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“Escribo por defensa propia”

Alberto Guerra Naranjo
Silvina Friera se encuentra ahora en Cuba, donde ha entrevistado al escritor Alberto Guerra Naranjo, autor de la premiada La soledad del tiempo, donde intenta retratar la realidad de ser un escritor negro en Cuba hoy. Dice: “¿Por qué escribo? ¿Por qué narro? Creo que es por defensa propia. Tengo un estereotipo que, por mucho que insisto, no da narrador (…) Por lo tanto, en el plano interno, narro para justificar mi existencia; es como decirles: ‘Existo, tengo otra cualidad por ahí guardadita y me hace falta mostrarla’. Además, comenta la entrevista que le hizo en Gatopardo Juan Pablo Villalobos que, por lo visto, no le gusto nada.
Aquí algunas preguntas en Página12:
–“Escribir para mí es algo más que divertirme”, dice Sergio Navarro en La soledad del tiempo, una novela que después de leerla deja latente un puñado de preguntas: qué es ser un escritor negro en Cuba hoy y qué tipo de intervención implica ese “más” que divertirse.
–Infiero que nos has hecho la misma pregunta a los dos: por un lado al Sergio Navarro, personaje de La soledad del tiempo, y por otro a la persona Alberto Guerra Naranjo, autor de esa novela. Pudiera parecer que somos los mismos, pero no somos los mismos. Así que preferiría no responder por Sergio Navarro, sino hacerlo como autor. A Sergio habrá que preguntarle después (risas). Escribir ficciones para mí, además de divertirme y de agobiarme, es un acto de entera responsabilidad, sobre todo cuando noto que con mi escritura interactúo con otras personas, los lectores, quienes me advierten del grado de responsabilidad que representa escribir y publicar mis ficciones, cuando me hacen saber que me han leído y que les ha resultado interesante mi propuesta. Por otra parte, ser un escritor negro en Cuba hoy, a mi juicio, es un hecho doblemente responsable, una necesidad de interpretar la realidad de las cosas sin caer en trampas ni en estereotipos, un compromiso con aquella zona cultural de donde provengo y donde no suelen abundar los escritores negros, ni en Cuba ni en ninguna parte.
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Un corrido literario

narcotráfico en México
Todo el mundo se beneficia de las etiquetas, aunque a nadie le gustan. Élmer Mendoza, Ricardo Ravelo, Yuri Herrera, Lolita Bosch, Ioan Grillo y Juan Pablo Villalobos son algunos de los narradores que integran la llamada Narcoliteratura mexicana (que, como se ve por Lolita, no incluye solo autores mexicanos), una narrativa destinada a dar cuenta de la realidad del norte de México, la corrupción, el gobierno y los narcotraficantes (y de vez en cuando un corrido). “El Cultural” ha hecho una extensa nota al respecto, debido a Alberto Ojeda, donde solo se extraña al autor de La marrana negra de la literatura rosa, Carlos Velásquez.
Dice la nota:
Cuando se habla de su paternidad (en el marco de la fabulación), el autor más señalado es Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), creador de la serie del detective Edgar el Zurdo Mendieta (La prueba del ácido, Nombre de perro…), por lo general embrollado en la resolución de entuertos sumergidos en las cloacas del narco. “Mi primera novela sobre este tema, El asesino solitario, la escribí en 1999, mucho antes de que comenzara la guerra”. Élmer Mendoza intenta sacudirse desde hace tiempo el sambenito de oportunista, que le adjudican los que ven en su obra una especie de aprovechamiento interesado de la violencia, sobre todo ahora que está en el candelero mediático. Con este dato, que ofrece a El Cultural, intenta defenderse de tales acusaciones. La etiqueta narcoliteratura, dice, es “un invento de la prensa y de los editores que ha funcionado muy bien. Es cierto que muchos críticos y académicos muy respetados me citan como su padre. Pues perfecto: si mi literatura no gana con el tiempo otro nombre, éste me vale”.
