Blog de noticias literarias. Dirigido por Iván Thays.

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    365 días de libros: Reseña de "Norte" de Edmundo Paz Soldán
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  1. “Billie Ruth” reseñado

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    Edmundo Paz Soldán

    El libro de relatos de Edmundo Paz Soldán, Billie Ruth, editado por Páginas de Espuma, ha tenido buenas reseñas por todas partes. Una de las más interesantes es la que publica Ernesto Calabuig en el diario El Espectador bajo el título “Exilios fértiles”.

    Dice:

    Son tantos los libros de relatos que desfilan cada año ante los ojos del lector o del crítico en un tono medio, que recibir el impacto de la literatura grande y sin trampas acrecienta la celebración. Billie Ruth, del boliviano Edmundo Paz Soldán (1967) es un libro de los que llegan para quedarse, una colección de quince relatos sencillamente magistral.

    En este gran vuelo ha invertido Paz Soldán catorce años de su vida. Entre tanto, iba creciendo su fama de sólido novelista. Billie Ruth no se queda en mera colección de textos breves, sino que consigue una unidad natural, no forzada o resuelta solo con oficio o maña de taller. Los temas, motivos conductores y elementos comunes a estas historias surgen de un modo “justo y necesario”, nacen del conocimiento del mundo, del dolor, de la pérdida y de una suerte de “extrañamiento” y distancia a los que Paz Soldán ha llegado tras veintitrés años de vida en los Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario. Bolivia y Estados Unidos son los dos pivotes que soportan el libro, pero no agotan las ambientaciones: de hecho, una de las joyas de esta obra lleva por título “Srebrenica” y nos sumerge, desde la voz de una joven norteamericana, doctoranda de antropología, en el horror de las fosas comunes y las identificaciones de musulmanes bosnios ajusticiados por los serbios. El erotismo femenino (la espontánea relación de la protagonista con una compañera, Debbie) parece insuflar vida, color y consuelo entre tanta constatación de horrores.

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  1. La felicidad de recomendar libros

    Este artículo fue publicado hoy en mi blog Vano Oficio del diario “El País”. Sobre la felicidad y el placer de recomendar libros, y de recibir recomendaciones también. Además, comento el proyecto 365 días de libros. Saludos. 

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    Foto: mtsofan

    Soy de los que viven en departamentos alquilados y cada cierto tiempo debo desprenderme de libros de mi biblioteca para darle espacio a mis muebles. Intento no exceder los tres únicos libreros que me he permitido, con libros a doble fila (la doble fila es lamentable); aunque últimamente reconozco que ando algo desbordado, con decenas de libros en el suelo esperando una ubicación (es decir, toca una nueva venta).

    Desde mi adolescencia llevo en mis mudanzas dos centenares de libros ajados, clásicos que he ido arrastrando desde la biblioteca de mi padre y de los que no pienso desprenderme. Tengo, además, mis libros favoritos, una radiografía de mi personalidad sintetizada en títulos y lomos. Y luego están las novedades. Los libros que compro cuando viajo, los libros que pido que me traigan cuando alguien viaja, los libros que encuentro en Lima luego de bucear en sus libreros y encontrarme con sorpresas.

    Mi biblioteca personal, como la de todos, está llena de anécdotas. La mejor incluye a San Petersburgo de Andréi Biely. Encontré una lista de cinco libros imprescindibles para Vladímir Nabokov, de la cual yo había leído cuatro. Pero jamás había escuchado hablar del tal Biely. Durante muchos años, con verdadera insistencia, busqué San Petersburgo en librerías de Barcelona, Madrid, Buenos Aires, México, Santiago de Chile, Bogotá. Nada. Un día, bajé a la librería del primer piso del centro cultural donde enseño talleres literarios desde hace más de una década. Es una librería pequeña en la que suelo entrar antes de cada clase para echar una rápida mirada sin expectativas. Entonces, en una mesa de saldos, encontré San Petersburgo. No uno sino cinco ejemplares, y a un precio casi simbólico. Ahora es también uno de mis libros favoritos.

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  1. La literatura boliviana vale la pena

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    Giovanna Rivero

    Hace unos meses hice un post sobre el probable boom de la narrativa venezolana. Ahora toca preguntarse si existe un boom de la narrativa boliviana. Al parecer, como nunca antes la literatura boliviana tiene autores que empiezan a llamar la atención fuera de sus países como Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún o Giovanna Rivero (sin contar al viejo conocido de Edmundo Paz Soldán, quien en su literatura ha ido pasando todas las etapas de boom, el boom junior, el postboom y el ciberboom, es decir desde la novela comprometida hasta la ciencia ficción, que al parecer lo ocupa ahora). En concreto, Giovanna Rivero llama mucho la atención. Un texto estupendo de la chilena Andrea Jeftanovic (“La vera Giovanna”) comenta su éxito en la feria del libro de La Paz. Y ahora una reseña de Sebastián Antezana a Niñas y detectives la deja muy bien. Y termina con un entusiasmado grito de apoyo a la literatura boliviana: “La literatura boliviana vale la pena”.

    Dice la reseña:

    Para empezar, quisiera allanar el camino de cualquier duda posible: Niñas y detectives es un buen libro, un conjunto de historias inteligentes, interesantes y bien escritas que conforman un todo poderoso y envolvente. Si me permiten, no quisiera que esta sea una reseña valorativa sino, más bien, reflexiva, por lo que prefiero zanjar esta cuestión de entrada. Catorce son los cuentos que componen el libro, varios de los cuales ya aparecieron en anteriores colecciones de relatos –dos de ellos pertenecen a Tukzon. Historias colaterales–, y son una muestra representativa de la distancia que Rivero es capaz de recorrer. ¿Qué encuentra el lector en Niñas y detectives? Algunas constantes: familias, amistad, parejas, vegetación, calor, arena, escorpiones, sexualidad, crímenes, ejercicios de violencia, lances de erotismo y venganza, cantidades de fármacos, ropa interior y juguetes. Pero hay más. En el libro la niñez se presenta como espejo cruel de la adultez, como árido y entrañable campo de cultivo. La maternidad se muestra como la terrible experiencia universal del cariño, el lazo que une a las personas, a las personas y a los animales, a los animales y al veneno. La escritura se exhibe como caudal sanguíneo, como cadencia atribulada y sostenida, ritmo frenético pleno de belleza y cuidados.

