada el lado plañidero del exilio, porque a mí me permitió descubrir un mundo maravilloso que disfruté en mi adolescencia. La patria es una construcción imaginaria: yo tengo una patria imaginaria donde hay cosas de México y Argentina. Y siempre digo que en una patria crece mi hija y en otra envejece mi padre; en una tengo pasado y en la otra tengo futuro. Y vivo así. Cuando se terminó el exilio, estar afuera o no se convirtió en una elección. Y yo elegí quedarme en México.

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