(…)
Hay muchas voces encuadrables en este ámbito narrativo. Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) se ha hecho su propio hueco en medio de esa polifonía. Fiesta en la madriguera (Anagrama, 2010), su ópera prima, tuvo el mérito de colocar la narcoliteratura en el mapa anglosajón. Publicaciones como The Daily Telegraph, Sunday Times, The Guardian procuraron numerosos elogios a su fábula sobre el turbio universo del crimen organizado, visto en la novela con los ojos inocentes de un niño. En opinión de Villalobos, sí hay un trasfondo mercantilista en la acuñación de este presunto género: “Me parece una perspectiva oportunista, una etiqueta para intentar vender libros. En el fondo estos sólo pueden dividirse en dos grupos: buenos y malos. Se han escrito magníficos libros sobre la violencia del narco en los últimos años en México, es un hecho. Y también se ha publicado un montón de basura”.
Yuri Herrera (Actopan, 1970), flamante chico Granta, se ha ganado también un puesto privilegiado dentro de este grupo de narradores. Con su debut literario, Los trabajos del reino (Periférica), daba cuenta de la vanidad de los principales capos mafiosos, que contratan vocalistas de corridos para que canten a los cuatro vientos sus hazañas. La tensión entre arte y poder sostiene toda la trama, contada con el léxico y el ritmo del lenguaje de la frontera. Herrera mira con reticencia la etiqueta en cuestión: “Me he resistido mucho a tenerla en cuenta, porque creo que simplifica algo mucho más complejo: la cantidad de libros que se engloban en ella tratan de muchas cosas”. Aunque entiende su carácter práctico: “Supongo que es muy útil en ciertos entornos, el académico por ejemplo, y que por otro lado sí hay una cantidad de libros que específicamente, sobre todo desde el periodismo, tomar el narcotráfico como núcleo de su trabajo”.
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Narradores en La Habana

emerio medina
“Es tan difícil conseguir un hipopótamo enano de Liberia que puede ser que la única manera sea yendo a capturarlo a Liberia”, dice Tochtli, el protagonista de Fiesta en la madriguera, mi primera novela. Esta frase, convenientemente alterada, me vino a la cabeza antes de irme a dormir aquella noche: “Es tan difícil conocer la literatura cubana contemporánea que puede ser que la única manera sea yendo a Cuba”.En la revista colombiana El Gatopardo aparece un extenso reportaje de Juan Pablo Villalobos, con fotografías de José Luis Cuevas, sobre un viaje literario a Cuba, buscando qué sucede en la literatura cubana que no sale de exportación. Entre otras cosas, se encuentra con el narrador Emerio Medina y Alberto Guerra, unos de los más premiados de Cuba pero completamente desconocidos fuera de su país. Y es solo el comienzo de su aventura literaria. Imperdible.
Aquí les dejo el fragmento dedicado a Medina:
La verdadera profesión de Emerio Medina es ser el hombre más envidiado de los últimos años en los ambientes literarios de la isla. Ha ganado el Premio de Cuento Julio Cortázar, el Casa de las Américas, el de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (oigan cómo suena: Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) y un montón de premios regionales. Emerio nació en 1966 en Mayarí, a ochocientos kilómetros de La Habana, donde sigue viviendo y desde donde viajó en autobús durante más de veinte horas para reunirse con nosotros. No tiene teléfono y dice que tiene que recorrer cien kilómetros para abrir su correo electrónico.
Nadie se mete con Emerio Medina, y me parece lógico cuando lo veo por primera vez: robusto, musculoso, bronceado, los ojos encendidos por la mala noche en el autobús y por la ingestión de unas cuantas cervezas. Viste una camiseta blanca Nike y lleva puesta una cachucha de los Dodgers de Los Ángeles. Su estampa sin duda le encantaría a Hemingway, aunque sea difícil imaginarse a Emerio bebiendo daiquiris en el Floridita o mojitos en La Bodeguita del Medio, los templos del turismo habanero santificados por la presencia histórica del escritor estadounidense.