    La escritura de Rivero es pulcra, clara, puntillosa y no carente de cierto vuelo poético –abundan en ella las metáforas, los símiles y cierta euforia de la forma que la hace arriesgada, potente y marcadamente personal–. Temáticamente, podría dividirse al libro en dos partes. Por un lado, el centro de ciertas historias lo conforman figuras como detectives, policías, médicos forenses y otros personajes afines, y sin embargo éstas no son historias policiales, no es una pasión de género la que motiva su escritura sino más bien una voluntad de apertura. Por otro lado, las demás historias se concentran en episodios y pasajes de la infancia, de la temprana adolescencia, de ese tortuoso pasaje entre el vacío y la experiencia que está marcado por la irreversibilidad del cambio. “Nadie se prepara para la fatalidad”, le dice un personaje a otro en uno de los relatos, la fatalidad que encarna un algo abstracto e impersonal como el destino, pero también la fatalidad sistemática que se desprende de las acciones de los hombres, de sus faltas, sus silencios y sus vacíos.

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  1. Las respuestas de Harss

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    Luis Harss

    El crítico chileno Luis Harss publicó en 1966 el libro Los nuestros, donde puedo atisbar -en pleno estallido- lo que estaba sucediendo realmente. Su libro fue fundamental para afirmar la existencia de ese boom literario, hasta el punto que mucho creen que Harss fue quien lo calificó como “boom” (lo que no es cierto). Alfaguara ha reeditado el libro y Edmundo Paz Soldán, en su blog en el Boomerang, comenta la reedición.

    Dice:

    Dice un amigo cubano que lo mejor del libro de Harss es que fue “oportuno”. Apareció en 1966, cuando ya el Boom había hecho eclosión y había hambre de saber de esos inagotables e inventivos autores latinoamericanos que escribían grandes novelas como si fuera la cosa más normal del mundo; no fue casual que Los nuestros fuera rápidamente traducido al inglés y otros idiomas. Lo que no dice mi amigo es que, en materia periodística, no siempre es fácil ser oportuno. Los nuestros tomó dos años de entrevistas y mucho más de lecturas; es admirable el caudal de conocimientos que despliega este periodista argentino nacido en Chile. Además, Harss no solo reporta la noticia sino también la hace: Los nuestros ocupó un papel importante a la hora de consolidar la lista de los autores que contaban.

    Por otra parte, el diario El País le ha hecho una entrevista digital a Luis Harss con motivo del cincuentenario del boom latinoamericano. Sus respuestas, honestas y directas, no tienen pierde. Dice que se sentía más cómodo con Cortázar, conversa sobre su distancia con Carpentier, sobre por qué no hay escritoras mujeres en su libro y por qué no consideró a José Donoso en su selección.

    Aquí algunas respuestas: 

    Luis, hola. ¿Me podrías decir con cuál de todos los escritores claves del boom, fue con el que más te reiste? Muchísimas gracias.

    Creo que con quien más me reí y con quien más me entendí fue con Cortázar. Me asombró ver que en una generación más que la mía la Argentina no había cambiado tanto. Compartíamos sentido del humor, y nos entendimos muy bien. Un saludo, amigo.

    Pocas mujeres escritoras del boom latinoamericano, resultado de la inequidad en el acceso a publicar?

    Es un tema bastante complicado… Cuando escribí el libro no busqué ni hombres ni mujeres, simplemente libros. En esa época había excelentes poetas y también mujeres que escribían muy buenos cuentos, pero yo no conocí ninguna mujer novelista que estuviese al nivel de los autores del boom. Personalemte soy un gran amante de las escritoras novelistas, y creo que es más una cuestión social que personal.

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  1. Los maestros del boom

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    William Faulkner, sin duda la mayor influencia

    La sección cultural del diario El País está haciendo, desde la semana pasada, un homenaje a los autores del boom literario hispanoamericano. Esta vez, le tocó el turno a Edmundo Paz Soldán quien comenta quiénes fueron, en su opinión, los maestros del boom narrativo. Nombres como Faulkner, Borges, Kafka, Woolf y Rulfo caen sobre la mesa.

    Dice la nota:

    Hace un buen tiempo que planeo dar un curso sobre la influencia de William Faulkner en el boom. Comenzaría con Mario Vargas Llosa, que dijo que el escritor norteamericano fue el primer novelista que leyó con papel y lápiz a mano, tratando de reconstruir “racionalmente” la arquitectura de sus novelas, ver cómo funcionaba ese juego complejo con la cronología y el punto de vista. Las técnicas faulknerianas son obvias en los primeros libros de Vargas Llosa: la ambigüedad de perspectivas de La ciudad y los perros, el hábil manejo del tiempo a través de, como dice el crítico peruano Efraín Kristal, “círculos concéntricos”, y la misma trama referida en buena parte a una investigación criminal, le deben mucho a Luz de agosto. Hay escenas de La casa verde que parecen haber sido escritas tomando como punto de partida escenas de ¡Absalom, Absalom! A esta misma novela de Faulkner Vargas Llosa también le debe el tema central de Conversación en La Catedral: una investigación de los fallos morales de una sociedad.

    (…)

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  1. David Foster Wallace, la biografía

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    carátula del libro

    La biografía de D.T.Max sobre David Foster Wallace Every Love Story Is a Ghost Story ha removido el ambiente literario norteamericano y se ha convertido en el libro que más se comenta en EEUU (al menos que más se comenta entre los que no han leído esa cosa de las sombras de Grey de E.L. James). Michiko Kakutani comentó el libro hace unas semanas en The New York Times y nuevas reseñas han aparecido a partir de entonces.

    También el mundo hispano se ve interesado, obvio. Edmundo Paz Soldán comenta la biografía en su blog:

    Los lectores descubrieron a David Foster Wallace con dos libros -The Broom of The System (1987), La niña del pelo raro (1989- llenos de juegos de palabras electrizantes y experimentos narrativos metaliterarios que presentaban a un autor tan fascinado como divertido por la cultura del entretenimiento en los Estados Unidos. Con los años, como muestra D. T. Max en Every Love Story is a Ghost Story –su fascinante y compacta biografía de Foster Wallace–, el autor nacido en Ithaca (Nueva York) en 1962 llegó a desdeñar esos dos primeros libros, porque sentía que les sobraba ironía y les faltaba seriedad. A principios de los noventa, una crisis depresiva mientras hacía un doctorado de filosofía en Harvard, lo llevó a una estadía en una “halfway house” para gente que se recuperaba de sus adicciones; allí tuvo la revelación que, junto a su “anhelo disfuncional” por la escritora Mary Karr, lo llevaría a escribir su obra maestra, La broma infinita (1996): Estados Unidos era un país de gente adicta al entretenimiento como forma de esconder el dolor psíquico de la vida. La literatura podía ser mucho más que un entretenimiento sofisticado, el parque de diversiones textual de los postmodernistas. La literatura debía ser capaz de ofrecer un modelo de cómo vivir de manera responsable y considerada. Pynchon, el gurú de sus primeros años, debía aliarse a Dostoievsky.