(…)
Es la primera entrevista del viaje y comienzo moviéndome con cautela, todavía no sé muy bien qué esperar, si debo estar atento a dobles sentidos e interpretaciones, o si debo construir mis preguntas de manera indirecta. La franqueza de Emerio y Alberto termina rápidamente con mis dudas. Además, yo no estoy aquí para hablar de política (¿debería escribir política entre comillas?), yo estoy aquí para hablar de literatura, y de “literatura”.
Emerio se siente un outsider, no tiene formación literaria (es ingeniero mecánico), comenzó a escribir tarde (con treinta y siete años) y dice sentirse incómodo en los ambientes literarios de La Habana.
—¿Cómo es que ese guajiro de mierda ganó el Cortázar, el Casa de las Américas? —supone Emerio que piensa la élite literaria cubana, medio paranoico.
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Top10 Libros 2012 de Slate

Illustration by Lilli Carre.
Más listas. Dan Kois, el editor de Slate, ha elaborado su propia lista de los quince mejores libros del 2012, donde aparece Juan Pablo Villalobos y la traducción de Fiesta en la madriguera (Anagrama), titulada Down de Rabbit Hole. Por su parte, el staff de Slate ha escogido su Top Ten Book of the Year, mucho más conservador que el de su editor, con varios nombres coincidentes con el de otras listas como el de Hillary Mantel o Zadie Smith, algunos nombres interesantes como el DT Max y su biografía de David Foster Wallace, y algunos que sorprenden como el de la autora de sci-fi Ursula LeGuin. La ganadora: Katherine Boo.
La lista de Slate incluye:
Behind the Beautiful Forevers by Katherine Boo
New Yorker staff writer Boo “has many ways of illuminating the people she writes about,” Elaine Blair wrote in February. “The most important and obvious is that she listens closely and intelligently.” For this, her first book, which recently won the National Book Award, Boo spent over three years listening to the residents of a Mumbai slum.
Billy Lynn’s Long Halftime Walk by Ben Fountain
The young men of Bravo company visit Cowboys Stadium in this funny and wrenching novel, which is seeded “with finely honed insights that reflect the hypocrisy and jingoistic thinking that dominate discussions about the country’s wars,” wrote Jacob Silverman in September. And Fountain’s writing is “head-shakingly good.”
Bring Up the Bodies by Hilary Mantel
The sequel to Wolf Hall (both books won the Booker Prize), this story of Thomas Cromwell, according to William Georgiades’ May review, chronicles “the careful, patient rage of the consummate professional in a world of highborn twits who never see him coming.” The worst you can say about Mantel, he adds, is that the book “makes you angry, because you want more.”
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La primera vez

Foto: Joel Robinson
Leila Guerrero ha escrito un excelente artículo para “El País” donde comenta la primera vez de muchos autores, qué tan difícil les fue publicar entonces. Aparece Santiago Roncagliolo, Lolita Bosch, Daniel Alarcón, Pedro Mairal, Marcelo Figueiras, Martín Kohan, Juan Pablo Villalobos, Rafael Gumucio. Para ninguno fue fácil. Y aún ahora, estoy seguro, tampoco lo es.
Aquí algunas de las historias:
Lolita Bosch, en cambio, tenía un plan. Ella, catalana y residente en México desde los 18, decidió que iba a publicar solo cuando tuviera 35 años.
—Un año antes de cumplir los 35 fui a una librería y anoté nombres de editoriales. Envié cinco novelas para adultos, una novela para niños, y empecé a recibir rechazos de todas. Debo tener 50. Pero yo pensaba que era un proceso natural. Un día supe que un editor, Constantino Bértolo, estaba al frente de un sello llamado Caballo de Troya. Lo llamé, pero me decían: “No se puede poner”. Entonces llamé y dije: “Le hablo de parte de la agencia Balcells”. Y se puso. Le dije: “Mira, no te llamo de la agencia Balcells. Soy Lolita Bosch y tengo cuatro novelas”. Se las envié y doce horas más tarde me escribió diciendo que se había enamorado de tres. Y publiqué Tres historias europeas en 2005. No me cambió a mí, pero sí a mi entorno. Para empezar, todo el mundo deja de preguntarte de qué vas a vivir.