    Max va construyendo de manera detallada, sin florituras retóricas, la historia de un autor de una inteligencia privilegiada -se sentía en casa con Derrida y Wittgenstein, alguna vez escribió una historia del infinito– que lo llevaba a paradójicos callejones sin salida, y que intentó desesperadamente reconciliar principios opuestos (el juego posmo, el sincero sentimentalismo) mientras luchaba con una depresión severa. Uno de sus grandes logros fue el de “universalizar sus neurosis”. Max también señala que a Foster Wallace Le hubiera gustado que La broma infinita tuviera como subtítulo “Un entretenimiento fallido”, pero su calidad literaria y su éxito comercial conspiraban contra ello: así, irónicamente, el chico de la bandana se convirtió en uno de los ídolos de la generación grunge, y hubo críticos que lo compararon con Kurt Cobain, por la “torpe sinceridad” de ambos (obviamente, a Wallace no le gustó la comparación, porque Nirvana  le parecía nihilista).

    Foster Wallace pasó la última década de su vida lidiando lo mejor que pudo con el monumento en el que se había convertido. Intentó desesperadamente tener algo en qué creer, desde el budismo hasta la triste consolación del aburrimiento (tema de su última novela, El Rey pálido), pero al final siempre volvía a los 12 pasos del programa de su grupo de ayuda para el tratamiento a las adicciones. Fue pretencioso y pedante, pero no el “San David Foster Wallace” del que se burla Bret Easton Ellis en Twitter (Max da muchos ejemplos de la forma en que el escritor se aprovechó de su fama para acostarse con alumnas, editoras y groupies). Pese a que la escritura no fluía como antes, parecía haber encontrado cierta paz, y sin embargo la depresión reapareció y terminó ganando la partida. Jonathan Franzen puede quejarse de que Foster Wallace se suicidó para convertirse en una leyenda; lo cierto es que queda una obra que está a la altura del monumento.

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  1. Presentan antología “Sam no es mi tío”

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    invitación al evento

    Hoy presentan la antología de cronistas sobre el tema de la inmigración a Estados Unidos, Sam no es mi tío (Alfaguara), en Lima. Estarán presente uno de los antologadores (y autor de una de las crónicas), Diego Fonseca, y Julio Villanueva Chang. Será en la librería El Virrey a las 7:00 pm. Aquí les dejo una de las notas que ha dado Fonseca sobre el libro. La nota es en el diario El Universal de México.

    Dice:

    Jorge Volpi propone una crónica sobre la frontera que está llena de fuerza y es brutal; Elloy Urroz apuesta por una mezcla de ensayo y relato; Ilan Stavans hace un texto académico sobre el ciempiés y deja una crónica preciosa; Wilbert Torre encara lo político y lo social revisitando a un tipo del que ya había escrito, Guillermo Osorno plantea como si fuera hoy un partido de futbol de 1997; Yuri Herrera hace un repaso por la gastronomía mexico-americana; y Diego Osorno se va a Manhatann a perseguir las huellas de Carlos Slim.

    Esa es la mirada de los mexicanos, sean cronistas, escritores de ficción, periodistas o académicos que encararon desde la crónica la relación de los latinos con Estados Unidos; pero ellos no son los únicos hispanos que participan en Sam no es mi tío, un libro que recoge 24 crónicas migrantes, además de un sueño americano.

    En esa propuesta editorial coordinada por Diego Fonseca y Aileen El-Kadi también participan escritores de Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Guatemala, Chile y Bolivia, entre los que destacan Santiago Roncagliolo, Edmundo Paz Soldán, Daniel Alarcón, Jon Lee Anderson, Eduardo Halfon, Hernán Iglesias Illa, Joao Paulo Cuenca, André de Leones y Claudia Piñeiro.

    “El gran mérito de la edición es haber desafiado la idea de que íbamos a hacer un libro previsible en el sentido de que nos íbamos a poner la camiseta ideológica y salir a repartir palos. No. Partimos del intento de hacer un gran fracaso y ese gran fracaso es intentando dar una explicación completa, una explicación a la relación entre los latinos y Estados Unidos”, dijo Diego Fonseca.

    El escritor y periodista, de visita en México, dijo en entrevista que es muy complejo y casi imposible explicar cualquier nación, incluso México que es tan diverso; sin embargo, es más complejo tratar de explicar a EU, país donde el proceso de migración no ha terminado y sigue recibiendo gente, un país que aún está por hacerse.

    Partiendo de la base de que el fracaso existía e interesados en tratar de explicar lo inexplicable, lograron conformar 24 crónicas de migrantes y un texto, el de Jon Lee Anderson, que es un sueño americano.

    “El gran éxito del libro es tratar de mostrar el mapa caleidoscópico de Estados Unidos y de los latinos en su relación con este país, de la relación de los gringos con los latinos y de los latinos entre sí; tratando de explicarnos eso que no existe que es la latinidad. Coincido con Volpi, quien dice que no existe la latinidad, que tenemos una especie de acuerdo de que somos latinos por algo, pero no somos un grupo social que tenga cierta homogeneidad ni racial ni cultural”, aseveró.

    En esa apuesta por al fracaso seguro hallaron el éxito a través de historias sin tiempo, crónicas que se pudieron haber escrito ahora o en unos años más porque son transicionales y no dudan de que EU es un país transicional.

    Diego Fonseca cuenta que uno de los primeros puntos clave era que México era la primera minoría de Sams, por eso hay muchos escritores mexicanos más que de cualquier otra nacionalidad; otro de los puntos es su sentido crítico.

    “El primer punto que nos sacamos de la cabeza es que íbamos a hablar del imperio y del imperialismo, todos sabemos de la fuerza imperial que tiene EU sobre América Latino; el criterio básico es exponer una historia y dejar que el lector buceé dentro y construya su propia lectura crítica. Quisimos separarnos de la lectura ideológica perse y tratar de que la crítica social, si tiene que existir como tal, fluya a partir de construir la historia”, comentó.

    A partir de esa certeza se concentraron en contar historias cotidianas y mostrar a la gente en Tepito o en Manhattan; crónicas con perfectos mecanismos técnicos y piezas narrativas para contar los grandes conflictos y crisis universales. “En el día a día tienes amor, odio, soberbia, pereza, avaricia, ambiciones, derrotas, victorias, y una historia bien contada sobre una persona es una historia bien contada que incluye muchas otras historias que no están contadas allí”.

    Cuando Fonseca comenzó a escribir la crónica de la crisis económica en EU, a partir de su historia personal, estaba de luna de miel cuando le avisaron que la empresa en la que se había mudado a trabajar a EU había decidido cerrar, pensó en publicarla y entonces surgió la pregunta dónde y también ¿quienes escribían crónica en español?

    Se dio cuenta que eran muchos los cronistas, escritores, periodistas, reporteros regulares y corresponsales latinos que escribían crónica pero casi todos trabajan para medios de América Latina.

    Pero había historias por contar. Fonseca sabe que en el momento en que la crónica toma estrategias narrativas de la ficción, el límite está muy difuso. “Muchos de los escritores que están aquí han ensayado crónica antes; algunos vienen del periodismo como Roncagliolo”.

    Lo rico del libro es que pudo constatar que la crónica latinoamericana aún tiene que incorporar la lectura académica, el análisis más profundo, incluso científico, a la construcción de la crónica.

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  1. Las mujeres del Boom

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    Clarice Lispector. Foto: Michelle Cunha

    Nuevo post en el blog Vano Oficio de “El País”

    Este 23 de Abril en Casa de América se reunirán Rodrigo Fresán, Edmundo Paz Soldán y Jorge Volpi en un ciclo literario denominado “Los olvidados del Boom”. Fresán hablará de Juan Carlos Onetti, Volpi de Jorge Ibargüengoitia y Paz Soldán de Clarice Lispector. Aunque es cierto que el Boom, propiamente dicho, incluye solo a cuatro autores (Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez y Fuentes), en realidad su radio abarca una circunferencia más extensa, que contiene a precursores y autores posteriores. Sin duda, Juan Carlos Onetti pertenece al grupo de los precursores, como Alejo Carpentier, Ernesto Sabato o Juan Rulfo. No es un olvidado sino, como dice Fresán, más bien un “olvidadizo” o un escurridizo que nunca hizo suya la agenda del Boom y la novela total. El caso de Jorge Ibargüengoitia es distinto. Simplemente, no le alcanzó la obra, la suerte o las ganas, como le sucedió a tantos (pienso en Julio Ramón Ribeyro). Murió en el célebre accidente aéreo en Madrid en 1983, rumbo a un encuentro de escritores en Colombia, antes de cumplir los 60 años. En ese avión también viajaba otro eterno aspirante al Boom, el escritor peruano Manuel Scorza. Considerando el año de su muerte, es obvio que Ibargüengoitia (así como Scorza) no podía ya aspirar a pertenecer al Boom, aunque vivía en la periferia de este. Autores como Manuel Puig, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante o Alfredo Bryce Echenique consiguieron un resquicio para introducirse y sentarse al lado de los 4FAB, pero a inicios de los 80 ese espacio se había cerrado definitivamente e Ibargüengoitia no logró cupo pese a que sus novelas compartían muchos de los rasgos del llamado post-boom.

    De las tres conferencias previstas, la que pone el dedo en la llaga es la dedicada a Clarice Lispector. La extraordinaria autora brasileña merecía largamente formar parte del Boom. Sin embargo, no sucedió y la única explicación posible es que el Boom fue siempre un club donde no se admitían mujeres. En realidad, sí, se permitían, pero como esposas, agentes literarias, lectoras, estudiosas, gruppies o secretarias. Pero como escritoras, jamás. Tal parece que una cualidad de la ambición totalizante era la virilidad. Cuando Julio Cortázar acuñó el inadecuado término de “Lector Hembra” para aquellos lectores pasivos y convencionales que no aceptaban los retos literarios ¿fue un lapsus personal o estaba delatando una mentalidad machista compartida por los demás?

    Recuerdo unas líneas que la biógrafa Stacy Schiff le dedica a Vera, la esposa de Vladímir Nabokov: “A partir de las muchas cosas que Nabokov se jactaba de no haber aprendido jamás -escribir a máquina, conducir, hablar alemán, encontrar un objeto perdido, cerrar un paraguas, contestar el teléfono, cortar las páginas de un libro o dar la hora a un ignorante-, resulta fácil deducir a qué dedicó Vera su vida.” La cita me conduce al emotivo agradecimiento público que hizo Vargas Llosa a su esposa Patricia, la que incluso al reprenderlo por su inutilidad para la vida práctica lo alaba diciéndole “tú solo sirves para escribir”. Cuando nos referimos a las mujeres del Boom, más allá de Carmen Balcells, no debemos olvidar el aporte de las esposas de los 4FAB. Aunque ellas, como la misma Vera Nabokov (quien se negó a dar entrevistas y demandó a Martin Amis por fingir una crónica sobre ella), prefieren pasar desapercibidas, su presencia invisible queda grabada como marca de agua en las páginas de los libros de sus esposos. La única que rompió el pacto silencioso fue Pilar, la esposa de Donoso, autora de un entretenido texto llamado El Boom doméstico, que al sumarse al libro que escribió la hija adoptiva de ambos, recientemente fallecida, Correr el tupido velo, traza una trayectoria tan desgraciada que nos advierte que aquella frase de Tolstoi sobre las familias (en la felicidad idénticas, pero infelices cada una a su manera) puede encajar en la vida de los demás autores del Boom.

    Esta semana en el FB de Andrea Jeftanovic, estupenda escritora chilena, se discutió el tema. Ella, además del nombre de Clarice Lispector, soltó el de la mexicana Elena Garro como otra olvidada del Boom. Sostuvo además que “siempre hay redes de poder en la legitimación y visibilidad” cuando se elabora un canon. Y por supuesto, el Boom es un canon absolutamente masculino por más que sus autores (pienso en las colaboraciones de Julio Cortázar con Carol Dunlop o en la admiración que siente Vargas Llosa por Nélida Piñón, a quien le dedicó La guerra del fin del mundo) no desprecien necesariamente a las escritoras. Más que el machismo de los autores, la ausencia de mujeres en el Boom es producto de la ideología de esos años en los que la escritura femenina ocupaba en América Latina un lugar marginal y opacado por una imagen del escritor masculino, comprometido, seguro de sí mismo, hegemónico. Cuando veo la serie Mad Men identifico a Don Draper con la imagen del escritor latinoamericano del Boom, exitoso, convincente, trajeado y encorbatado, fumando o bebiendo whisky, hablando de negocios, de arte o de política, mientras a su alrededor orbitan mujeres vulnerables.

    El Boom fue un fenómeno comercial y un hito histórico instalado en su tiempo. Pero ajeno a este, la literatura latinoamericana permanece en movimiento y en discusión constante. Una prueba innegable de ello es la importancia que ha adquirido un autor que logró ingresar al Boom, aunque nunca fue muy bien considerado por sus pares, como Manuel Puig, quien en las últimas décadas se ha convertido en el principal referente de la literatura latinoamericana. El brillo de algunos nombre y libros concretos del Boom, en cambio, ha ido desluciéndose con el paso de los años. Todo puede ser replanteado a través de nuevas lecturas y, en especial, siguiendo el rastro que los escritores dejan en la obra de los autores posteriores. Por ello, Clarice Lispector (como quizá algún día Elena Garro) ocupa hoy un lugar excepcional en la literatura latinoamericana, más allá del detalle anecdótico de si perteneció o no al Boom.