Después de haber enviado una novela a catorce editoriales de cuatro países, y haber recibido el rechazo de todas, el peruano Santiago Roncagliolo, autor de Abril Rojo, se fue a España para intentar ser un escritor profesional. Allí supo que Ediciones del Bronce había iniciado una colección de libros sobre ríos y presentó una propuesta —el Amazonas— que fue aceptada. Pero él nunca había estado ahí, de modo que se encerró durante tres meses a leer todo lo que se hubiera publicado sobre el asunto y a fingir que estaba en Brasil.
—El libro se llamó El príncipe de los caimanes y salió en 2002. Un año después me llegó una carta de la editorial, preguntando si quería una caja con ejemplares, porque los iban a destruir. Pero yo sentía que había cumplido. “He publicado un libro en España. Si todo sale mal puedo volverme a Perú y trabajar como empleado bancario”.
(…)
El argentino Marcelo Figueras, autor de Kamchatka, era un periodista joven cuando, en 1992, publicó El muchacho peronista, en Planeta.
—Todas las críticas fueron más o menos buenas, excepto la de Clarín. Era atroz. Mi siguiente novela, El espía del tiempo, es de 2002. Diez años me duró el trauma. Pero pensar que cuando publicás un primer libro te transformás en escritor es lo mismo que pensar que cuando sos padre por primera vez te transformás en padre. Es algo que vas a tener que demostrarte a vos mismo todos los días.
El chileno Rafael Gumucio, autor deLa deuda, era, en los años noventa, un joven inédito pero conocido (asistía al taller de Antonio Skármeta, del que salió un grupo de talentos magnéticos), cuyo primer libro se esperaba con ansias. En 1995, cuando tenía 25 años, entregó sus relatos a Planeta.
—Se llamaba Invierno en la torre y El Mercurio publicó una reseña que se llamaba “A patadas con las palabras” y decía que la condena para el autor era pasar cinco años y un día sin escribir. En un programa de televisión donde había críticos y escritores preguntaron: “¿Cuál es el peor escritor de Chile?”, y una señorita dijo “Rafael Gumucio”. Me quedé bloqueado por años, hasta que escribí Memorias prematuras, en 1999, y dije, bueno, si está mal, es el final de todo. Pero hubo críticas halagüeñas y ahí empezó mi carrera real.
El chileno Alberto Fuguet, autor de Missing, consiguió su primer contrato porque Antonio Skármeta, a cuyo taller asistía, le habló con admiración de un texto suyo a un editor de Planeta.
—El editor me citó en un café y me hizo firmar un contrato en una servilleta. Fue como existir antes de existir. Tardé tanto en escribir esa novela que antes publiqué un libro de cuentos, Sobredosis, en 1990. Es superimportante cómo se lanza un escritor y en ese sentido yo siento que sobreviví a pesar de todo. La fiesta de lanzamiento se hizo en una discoteca, con cocaína, con actrices. La crítica que salió en El Mercurio fue atroz, pero el libro se agotó en cuatro días. Si bien me dolía no ser aceptado, tampoco me interesó porque yo quería ser director de cine. Y entonces me envalentonaba, y pensaba: “¿Quieren pelear? Vamos a pelear”.