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  1. Los olvidados del Boom

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    Clarice Lispector será comentada por Edmundo Paz Soldán

    Si consideramos al “Boom” solo a cuatro autores (Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y Fuentes), la lista de “olvidados” sería enormísima. Si ampliamos la lista de los autores del “Boom” a sus predecesores y sus continuadores (el pre-Boom y el post-Boom, si se quiere) la lista se reduce pero es más discutida. Pero algunos autores, definitivamente, están fuera de cualquier lista boomera. Tres de ellos son mencionados en una conferencia en Casa de América este 23 de abril: Juan Carlos Onetti, Jorge Ibarguengoitia y Clarice Lispector. El primero de ellos es discutible si forma o no parte de algunas de las categorías del Boom (suele mencionársele junto a autores como Juan Rulfo o Alejo Carpentier, por ejemplo, como un precursor), pero los otros dos innegablemente son “olvidados” del festín.

    Aquí la nota de prensa de Casa de América:

    Al cumplirse en 2012 los cincuenta años de la aparición de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, parece no sólo oportuno sino también necesario preguntarse por el boom de la narrativa hispanoamericana, que constituye desde entonces uno de los momentos estelares de la literatura contemporánea. Pero en la valoración del boom, como en tantas otras cosas, los árboles no dejan ver el bosque, y los autores más populares ocultan a veces a otros maestros olvidados.

    Para contribuir a llenar este vacío, la Casa de América ha programado un ciclo titulado Los olvidados del Boom, en formato T+, que aspira a hacer justicia a algunos de los mejores escritores iberoamericanos de las últimas décadas, quienes por distintas razones no han recibido la atención editorial, crítica y lectora que merecen o permanecen en una especie de limbo literario del cual queremos rescatarlos.

    Participan:

    - Rodrigo Fresán (Buenos Aires, Argentina, 1963) hablará de Juan Carlos Onetti (Uruguay) en un T+ que lleva por título: ‘Onetti como Big Bang, o apuntes para olvidarse del Boom (al menos por un rato, ¿sí?.

    Sinopsis: ¿Es realmente Onetti uno de los olvidados del Boom o un olvidadizo del Boom? ¿Puede entenderse su puntería y trayectoria como un certero modelo alternativo de lo que se supone debe ser el Gran Escritor Latinoamericano buscando dar en el blanco de la Gran Novela Latinoamericana? ¿No va siendo hora de pensar más en el Bang que en el Boom?

    - José Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) hablará de Clarice Lispector (Brasil) en un T+ que lleva por título: 'Una Clarice, muchas Clarices’.

    Sinopsis: Nacida en 1920 en un pueblito de Ucrania, Clarice Lispector es hoy quizás la escritora más conocida del Brasil. Traducida al francés ya en la década del 50, y con un gran éxito de crítica y público en el Brasil de los sesenta, Lispector tardó en ser descubierta en América Latina y España. Su estilo, de exhaustiva introspección sicológica y existencial en constante diálogo formal con la obra de Kafka y Joyce, quizás no estaba en sintonía aparente con la exuberancia narrativa de los escritores del Boom; sin embargo, hoy está claro que las búsquedas lingüisticas de esta escritora eran tan renovadoras del lenguaje como las de Cabrera Infante y otros grandes de los sesenta

    - Jorge Volpi (México, D. F., México, 1968) hablará de Jorge Ibargüengoitia (México).

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  1. Para quien no vio “Stalker”

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    Escena de la película “Stalker”

    Edmundo Paz Soldán vio por primera vez Stalker, la película de Tarkovski, y eso lo llevó a leer por primera vez a Geoff Dyer, a quien califica de un anti-Chatwin y quien ha escrito un libro sobre la película titulado: Zona: A Book About a Film About a Journey to a Room. Ambas experiencias son narradas de manera estupenda por Paz Soldán en su columna en La Tercera y en el blog que mantiene en El Boomeran(g). Al final, hay como un jalón de orejas a tanto efecto especial y tanto cine 3D. 

    Dice la nota:

    Hace un par de meses vi Stalker por primera vez. Fue una experiencia tan compleja y perturbadora que inmediatamente me puse a buscar libros sobre Tarkovsky, un director con el que estaba muy en deuda pues hasta entonces solo conocía la magnífica Solaris. Descubrí que en algunos meses el escritor inglés Geoff Dyer publicaría Zona, nada menos que todo un libro sobre Stalker.

    (…)

    Zona: A Book About a Film About a Journey to a Room es un libro peculiar. Dyer no tiene la voz del ensayista académico que se lo sabe todo, que antes de hablar sobre algo ha investigado el tema hasta agotarlo. De hecho, una de las marcas de su estilo es el desarmar al lector mostrándole lo mucho que no sabe del tema. Menciona, por ejemplo, que alguien ha escrito sobre las similitudes entre la película de Tarkovsky y El mago de Oz, para luego señalar que el no puede corroborarlo porque jamás ha visto El mago de Oz. Puede sonar a broma, pero es un recurso que funciona. Otro recurso es el de posicionarse claramente como un fanático, un groupie de los peores, alguien que puede escuchar argumentos en contra de Stalker pero no los entiende: para él el cine ha sido inventado solo para que algún día alguien pueda filmar Stalker, y Tarkovsky es, entre otras cosas, “visionario, poeta y místico” y también “un profeta”. Los superlativos que Dyer le dedica al director y a la película son agotadores. Hasta quienes coinciden con él pueden llegar a ponerse a la defensiva.

    Zona se lee como un libro experimental, un tardío experimento vanguardista: Dyer narra Stalker de manera detallada, agotadora, escena tras escena; los que no la han visto se quedarán con la sensación de que quizás ya no sea necesario verla (lo cual iría contra el argumento de Dyer). En medio de esa narración aparecen brillantes intuiciones sobre el arte de Tarkovsky: cómo el director soviético y ruso mostró el “potencial visionario del cine, del espacio”; cómo la verdad definitiva de la película es ontológica (a cada individuo le ha sido reservado un objetivo especial, y la vida consiste en descubrir ese objetivo y llevarlo a cabo); cómo Stalker puede verse como una crítica encubierta del fracaso del comunismo; cómo esta película y otras de Tarkovsky enseñan a descubrir “la magia de lo ordinario que ha sido descartado, la arqueología fílmica de la cotidianeidad”.

    (…)

    En Zona hay golpes bajos innecesarios, ataques obvios al abuso de efectos especiales por parte de Hollywood o a la mediocridad de buena parte de lo que se ve en las pantallas de hoy. Son detalles menores; el libro de Dyer es revelador: nos dice cosas nuevas tanto de Tarkovsky y su película como del autor de este estupendo ensayo-crónica.

  2. 19
  1. Los tuits de los escritores

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    Twitter

    Hace unos años, me encontré con Edmundo Paz Soldán en un encuentro de escritores. Hablamos por la noche y quedamos que, al día siguiente, me avisaría para desayunar juntos. Estuve esperando su llamada unas horas y, como no llegó, decidí ir a desayunar solo. Me lo encontré ahí. Le pregunté por qué no me había avisado. “Pero si te mandé un tuit” me contestó, sin entender que hubiese alguien que no viviese revisando sus tuits cada minuto. 

    La revista El Cultural ha dedicado su edición de viernes a comentar la relación de los escritores y el Twitter. Anne Trubek escribe sobre los escritores en lengua inglesa que se han visto obligados por sus editores a mantener un Twitter. Dice:

    Salman Rushdie me dijo que le gusta Twitter porque “le permite ser travieso y hacerse una idea de lo que piensa mucha gente en un momento dado”. Rushdie ha escrito más de 1.000 tuits-“De acuerdo: el filisteísmo (destruir bancos porque no te preocupan) no es fascismo (destruir bancos porque sí te preocupan). Pero ambos destruyen los libros”-y más de 150.000 personas los siguen. 

    Cuando utilizan las redes sociales, los autores tienen tantas personalidades entre las que escoger como en sus otros escritos. Algunos adoptan poses que, en la práctica, aumentan la distancia entre ellos y sus lectores, frustrando así a los mirones. Gary Shteyngart (4.187 seguidores), que publicó su primer tuit el 1 de diciembre, es encantador pero enigmático (“La abuela siempre me decía: ‘Chaval, no montes nunca un laboratorio de metanfetamina’. Pero supongo que tuve que aprender por las malas”), y a menudo escribe como si hablara su perro (“¡Guau!”). Cuando le pregunté si le gustaba relacionarse con los lectores en Twitter, Shteyngart me contestó: “Ahí fuera hay muchas personas inteligentes. Las amo a todas y cada una de ellas. Muchas veces me río con ellas”. 

    (…)

    Los que, como Eugenides, se resisten, citan a menudo la necesidad de… reflexión solitaria. Wells Tower ha afirmado que “la Red… es… tóxica para la clase de concentración que requiere la literatura de ficción. Es difícil escribir buenas frases y comprar zapatos simultáneamente”. Pero sobre la idea de que los escritores necesitan una soledad absoluta, Powell señala irónicamente: “Eso sin duda le funcionó a John Bunyan cuando estaba en la cárcel”. Acerca del espécimen que quiere estar solo, Jennifer Weiner (34.682 seguidores) comenta: “A veces leo sobre autores que dicen que para escribir necesitan una habitación absolutamente silenciosa que se mantenga a 20 grados, con bolsas de basura tapando las ventanas y una máquina de ruido blanco en el rincón y pienso: ‘¿Quién es esa gente? ¿Tendrán hijos?‘”. Johnson reconoce que los escritores necesitan cierto tiempo sin interrupciones, “pero solo unas cuatro horas. Permanecemos despiertos otras 18. Tenemos que hacer algo con los dedos, ¿no?”. Como me decía Margaret Atwood: “Todo escritor es dos personas (al menos). Está la que escribe y la que desayuna un huevo. Yo soy la otra”.  (…) 

    Claro, no todos los lectores quieren enterarse de qué desayuna Atwood. Una lectora explicaba en un tuit por qué no sigue a escritores: “Seguir a un autor es como fisgar detrás de la cortina, ¿no es así? ¿Por qué destruir la ilusión?”. Algunos autores de renombre publican en Twitter pero no establecen una relación recíproca, así que mantienen la cortina corrida. Hablan de próximas publicaciones y giras promocionales, pero no son sociales. Sus personalidades, más empresariales que individuales, son propensas a las caricaturizaciones en relatos falsos y parodias, como @EmperorFranzen, que se apropian de la voz de un autor. 

    Por otra parte, Daniel Arjona contribuye al especial con un artículo propio titulado “El Timeline literario” donde menciona el caso de los escritores tuiteros en castellano. Dice en su nota:

    Los escritores españoles han ido descubriendo Twitter a trompicones. Muchos ni se han pasado por allí o están, pero es evidente que no llevan las riendas de su timeline, en manos de agentes y editores. Algunos, como Muñoz Molina o Javier Marías publicitan sus novelas, vinculan sus columnas y artículos y poco más. Otros, como Arturo Pérez-Reverte (318.000 seguidores) o Alejandro Jodorowski (382.000), recibieron la buena nueva con alborozo, se vistieron el traje de faena y dedican un tiempo diario a dar cuenta de sus quehaceres literarios y charlar con sus lectores. 

    Los escritores de la otra orilla se muestran bastante más inquietos. No en vano, los autores latinoamericanos fueron a la delantera en la conquista de las redes digitales, adquiriendo así una visibilidad antaño insospechada. Son jóvenes como Aurelio Asiaín, de actividad e ingenio incesantes que degustan sus 20.000 followers en tuits como éste: “Los que enviaban cartas a los diarios con la ilusión de que un día les publicaran una, hoy se dedican a comentar tuits”. 

    (…)

    Hay quien, al contrario, cuando aborda una nueva novela, baja el pistón, y es que las redes sociales “son como salir de copas pero tomándolas en casa”. Lo dice Montero Glez (Madrid, 1965), tuitero metralleta en los días de la Spanish Revolution que de un tiempo a esta parte apenas dispara. “Es que estoy escribiendo y Twitter me encanta pero me dispersa mucho. Me gusta por su inmediatez y sus posibilidades de contacto, y también por el conflicto. Donde hay conflicto, hay literatura”. Y no disfruta menos Montero conversando con sus lectores, “sobre todo con mis lectoras…” 


    Entre los tuiteros letraheridos los hay muy fans de las posibilidades literarias del medio. Es el caso de Eugenia Rico (Oviedo, 1972) quien declara: “Creo y practico la Twitterliteratura, el mundo en un tuit. Gomez de la Serna hubiera sido tuitero. Yo hago lo que puedo. El año pasado me nombraron finalista de los Premios de Twitter al Valor Literario”. Rico ensalza sin remilgos el abrazo entre lector y autor: “Rompe la cuarta pared, el escritor se convierte en lector y el lector en escritor. Los aplausos o los silbidos llegan a tu mesa”. (…)

    Pero la estrella en la avenida de la fama de Twitterland lleva escrita el nombre de Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977). 113.000 seguidores y 17.000 tuits lo atestiguan. “Un día vi que tenía 100.000 followers. Y entonces me entró una gran responsabilidad, dejé de hacer tantas bromas, sentí que en cierto sentido era lo mismo que llevar un programa de radio. Toda esa gente espera algo de ti”. Gómez-Jurado se impone a diario separar la concentrada actividad del escritor de la disipación tuitera: “Twitter es energía pura, pero es una energía muy dispersa. La literatura es concentración. Y, con todo, están surgiendo centenares de autores de historias cortas que provocan la risa y hacen pensar. Es una inspiración permanente”. 