Si Daniel Alarcón, nacido en Perú y criado en Alabama, no hubiera recibido una beca del programa de escritura creativa de Columbia y no hubiera tenido como profesor a un editor de la revista Harper’s y si ese editor no hubiera mostrado interés por sus textos y no le hubiera dado la tarjeta de Eric Simonoff, un agente literario, y si Simonoff no hubiera firmado contrato con él y si el editor del New Yorker no se hubiera retirado dando así lugar a que la editora que lo continuó quisiera dedicar un número a nuevos escritores, y si Simonoff no le hubiera hecho llegar a esa editora un relato de Alarcón y si esa editora no lo hubiera publicado, ese relato no hubiera despertado, como despertó, el interés de tantas editoriales y es probable que su primer libro, Guerra a la luz de las velas jamás se hubiera editado en Harper Collins en 2007.
(…)
Para el escritor argentino Martín Kohan, autor de Bahía Blanca, la primera publicación fue consecuencia de una paradoja blindada.
—La condición que me ponían las editoriales grandes para publicar un primer libro era tener ya publicado un primer libro. Había un grupo de escritores que estaban formando una editorial, y me acerqué. En 1993 salió La pérdida de Laura, en Tantalia. A la novela le fue bien, tuvo buenos comentarios, y entonces fui a Sudamericana. Yo había cumplido mi parte. Ahora quería que el sistema editorial cumpliera con la suya. Y en efecto, me publicaron mi segundo libro. Yo creo que el primero me abrió una posibilidad de publicación. Hasta ese momento me parecía imposible que alguien pudiera editar un libro mío.
Lo primero que publicó el argentino Pedro Mairal fue un libro de poemas, en 1996, y, si se comparan la discreta repercusión y los delicados comentarios que recibió ese libro con los de su primera novela, el resultado es porno duro.
—Yo había escrito Una noche con Sabrina Love, y un día un amigo me pasó las bases del Premio Clarín y la mandé. La novela ganó el premio en 1998. Se vendieron 20 mil ejemplares, estaba en las librerías, en los kioscos. Me reconocían los taxistas. Fue arrasador. Era una máquina de mercadeo puesta al servicio del libro, pero una máquina. Sentí que tenía que recuperar el silencio, hacerme invisible. Como si todo eso me quedara grande. Así que estuve cinco años sin publicar. Pero creo que el primer libro es importante, porque empieza a quedar claro un rol que era confuso: antes la gente se preguntaba, “¿y este qué hace?”. Después, sos el que hace libros.
(…)
El mexicano Juan Pablo Villalobos trabajaba en Barcelona en una empresa de comercio electrónico. Después de que en México le rechazaran unos cuentos, escribió una novela que fue rechazada en tres editoriales de México y de España. Un día, mirando las novedades de Anagrama en la web, vio que estaba abierta la convocatoria al premio Herralde.
—La mandé pero asumí que no iba a ir a ningún lado. Cuatro meses después Herralde me mandó un mail diciendo que quería hablar conmigo.
El día de la cita, Villalobos se sentó a esperar en la recepción de Anagrama, entre las fotos de Vila-Matas, Paul Auster, Sergio Pitol.
—Pensaba, “joder, es como el peso de la tradición literaria”. Ese día Herralde me dijo: “Si yo fuera un editor serio no te publicaría, porque nadie te conoce, pero la novela me gustó”. Cuando publicaron Fiesta en la madriguera yo me seguí sintiendo tan escritor como antes, pero la mirada de los otros cambia. El libro te legitima.
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Villalobos en la shortlist

La shortlist de The Guardian
El diario The Guardian ha reducido, de 10 a 5, la lista de los candidatos al premio Guardian First Book Award, es decir el premio al mejor debut. Entre los libros destaca la presencia de la novela de Juan Pablo Villalobos, Fiesta en la Madriguera (traducida como Down The Rabbit Hole) editada en castellano por Anagrama.
La shortlist incluye:
Pigeon English, Stephen Kelman (Bloomsbury)
The Emperor of All Maladies, Siddhartha Mukherjee (Fourth Estate)
Down The Rabbit Hole, Juan Pablo Villalobos (And Other Stories)
The Collaborator, Mirza Waheed (Viking)
The Submission, Amy Waldman (William Heinemann)
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Juan Pablo Villalobos encabeza las apuestas del premio The Guardian

carátula de la edición en inglés
Habrá que esperar hasta fin de mes para tener completa la longlist (10 títulos) del premio The Guardian a mejor primera novela. Pero hoy en The Guardian dieron un nombre seguro: Fiesta en la Madriguera de Juan Pablo Villalobos, editada el años pasado en castellano por Anagrama y este año en inglés por And Other Stories (con prólogo del joven maravilla Adam Thirlwell) . Dice la nota que la novela ha impresionado mucho a los críticos que han debido seleccionar entre 136 debuts.
Dice la nota:
Mexican-born novelist Juan Pablo Villalobos has booked the first place on the Guardian first book award longlist with his debut novel about Latin American drug dealers, Down the Rabbit Hole – one of the first titles published by new imprint And Other Stories.
Publishers submitted 136 debuts for the judges consideration in July, with the longlist due to be announced later this month. In a bid to open the prize up to new voices, however, the Guardian reserved one slot on the longlist for suggestions from the public.
Readers, bloggers and booksellers put forward a host of their favourite first books not submitted by publishers. Claire Armitstead, the Guardian books editor, singled out for praise Michael Stewart’s King Crow, the story of an alienated teenager and obsessive birder which she said reminded her of Kes “both in its use of birds and in its setting”, and Penny Goring’s The Zoom Zoom, “a really energetic and raw collection of poetry and short prose themed around a young woman with an abusive father”. Guardian books blogger Sam Jordison loved The Roost by Neil Butler, a short story collection set in the Shetlands, which he called “wonderful! Strange, and bleak, but also uplifting … It’s not quite Dennis Johnson, but it’s one of the closest things I’ve read.”
But it was Villalobos who “particularly impressed us”, said Armitstead, and who has been chosen as this year’s 10th contender. His darkly comic novel tells the story of a drug baron’s son growing up in a luxury hideout surrounded by guns, hit men and dealers, longing for a pygmy hippopotamus for his private zoo. Down the Rabbit Hole has garnered effusive praise in its Spanish edition, with El Mundo commending it as “a brief and majestic debut that converts the ‘drug novel’ into a fascinating narrative”. Published in the UK by new Arts Council-funded publisher And Other Stories, and translated by Rosalind Harvey, the work is described by Adam Thirlwell in his introduction as “a miniature high-speed experiment with perspective … a deliberate, wild attack on the conventions of literature”.
Commenter Teregarciadiaz, who tipped the book as a potential contender for the Guardian prize, said that “reading this novel in the bloody climate that rains and thunders every day in Mexico is like walking a tightrope … Villalobos reminds us that we are vulnerable on the tightrope, but that the strength, imagination and humour it’s spun from hold us up over the abyss of reality and, in spite of atrocity, prevent us from falling.”
Armitstead said that the search for the 10th book “brought a lot of alternative publishing strategies to light”, from Villalobos’s own publisher And Other Stories, which is funded partly through subscribers, to self publishers, “the most impressive of which has to be Mark MacNicol, who not only published the novel Coconut Badger, but put it on as a play as well. Judging by the comments on the thread, that really paid off in terms of bringing theatre-goers to the novel.”
Despite “a fair amount of logrolling”, Armitstead said she had “learned a lot” from the process.
“I will be keeping an eye open for the next works by several of the writers I have discovered through this process. We’ve also commissioned reviews of some of them,” she said. “The one downside I observed was the absence of strong editing in a lot of the work I read. It confirmed for me that every writer, however talented, needs an editor.”
A further nine titles for the longlist will be announced later this month.
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El narconiño en Liberia

Hipopótamos enanos de Liberia
Muy provechosa le resultó a Juan Pablo Villalobos la lectura de Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, para construir a este personaje niño (“narconiño” lo llama Gabriel Wienner en El País) que, sin participar del mundo que lo rodea, puede percibir lo que sucede a su alrededor siendo hijo de un narco poderoso, encerrado en su paraíso (o madriguera) de murallas donde, además de armas, se esconde un zoológico.