    ¿Y cómo lo llevan los editores? ¿Tuitean o sólo promocionan? Si acudimos al Timeline de Claudio López Lamadrid, editor de Mondadori, saldremos de dudas: tuitean, vaya si tuitean, más de 5.000 tuits, para ser exactos, y 3.300 followers: “Lo uso a todas horas, tanto como herramienta de información como de comunicación”. Sin miedo a la crítica y contracrítica: “El editor, cada vez más, necesita exponerse, salir al ruedo y dedicarse a la promoción, defensa y justificación de su trabajo. Hoy en día a los cometidos habituales del editor cabe añadirle de manera muy precisa otros que antes estaban en manos de los departamentos de prensa y de márketing”. 

    En cualquier caso, cuando se decidan a seguir a su escritor favorito, tengan cuidado de no confundirlo entre los abundantes perfiles espúreos. Paco Ignacio Taibo II, Lucía Etxebarria o Gabriel García Márquez son algunas de las víctimas de los suplantadores. El falso perfil del Nobel colombiano llegó a colar en las páginas de diarios de todo el planeta el siguiente tuit el día que Mario Vargas Llosa se llevó el premio de la academia sueca: “Cuentas iguales”. 

  2. 28
  1. Paul Harding entrevistado

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    Paul Harding/RBA

    Paul Harding es el ganador del premio Pulitzer 2010 con su primera novela. Poco más sabíamos de él, hasta que la editorial RBA ha decidido publicar su novela Hombres de hojalata y Edmundo Paz Soldán ha logrado entrevistarlo para El País.  Al parecer, es un gran conocedor de la literatura latinoamericana del Boom. Una mención aparte merece el hecho de que la novela ganadora del Pulitzer fue editada en EEUU en una editorial muy pequeña. Ahí también funciona el boca-oreja.

    Aquí algunas preguntas:

    Pregunta. ¿Vidas de hojalata está basada en una historia real?

    Respuesta. La trama está basada libremente en relatos que mi abuelo materno solía contarme de su infancia en el estado de Maine. Como en el libro, su padre era un vendedor ambulante y tenía epilepsia, y fue forzado a abandonar la familia cuando se enteró de que su mujer planeaba internarlo en un psiquiátrico. Sabía de estas leyendas familiares solo lo suficiente como para despertar mi imaginación, pero no tanto como para saciarla.

    P. Me han impresionado mucho las páginas que le dedica a la epilepsia, la forma en que la describe como un “relámpago”. Le ha debido ser difícil tocar esta enfermedad sobre la que hay tantos prejuicios.

    R. Es verdad. Hay muchas ideas equivocadas sobre esta enfermedad: que es sagrada, trascendente, ecstática, etc. Decidí que la mejor manera de escribir sobre este tema era evitando cualquier descripción patológica o clínica y enfocándome en lo subjetivo, viendo cómo era la experiencia personal del personaje. Sin embargo, es verdad que los ataques epilépticos tienen que ver con corrientes eléctricas neurólogicas. También me aseguré de describir estos ataques como si fueran catástrofes físicas, hechos que disminuían cualquier lado trascendente o estático del personaje en vez de aumentarlo.

    P. Los críticos han aplaudido el lenguaje de la novela. ¿El estilo, la voz es lo más importante a la hora de escribir una novela?

    R. El estilo de un escritor, su voz, son parte tan indeleble de él como la forma de su cerebro. Así que no intenté conseguir un “estilo”. Solo traté de describir lo que veía y escuchaba de la manera más precisa posible; mi voz igual aparecía, de una manera menos consciente, menos ornamental. La belleza de un tema es inherente, de modo que mi trabajo es lograr descripciones exactas, no intentar que una prosa bonita se imponga a lo demás.

    P. En su novela el mundo natural tiene mucha densidad, está lleno de detalles. Eso le lleva a algunas reflexiones metafísicas sobre la condición humana. ¿Cree que, como sugiere Javier Marías, hay algo que puede llamarse “pensar literario”?

    R. Javier Marías me gusta mucho, estoy de acuerdo con él. El arte consiste en gran parte en ser testigo de las paradojas y contradicciones del corazón humano. El filósofo tiende a verse obligado a reconciliar estas contradicciones, mientras que el escritor puede ponerlas una al lado de otra, mostrarlas al lector. Eso le produce una satisfacción estética al lector, pues está viendo descrita una experiencia que reconoce como verdadera a pesar de su aparente imposibilidad.

    P. Cuénteme un poco de su proceso creativo.

    R. Como decía Wallace Stevens, las investigaciones de un filósofo son deliberadas, pero las de un poeta son fortuitas. Escribo totalmente basado en la intuición, en las sensaciones, por lo menos en las primeras versiones. Escribo interrogándome, es decir escribo tratando de descubrir algo, a la búsqueda de una revelación. Soy muy desordenado; me muevo por todas partes alrededor del mundo que estoy tratando de conjurar. Cada vez que me siento a escribir me enfoco en lo que me llama la atención en ese momento. Con los meses y los años lo que al principio parece un gran nube puntillista de sinsentido comienza a condensarse, a tomar una dirección uniforme, a ordenarse en órbitas coherentes. No es muy eficiente pero sí es un proceso absorbente.

    P. La escena principal de la novela, la de un hombre en su lecho de muerte, me recuerda a una novela de Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. ¿Pensaba en esa novela cuando escribía la suya? También ha mencionado que Terra Nostra, otra novela de Fuentes, fue clave en su desarrollo como escritor.

    R. Por supuesto que Artemio Cruz estaba en mi mente, de la misma forma que Mientras agonizo, de Faulkner, estaba en la mente de Fuentes cuando escribía su novela. Una de las cosas que me impresiona de escritores como Fuentes y García Márquez y Cortázar es que tenían el espíritu de llevar a cabo un trabajo conjunto. Parecía como si estuvieran escribiendo capítulos de la misma gran Novela. Oliveira, el personaje principal de Cortázar en Rayuela, aparece en Terra Nostra y también en Cien años de soledad. Me encanta el hecho de que eran escritores que estaban tratando de añadir algo a lo que habían leído en Woolf, en Faulkner, en Poe. Mis primeros y pésimos intentos de escribir cuentos estaban tan influidos por Fuentes y su generación, que mi prosa en inglés parecía como si fuera una pobre traducción del castellano.

    (…)

    P. ¿Qué ha cambiado en su vida con el Pulitzer?

    R. Mucho. Haber recibido un reconocimiento tan importante por mi primer libro ha sido una experiencia increíble, una lección de humildad. Ahora tengo mucha presión, se espera mucho de mi próximo libro, y también quiero devolverle el favor a la gente que me ha dado semejante voto de confianza. Sin embargo, si bien nadie había escuchado hablar de mí antes de 2010, ya había estado escribiendo durante 10 años. Me costó mucho lograr que esta novela fuera publicada, de modo que cuando mi suerte cambió ya estaba acostumbrado a la idea de ser un escritor que quizás nunca sería publicado. Durante un largo tiempo escribí por el solo hecho de escribir. Y como eso ha funcionado tan bien, no hay por qué cambiar. Solo quiero escribir ficciones de sustancia, ficciones hermosas en las cuales la gente pueda reconocer sus propias experiencias como seres humanos.