He dicho “sin participar” pero de inmediato me arrepiento porque en realidad el protagonista de Fiesta en la madriguera (Anagrama) cada vez se involucra más de la corrupción que existe a su alrededor. Aunque sus ojos inocentes juzgan todo como un cuento que se cuenta a sí mismo (decapitaciones, persecuciones, encierro, prostitutas, sicarios, mafia, policía, dinero) en realidad empieza a aprender de la violencia. Incluso mata, sin pretenderlo, un pájaro con un arma pequeña robada del arsenal.
La novela gira en torno al capricho del niño (que su padre cumplirá, como a su vez se cumplen los narcos todos sus caprichos) de obtener un hipopótamo enano de Liberia. Y no parará hasta viajar a Liberia. Pero la aventura no será fácil e implicará un aprendizaje y una despedida del mundo ingenuo.
Villalobos se documentó sobre el mundo del narco, “lo suficiente para no decir ingenuidades. Y al final he acabado sintiendo que me quedé corto, nunca es suficiente exageración cuando se escribe sobre el narco”. Y lo narco está de moda: no solo es una industria que tiene, literalmente, en jaque a países como México –y no olvidemos que España se disputa con EE UU el primer lugar como país consumidor– sino que ha generado toda una subcultura que tiene en los llamados narcocorridos su expresión más popular, pero que abarca muchas otras disciplinas. La “estética” narco –entre el kitsch y la exaltación de la violencia– se impone. En las series de televisión –¿alguien se dio cuenta de verdad de qué iba Sin tetas no hay paraíso– y, por supuesto, la literatura, que está plagada de traficantes todopoderosos, mujeres que son monumentos de la cirugía estética y ese lujo chillón de nuevos ricos que solo pueden gastarse sus millones encerrados en sus respectivas haciendas. Los americanos tienen Los Soprano y los hispanos tenemos a Los Tigres del Norte. En medio de esta especie de boom de la llamada narcoliteratura que tiene a otro mexicano, Yuri Herrera, autor de Trabajos del reino, como punta del iceberg, la apuesta de Villalobos es mucho más sencilla, pero no menos contundente. Su principal preocupación ha sido no caer en el moralismo al que un tema como el narcotráfico puede empujarte. Lo ha logrado con la voz de ese niño, extraña y cruel en su inocencia: “Esa voz me liberaba de emitir juicios morales y de caer en la búsqueda de soluciones al problema del narco, lo que nunca me interesó. Y porque me permitía decir toda clase de tonterías absurdas con impunidad absoluta”.
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LECTURA DE VILLALOBOS.- El debut más interesante de Anagrama esta temporada es Juan Pablo Villalobos -nacido en México pero afincado en Barcelona- con Fiesta en la madriguera, una novela también ambientada en el mundo de la violencia del narcotráfrico mexicano, pero distinta. Dice la crítica Teresa García Díaz: “Villalobos asume su esencia mexicana, pero observa y describe a los mexicanos con los pies desde la otra orilla, pues reside en Barcelona desde hace siete años; nos muestra una realidad que duele y hace reír. La parte menos clara de nuestra mexicaneidad, un contexto donde no se valora el conocimiento o la calidad humana, sino la riqueza y las influencias, o bien los vínculos con la gente en el poder. Muchos mexicanos viven en la apariencia, como Yolcaut -serpiente de cascabel-, el padre del protagonista. A medida que se desarrolla la trama, el niño va develando lo oculto y descubriendo las mentiras en que lo envuelven los adultos, nos comparte la verdad de su mundo y, sobre todo, de su padre”.
Habrá que esperar que el libro llegue a Lima (o que lo vendan por eBook). Quizá para la FIL junto con el de Marcos Giralt. ¿Será? Por lo pronto, aquí una lectura de la novela por el mismo autor.