  2. 20
  1. “La novela para mí es algo abierto y muy experimental en su esencia”.

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    Jennifer Egan

    La editorial Minúscula ha traducido a la ganadora del Pulitzer y el National Book Critics Circle Award, Jennifer Egan, titulado El tiempo es un canalla. No se trata de una labor fácil, la novela es experimental y la autora ha dado rienda suelta a la libertad que le deja la ficción.  Edmundo Paz Soldán hace la reseña para “Babelia”, donde se lee: “El capítulo más arriesgado, un diario de alrededor de cien páginas que Alison, la hija de 12 años de Sasha, lleva allá por 2020 en formato PowerPoint encierra una de las metáforas principales de la novela: los gráficos, las flechas y los círculos que se repiten una y otra vez representan cuán conectados estamos todos en la era digital”. (Me imagino qué estará pensando ahora Egan (y Paz Soldán) con lo de la S.O.P.A y el cierre de Megaupload).  

    Además, en el mismo número de “Babelia” Bárbara Celis entrevista a Jennifer Egan quien declara que su novela “es como un disco de los años setenta”.

    Dice la entrevista:

     Trece capítulos que conviven entre ellos de forma autónoma, protagonizados por diversos personajes relacionados con la industria de la música, que van y vienen a medida que el tiempo pasa de forma no lineal y en los que las diferencias estilísticas son extremas. “La novela para mí es algo abierto y muy experimental en su esencia. Basta con fijarse en los grandes genios de la literatura: el Quijote de Cervantes, flexible y totalmente abierto, o los libros de Laurence Stern. Los escritores tenemos libertad para explorar todos los territorios y si a eso le añades lo que traen las nuevas tecnologías las puertas son infinitas”.

    (…)

    Sonriente, espontánea y exudando simpatía, lo comenta frente a un café con hielo una fría tarde de otoño en Brooklyn, un barrio en el que viven decenas de escritores neoyorquinos. “Este libro nació, de forma abstracta, de un reto personal: me releí En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, y me hizo plantearme cómo sería escribir sobre el paso del tiempo hoy, pero de una forma más moderna, no tan detallista. Por otro lado, hace años que tenía curiosidad por escribir sobre la industria musical, un lugar muy interesante para hablar del paso del tiempo porque ha tenido problemas dramáticos para adaptarse al universo digital”. La combinación de ambas cosas creó, estructuralmente, “un libro que es como un disco de los años setenta, como Tommy o Quadrophenia, donde cada tema es completamente diferente del anterior y donde aparentemente no hay unidad, pero al escucharlo como un todo entiendes el sentido”. La referencia a los discos de la banda británica The Who tampoco es casual: era el grupo preferido de Egan. Esta escritora, que descubrió su necesidad de escribir durante un viaje de juventud, nació en Chicago pero creció en el San Francisco de los años ochenta, donde vivió en directo el auge de la escena musical punk de la costa Oeste norteamericana, cuya fuerte presencia impregna todas las páginas del libro. “La música tiene esa extraordinaria cualidad de hacerte viajar en el tiempo de forma inmediata. Cuando eres adolescente los grupos que escuchas son tu seña de identidad, no creo que haya otro momento en la vida en que la música sea tan esencial y cuando pasan los años y de repente escuchas alguna de aquellas canciones que marcaron tu juventud, el golpe del paso del tiempo es inmediato”.

    (…)

    Al terminar el libro, cuya estructura narrativa es muy libre, Egan temía que no se pudiera definir. “Pero luego pensé: ¿qué más da? Es ficción y yo estoy básicamente siguiendo mi propio instinto. Mi objetivo es que esos personajes te atrapen y te entretengan y si puedes conseguir eso ¿qué más da cómo definas el libro?”. Los críticos lo han hecho, calificando la novela de experimental, sorprendidos sobre todo por el capítulo escrito en Powerpoint en el que una niña de 12 años habla de la importancia de las pausas musicales en los temas de música rock. “Me parecen interesantísimas. Crees que una canción ha terminado y de repente sigue y tienes esa sensación de alivio pero poco después la canción termina. Me parece una metáfora muy interesante sobre el paso del tiempo porque hay muchos momentos de pausa en nuestra vida pero después, la vida continúa. Explicarlo en Powerpoint, una herramienta que yo jamás había utilizado antes, me permitió explorar esa idea de forma mucho más gráfica”.

    (…) lo cierto es que su nombre está de moda, alimentado por las ventas de su último libro y por el boca a boca entre la gente joven. La cadena HBO además ha comprado los derechos para convertirlo en serie, algo de lo que ella se desentiende, como ya hizo con su libro The invisible circus, que llevó al cine Adam Brooks. “La literatura y el cine son animales diferentes y yo prefiero mantenerme al margen de la imagen. Lo mío son las palabras”.

  2. 43
  1. “Norte” de Edmundo Paz Soldán

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    carátula del libro

    Hace muchas décadas, la generación McOndo que inventaron Alberto Fuguet y Sergio Gómez, declaró que la literatura latinoamericana contemporánea (eran principios de los 90) abandonaría el regionalismo real-maravilloso y miraría hacia el Norte, hacia Estados Unidos explícitamente. Algunos se rebelaron ante esa idea imperialista y las novelas, salvo de manera anecdótica, tampoco parecían dar la razón a esta idea revolucionaria. Una antología posterior (esta vez acompañó Edmundo Paz Soldán a Alberto Fuguet) titulada Se habla españolquiso enfatizar la importancia del universo norteamericano en los escritores McOndos de América Latina. La antología tenía bemoles, fue dispareja, pero cumplió su fin. Sin embargo, no todos los autores ahí antologados tenían real interés en Norteamérica como locus literario. Algunos –es mi caso- habíamos situado ahí algún cuento solo coincidentemente.

    Han pasado aun más años y ahora existe una generación de autores no solo influidos por el mundo de Estados Unidos sino enraizados en su cultura, escritores postnacionales como Daniel Alarcón, Ernesto Quiñonez, Soledad Cisneros, Junot Díaz o Francisco Goldman. Además, algunos autores de MacOndo han tomado bastante en serio la influencia norteamericana, más allá de referencias lingüísticas o tecnológicas, asumiéndola como un territorio conflictivo, un mundo paralelo al que los latinoamericanos acceden en condiciones singulares. La importancia de escritores como Yuri Herrera y sus novelas de la frontera son un ejemplo, aunque en ellas el tono de testimonio y denuncia obligan una lectura social que limita la capacidad simbólica de sus novelas. No sucede lo mismo con Fuguet y Paz Soldán quienes han conseguido en sus novelas Missing y Norte metáforas más precisas sobre el tema.

    seguir leyendo en el blog Basta de carátulas.

  2. 1
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